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TRIBUNA

Apelación a la concordia de España

La situación generada por la convocatoria del próximo referéndum preocupa agudamente a buena parte de los españoles, a la vez que apunta el temor de ver peligrosamente amenazado el clima de concordia que ha prevalecido en el país desde 1975. Esta es la opinión del autor del artículo, para quien la consulta del 12 de marzo constituirá una reveladora piedra de toque sobre el grado de madurez política del pueblo. Así, una holgada victoria del voto afirmativo sería vista como firme prueba de la voluntad colectiva española para continuar en la vía de racionalidad política.

No sería arbitrario mantener que la década española recién concluida, 1975-1985, ha alcanzado, en la historia de este siglo, una excepcional resonancia transnacional. Porque la patente voluntad, colectiva de pacífica coexistencia, en un régimen de libertades democráticas, ha desmentido todos los siniestros augurios, al fenecer el largo período caudillista de muy diversas voces, españolas y foráneas, sobre el futuro de España. Y así, la única nación de Europa que se autoinmolaba con regularidad en contiendas fratricidas, se ha transformado en la tierra del consenso, de la concordia. Y en con traste con la resonancia universal de la guerra interna iniciada hará pronto medio siglo -que hizo de España- el símbolo heroico del sacrificio quijotesco de la propia vida en aras de ideales políticos-, la España de la década 1975-1985 ha constituido un ejemplo de mesura plagmática para un mundo dominado por la violencia y el dogmatismo deshumanizador.Lo que, obviamente, ha implicado cuantiosos sacrificios, individuales y colectivos, para muchos miles de españoles. Mas a todos ha movido la voluntad de mostrar al mundo que la reciente reincorporación de España a la historia universal rompía para siempre la imagen tradicional antes mencionada. Hoy, sin embargo, a muchos españoles (con clara conciencia de la significación que tiene su patria en esta hora del mundo) preocupa agudamente la situación generada por la convocatoria del próximo referéndum sobre la pertenencia a la Alianza Atlántica. Y también fuera de España se observa el temor en algunos países amigos (sin olvidar, desde luego, la satisfacción de otros) de ver peligrosamente amenazado el clima de concordia que ha prevalecido en tierra española desde 1975. De ahí que haya habido diversas apelaciones a la cordura de los políticos (y de los electores) españoles sobre las graves consecuencias que tendría para el futuro de su patria el rechazo de su relación actual con la Alianza Atlántica. Las breves líneas que siguen responden también a dichos temores, y sólo aspiran a ser una muy sincera apelación al profundo sentimiento de concordia.

Cautela ante la consulta

Es de suponer que el Gobierno español haya sopesado cuidadosamente todas las palabras de cautela y las meditadas advertencias sobre la inconveniencia de convocar un referéndum sobre la cuestión OTAN: los lectores de EL PAÍS recordarán un notable artículo de un pensador tan lúcido como Francisco Ayala desaconsejándolo. Mas dado que el referéndum ha de celebrarse el 12 de marzo próximo, la situación política de España ha cobrado súbitamente un carácter de singular dramatismo que coloca a los ciudadanos españoles ante una grave disyuntiva que sólo puede resolverse trascendiendo todos los partidismos.Porque es triste -para todas las personas, españolas y faráneas, a quienes importa el destino histórico de España- que una parte considerable de la llamada clase política no haya estado a la altura civica que demandan las presentes circunstancias españolas y transpirenaicas. Mayor carencia de responsabilidad ciudadana, si cabe, ha mostrado un sector significativo de la clase cultural, al emprender una campaña adversa al voto afirmativo, amparándola parcialmente bajo las figuras venerables. (Unamuno) de un supuesto antieuropeísmo. Se explica, por tanto, que el español, deseoso de cumplir con sus obligaciones ciudadanas, se ve actualmente sometido a las presiones de una extraña conjunción: la de los conservadores abstencionistas y la izquierda multiforme que predica en favor del voto negativo.

Dicha conjunción y otros conglomerados adversos al sí parecen ignorar que la consulta constituirá -dejando de lado las implicaciones concretas de la pregunta hecha por el Gobierno- una reveladora piedra de toque sobre el grado de madurez política del pueblo español. Así, una holgada victoria del voto afirmativo sería vista fuera de España corrio firme prueba de la voluntad colectiva española para continuar en la vía de racionalidad política.

Racionalidad que ha sido justamente la forma principal de la europeización de España reiniciada en 1977, tras el prolongado lapso caudillista. Porque es menester reiterar que la transición española de la década 1975-1985 -sin mengua de sus peculiaridades españolas- ha sido posible por la mera existencia de una civilizacíón democrática en la Europa occidental de los últimos 40 años. Civilización que ha podido mantener sus normas de racionalidad política gracias, a su vez, a la existencia de organismos internacionales como la OTAN y el Mercado Común. Notemos, de paso, que si la Europa transpirenaica coetánea de la II República hubiera sido equivalente a la actual, muy otro habría sido el destino de aquel intento de modernización política española. Que España pertenezca a la Alianza Atlántica es así el lógico corolario de los principios de racionalidad política que ha guiado la restauración de las instituciones democráticas. Un voto afirmativo sería, por tanto, un voto por Europa y la civilización democrática.

Clima tormentoso

Hay en estos días un clíma político crecientemente tormentoso que está ya rompiendo normas de racionalidad. Es harto grave que los conservadores hayan revivido el retraimiento de antaño (tan dañino en la España del siglo pasado), dándole la designación de abstención, mientras algunas voces de la izquierda y de la clase cultural parecen retrotraerse al espíritu de ruptura que fue desechado por el pueblo español tras el ocaso del caudíllismo. Y por eso me aventuro a dirigir estas palabras de apelación a dichos dirigentes políticos y culturales, pidiéndoles que depongan su retraimiento y sus utopías retrospectivas. Sería pertinente hoy recordar aquella patética apelación del presidente Azaña: "Paz, piedad, perdón". Que puesta en lenguaje adecuado a las presentes circunstancias podría reformularse así: humildad, magnanimidad y compasión. Porque, lo que se ventila el 12 de marzo próximo para el futuro de España exige que la concordia presida nuevamente la conducta de la clase política y la de los ciudadanos.

Juan Marichal es catedrático de la universidad de Harvard.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 1986