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Tribuna:

¿Críticos o programadores?

El autor de Señas de identidad reflexiona en este artículo sobre la marginación a la que, según él, le ha sometido durante largos años, y aún hoy, la cultura oficial española, la que reparte premios y beneficios y la que hace figurar en antologías y otras conmemoraciones la obra de los creadores contemporáneos. En concreto, Juan Goytisolo replica a un artículo reciente del crítico literario Luis Suñén en el que se afirmaba que la consideración que el último premio Europalia recibe en España es muy superior a la que éste denuncia.

Recuerdo que en los anuarios o panoramas literarios aparecidos en la Prensa española durante el período de los sesenta y últimos años del franquismo, en el extenso catálogo de autores y obras citados, y cubiertos de ordinario de flores y ditirambos, no figuraba nunca mi nombre ni el título de alguna de mis novelas. Las encuestas llevadas a cabo entre creadores y críticos entonces en boga extendían y ahondaban aún el territorio de la ausencia: mi obra, simplemente, no existía. Una década después de la muerte del dictador, mi situación vuelve a ser, paradójicamente, al menos en lo que toca a este punto, bastante parecida: en una media docena de bosquejos y resúmenes de la narrativa española del posfranquismo, que recientemente han llegado a mis manos, descubro -que mi, nombre y el de mis novelas Juan sin tierra, Makbara y Paisajes después de la batalla brillan otra vez por su ausencia. ¿Seré acaso un novelista ilusorio, y mi obra, producto de un espejismo?El asunto no tiene en sí gran interés y no merecería ningún comentario si no fuera por el hecho de que ni soy el único autor borrado de esas listas de premios de fin de curso ni la reiteración de ciertos olvidos es fruto de la casualidad. A la verdad, la elaboración de anuarios estadísticos de la novela, poesía o teatro, acompañados de apresurados y temerarios juicios de valor conforme a los gustos, intereses, preferencias o antipatías de sus compiladores o la fabricación de encuestas dirigidas a un grupo selecto de autores que se citan entre si como máximos exponentes de la creación literaria del momento son expedientes y estratagemas muy viejos, cuya manipulación por capillas y grupos incide escasamente en el desenvolvimiento real de la literatura. Si la destreza social, amistad con los críticos, respeto a los valores consensuados, afán de respetabilidad e incluso la capacidad personal de intriga suelen favorecer la inclusión en el bando de los promocionados, una actitud apartadiza u opuesta fomentará, inversamente, la exlusión o censura. Siguiendo los criterios apuntados, no sería demasiado arriesgado deducir que, en un hipotético panorama del decenio 1880-1890, confeccionado por críticos entonces influyentes como Bonafoux, Máinez, Siboni y los reseñadores literarios de El Día, El Globo y El Imparcial, ninguno de ellos citaría a La regenta ni a su autor sino para insultar a éste, reprocharle sus supuestas .sandeces" y tildarle de "ignorante", "fatuo", "entontecido", "reo de leso-idioma" y "reo de leso-sentido común"; muy probablemente, su novela habría sido vetada en el censo de obras más significativas del período, como lo ha sido, según me consta, cierta novela reciente y famosa de una de la encuesta actualmente en marcha. Si saco a relucir las circunstancias existentes en el mundillo literario de hace un siglo no es para parangonar a algunos autores y obras hoy escamoteados con Leopoldo Alas y su gran novela, sino para mostrar la pervivencia de unos mecanismos y reflejos patrimoniales entre los que se sirven de su influencia y poder en los medios culturales para acallar y reducir en la medida de lo posible cuanto no cuadra con sus gustos literarios y esquemas.

Afinidades

Nada más natural e inocente que quienes sientan afinidades literarias y personales con otros colegas salgan en defensa de éstos y sean a su vez defendidos por ellos frente a los ataques u hostilidad de otras capillas y clanes: esto ha sido así desde que el Parnaso existe y seguirá siéndolo por los siglos de los siglos, a menos que alguna quisquillosa divinidad lo remedie; pero lo que me parece ya menos aceptable es que algún crítico, aupado a puestos de -decisión y responsabilidad, se sirva de este poder cultural -revistas subvencionadas por el Ministerio de Cultura, premios literarios oficiales, becas de ayuda a escritores jóvenes, etcétera- para favorecer la obra de los autores amigos y ningunear la de los que por a o por b no gozan de su beneplácito.

Un mero repaso de las listas de distribuidores de dádivas y patentes de valor literario muestra la existencia del pequeño pero eficaz poder cultural ejercido por dos o tres críticos, con cargos o sin cargos oficiales, en beneficio de los autores juzgados buenos y perjuicio de los malos, conforme a criterios de escasa objetividad. La mafia reinante en la época de Franco ha perdido, sin duda, alguno de sus privilegios verbigracia: el de imponer silencio a sus adversarios, aunque, como vamos a ver, no sea por falta de ganas-, pero, al juzgar por lo que puede advertir cualquier observador atento a lo que se fragua entre bastidores, mantiene a través de los cambios de personas y estilos una asombrosa fidelidad a sus prerrogativas y hábitos. ¿Exageración mía? Trácese la lista acumulativa de cargos y funciones oficiales u oficiosas de alguno de esos críticos y descubriremos su participación no sólo en casi una docena de premios y concursos de ayuda, sino también en la redacción de encuestas y panoramas en ediciones internacionales traducidas con la subvención del Ministerio de Cultura -como el de la Gacela del Libro distribuida en la última Feria de Francfort, con los consabidos escamoteos y promociones-, e incluso en la elaboración del índice de autores que deben o no deben ser leídos por los pasajeros de Iberia. La enumeración de los poderes y facultades de esos críticos podría alargarse todavía, pero la detendré aquí para no aburrir al lector.

Las reacciones destempladas a la concesión de una recompensa europea no prevista por ese pequeño núcleo de programadores de lo que vale y lo que no vale fueron a este respecto sumamente significativas. Los comentarios de Luis Suñén sobre el Premio Europalia 85, Al hilo de un premio, EL PAÍS, 29 de octubre de 1985) me parecen respetables en la medida en que, a diferencia de otros a los que luego me refiero, son corteses.y civilizados; pero hay en ellos bastantes verdades a medias que, aunque con retraso, desearía esclarecer. Sin duda soy, como dice Suñén, un autor conocido y gozo quizá de una posición privilegiada; con todo, dicha situación, ganada a pulso entre un círculo fiel de lectores, no la debo, como podría deducirse de su artículo, a ningún apoyo ni estímulo de la España oficial -ya sea la de Franco, UCD o el PSOE-, sino a pesar de ella.

Guste o no, el primer reconocimiento público de mi labor ha venido de fuera, del jurado europeo que me premió en Bruselas. En los 30 y pico de años que llevo escribiendo, mi obra ha sido frecuentemente prohibida, silenciada, zarandeada -a veces, desde e 1976, ensalzada también, a menudo a regañadientes-, pero nunca galardonada como la de, otros colegas. Mientras casi todos ellos han coleccionado premios y recompensas, un mero repaso bibliográfico a mis novelas ilustra la verdad del aserto. ¿Obtuvo acaso Señas de identidad el Premio de la Crítica? No; fue prohibida. ¿Fue Don Julián Premio Nacional? No; fue prohibida. ¿Juan sin tierra? su edición, secuestrada en la imprenta.

El cambio de régimen podría haber modificado el ninguneo oficial y gremial, pero, tras la rápida y culpable admisión de lo precedentemente negado, ni Makbara ni Paisajes después de la batalla hallaron gracia a ojos del establishment: la admisión de mi trabajo se hizo a espaldas y contrapelo del mundo oficial, al que Sufién pertenece, y de los medios culturales en los que se mueve con holgura y utilidad. En corto: una cosa es que, conforme todo el mundo sabe, yo no intrigue ni corra tras palmas ni honores; otra muy distinta el que, llamativa excepción entre los escritores de mi edad y méritos, no haya sido objeto en España de reconocimiento alguno. El jurado de Europalia podría reivindicar así lo que Elsa Dehennin expresó muy bien en su discurso. Pretender impugnarlo, como hacía Suñén, induce a la confusión y niega la evidencia.

Reflexión

El artículo de Sufién, aun con sus seiniverdades, trasluce una reflexión. El de sus amigos de La Gaceta del Libro (La literatura en el armario, noviembre, 1985) era puro delirio. Su editorial, lleno de groserías y generalizaciones disparatadas, reproducía, no sé si a sabiendas, la terminología de los que me dedicaba hace años el ilustre Juan Apáricio en El Español: esos afán de agradar a sus anfitriones", "persecución de un beneficio a cambio de bobaliconas sonrisas", "patria renuncia", 'defendido por la ignorancia", "parapetado tras el insulto", etcétera, aparecen sin modificación alguna en la pluma de tan preclaro maestro, con la única diferencia de que, de comunista, he pasado a ser, oh prodigio del verbo, franquista.

Las fórmulas empleadas por el anónimo autor -esas sí cachivaches llegados del más tórrido franquismo-, tales como camarilla unida por estupideces -al menos, mis amigos y yo no lo estamos, como otros, por intereses inconfesables-,- bobo como un belga -¿todos los belgas lo son? El propio Suñén, que, representando oficialmente a España, ha convivido a lo largo de Europalia con ellos, ¿está convencido de esa brillante manifestación de inteligencia hispana?-, el único correctivo [que merezco] es el compló del silencio -¿no bastaron, por lo visto, los 13 años de cura que me recetó ese general al que grotesca e injuriosamente me equiparan?-, etcétera, revelan que, si muchas cosas han cambiado en España en el pasado decenio, el lenguaje de algunos mafiosos amparados con la sombra del poder es el mismo de siempre.

Pero las intervenciones de ese grupo de presión no paran ahí. Según me revelaría la profesora Elsa Dehennin, vicepresidenta del jurado internacional de Europalia, un inefable embajador hispano le dijo que el premio "había caído muy mal en el Ministerio de Cultura, ya que su candidato era otro" (un novelista cuya persona y obra aprecio). Yo no concedía esta frase demasiada importancia, pero, un mes más tarde, el catedrático Julio Rodríguez Puértolas, en el acto de presentación de una lectura de mis textos en la universidad Autónoma de Madrid, reveló el mismo hecho al auditorio en términos casi idénticos. Para saber a qué atenerme, decidí averiguar si el disgusto procedía del ministro o de sus próxímos, pues si me parece normal que yo no sea beneficiario del juego de los millones que el Ministerio reparte conforme a criterios de respeto, resultaría, en cambio, escandaloso que, como en tiempos de la dictadura, señalara su reprobación a mi persona e intentara influir en un jurado de hispanistas y escritores conocidos por su independencia y honradez. Por el propio Javier Solana, que se mostró muy sorprendido con el, asunto, supe que el mensaje no provenía de él. Concluir de dónde partió no es una suposición deficil de aventurar.

Evocar estos hechos en el momento en que asistimos a nuevos lanzamientos y escamoteos en virtud de criterios ajenos al estricto valor de las obras lanzadas y escamoteadas, ¿será una muestra más de mi "contumacia" a repetir "argumentos de marginalidad y marginación" que no se corresponden con la realidad de las cosas"? (Luis Suñén); o, peor aún, ¿de mi siniestra propensión a seguir "jugando al perseguido marginal y maldito"? (Rafael Conte, dixit).

Pata cualquiera que conozca mínimamente mi persona y obra, dudo mucho que semejante caracterización les convenga: no fui ese español que vivía "ricamente en el extranjero hablando mal de la patria" que pintaban hace 20 años los servicios de propaganda de Fraga ni respondo a esa imagen de "marginal y maldito" que hoy día se empeñan en colgarme. Soy, sencillamente, un escritor que se esfuerza en vivir y crear conforme a sus gustos e ideas.

Mi ausencia de España y la escena literaria española no implica la menor arrogancia ni desprecio a éstas: obedece tan sólo a otra manera de concebir la literatura y la vida, a un propósito de centrar mi atención y energías en las personas y cosas que me interesan, a una concepción personal de lo que deberían ser las relaciones del escritor con la sociedad en la que vive y con quienes la gobiernan. Si ello me distingue de otros autores del gremio, acháquese el hecho a una particularidad de mi carácter, no a un malditismo que nunca he buscado y del que me siento a 1.000 leguas.

Mi experiencia del ámbito cultural hispano de los últimos meses revela, con todo, la dificultad de mantener una.posición como la mía en nuestra España "europea y democrática": aunque leído y estimado, como Suñén y Conte señalan, los hechos que expongo, y otros que numerosos escritores, críticos y editores alejados de las esferas de influencia en donde se cocinan promociones, recompensas y premios podrían exponer, ampliar y corroborar, confirman la exactitud de lo que niegan.

El trato especial que algunos -recibimos de ese núcleo de críticos arrimados a las distintas fuentes de poder está a la vista de cualquier lector: ¡basta imaginar el revuelo que habrían armado si el ganador de Europalia hubiera sido otro! Yo sólo aspiraba el 15 de octubre a ver reproducido el texto completo de mi discurso de Bruselas, pero ni eso. Salió íntegro en México y traducido a una media docena de idiomas, mas no en España.

Si esto ocurre conmigo, pese a mi visibilidad, el lector podrá deducir lo que sucede con quienes, sin mis medios de defensa, no aceptan los criterios ni entran en el juego de los críticos-programadores emboscados en sus puestos o puestecillos de autoridad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 1986