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TRIBUNA

Las preposiciones y la OTAN

Decir no a la OTAN es sentar las bases para que no existan ni la OTAN ni el Pacto de Varsovia. Ésta es la posición que sustenta el autor de este artículo, en el que responde a dos de los intelectuales que han apoyado el voto afirmativo en el referéndum sobre la permanencia de España en la Alianza Atlántica.

Mis queridos Rubert de Ventós y Francisco Ayala se me han convertido en apóstoles sofistas respecto de que hay que decir sí a la permanencia en la OTAN para dejar de ser castizos y sacudidos de una vez por todas el pelo de la dehesa. Hay que ser indiferentes, dice Rubert, manteniendo, como es advertible, la posición puesta, implícita en el Spain is different, que caracterizó el momento culturoministerial de Manuel Fraga. Ser diferente enlazaría, por la vía de Fraga, Pemán, Lola Flores y demás patrióticos españolistas, con el españolear que acuñó como verbo el académico de la lengua, fallecido hace años, y que tanta lata nos dio en vida a los que por entonces éramos niños, García Sanchiz. Y también -conviene recordarlo para poner alguna vez las cosas en su punto- con el histérico españolizar Europa que gritó don Miguel de Unamuno, en uno de sus muchos exabruptos de tonalidad castizoimperialista.No imagino que al postular Rubert que seamos de una vez indiferentes propugne la homogeneización totalitaria de jóvenes Europas con uniformes, banderolas y cantos a dos voces. Pero no es la diferenciación castiza la que se pone en trance en este momento en el referéndum. Se vote sí o no (la abstención es otro problema), el referéndum va a constituir una votación de nulo carácter nacionalista y, desde luego, la repercusión del no en sus efectos nacionales habrían de serlo por añadidura. Esta votación que se avecina tiene una categoría, si se me permiten dos términos que pueden parecer petulantes, transnacional e incluso transeuropea. Lord Carrington lo ha dicho claramente: "La salida de España sería un golpe político para la OTAN" (el subrayado es mío). No dice para el Gobierno ni para el partido en el poder. Por eso, votar no en el referéndum nada tiene que ver con intento alguno de conservarnos puros en nuestra catetería (ni votar sí va a dotar de finesse, o de un plus de finesse a los que ya la poseen).

Aunque a muy poca gente importe, voy a decir no a la OTAN en el referéndum. Un no que quiere implicar el que ni siquiera estoy contra la OTAN, porque eso significa, aunque parezca alambicamiento, estar con ella. Como en tiempos de Franco, estar contra Franco era reconocer que se estaba con él, aunque fuera boxeando cada cual a su modo. Como se recordará, una actitud de esta índole es incómoda. Tuvo aspectos éticos, heroicos y estéticos, pero qué dispendio de vidas, de horas de libertad, de energías ensuma, supuso estar efectivamente contra Franco. ¿No hubiera sido mejor que, en una fantástica rebobinación, se desnaciera a Franco y hubiéramos podido vivir su inexistencia? Además, estar contra algo, en este caso contra la OTAN, se presta a confusión respecto de qué cosa es entonces con la que se está. "¿Contra la OTAN? ¿No estará usted con Varsovia?", es la lógica ocurrencia del listo.

Las preposiciones son sutiles y ponen en relación dos términos de una oración. Señalan cuáles s9n las posiciones de los sujetos que se relacionan. Soslayemos el contra y el con. Decir no a la OTAN es sentar las bases para estar sin OTAN y sin Varsovia.

Será diricil evitar una cuestión si se atiene uno a una mínima coherencia, a saber: que el sí a la OTAN ni comienza ni concluye en él. De la mano del sí está el armamentismo, el cual se sostiene sobre un funcionariado militar, una industria de armamento y una política vergonzantemente denominada de defensa (no he oído que se lleven a cabo maniobras defensivas; en todas, me parece, se juega al ataque). Tampoco el no surge fuera de contexto. No a la OTAN es inevitablemente la propuesta de condiciones para que la paz sea indefectíble (Austria o Suiza son indefectiblemente pacíficas porque no quieren ser lo contrario.) En esto se barajan dos tesis opuestas: o mantener la paz o conseguir la paz. No se trata de un juego de palabras. En el primer caso pareciera que la guerra (fría, no necesariamente guerra en sentido estricto) constituye el estado natural, y la paz se mantiene como un inestable equilibrio; en el segundo, la paz es un propósito que se puede alcanzar desmantelando aquellos presupuestos que harían posible la guerra.

Carlos Castilla del Pino es catedrático de Psiquiatría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 1986