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Tribuna:

Cómo viven los poetas

Hace un año que murió Matilde Neruda, fecha apenas recordada con una misa dicha por un sacerdote obrero en una parroquia de barrio, a la que no asistieron más de 20 personas. Matilde, es cierto, no era Pablo, y su papel no fue histórico como el del poeta, sino doméstico, íntimo. Sin embargo, esos dos lustros que transcurrieron entre la muerte de Pablo y la muerte de Matilde han sido los años del régimen militar en nuestro país, y por esas fechas puede medirse los tumbos que hemos ido dando, de un estado de sitio en otro, de una deuda a otra, de una sordera de la autoridad por los deseos del pueblo en otra.La pequeña parroquia donde se celebró la misa recordatoria era en el barrio de Bellavista, donde la pareja Pablo-Matilde vivía, donde está enclavada la casa que lleva el sobrenombre de Matilde, La Chascona, y donde funcionará la Fundación Neruda. Ya hay indicios de que la fundación, a la que Matilde dedicó sus últimos cuidados, aun desde su lecho de enferma, comienza a moverse: ha llegado a Chile un estudioso de la poesía nerudiana, el profesor Robert Pring-Mill, de la universidad de Oxford, a poner en orden los originales de varios de sus libros. Se habla de becas, de autógrafos, de memorias inconclusas, de mesas redondas que se están programando gracias a la generosidad de la fundación.

La casa del barrio de Bellavista, construida por Pablo para Matilde cuando ella todavía no era la pareja oficial del vate, irradia la presencia nerudiana en ese barrio, que poco a poco se está transformando en uno de esos barrios que antes se llamaban bohemios: galerías de arte, restaurantitos coquetones, música en las calles, anticuarios, estudios de pintores, artesanos de la lana y de la loza, teatros de bolsillo. Un poco artificial, quizá, todo esto, demasiado self-concious, poco espontáneo, pero, sin embargo, con mucha gracia, y uno no puede dejar de pensar que quizá con igual falta de espontaneidad comenzaron Soho y Greenwich Village, Saint Germain des Pres y San Telmo. Y el gusto nerudiano -las cosas que nos enseñó a ver, más allá del alcance de su poesía, aquello sobre lo cual nos dio conciencia, gredas y casas viejas, cestas y modestos objetos de menaje antes relegados a las buhardillas, pero ahora transformados en artículos de anticuarios- prima en la decoración, en el gusto y en el modo de vivir de los habitantes de Bellavista. Gracias, sin duda, a la lección de La Chascona.

Fue extraño ver su casa cuando tanto él como Matilde faltaban de ella: esa residencia legendaria para los chilenos, vital, original, animada cuando la habitaban esos dos hechiceros que eran la pareja, me pareció extrañamente desprovista de vida. Lo que era fantástico, los objetos vistos o descubiertos por Neruda en el sótano de un cachurero y colocados en el contexto de su casa donde brillaban con la magia de que los dotaba el poeta, parecían, ya desaparecidos los hechiceros, extrañamente feos, extrañamente inanimados, y todo aquello era posible reducirlo a su origen, y el gusto que creó esa casa, extrañamente sin significado e incluso feo. Faltaba el espíritu, la fantasía, la poesía que creaba el ambiente. Todo no era más que una imitación de escaleras capriotas, un hacinamiento de recuerdos ibicencos, mucho aprendido en el México de María Asúnsolo y Erida Khalo, en tiempos de Trostski y de Lázaro Cárdenas, mucho tomado del discutible gusto de los emigrados republicanos de la guerra civil, una mezcolanza sin ton ni son, en suma, porque faltaba de allí el espíritu creador que dotaba a todo esto de tan extraordinaria vitalidad y belleza. Cabe postular entonces que la magia de La Chascona estaba en la palabra de Pablo, en las leyendas urdidas en torno a los objetos, en la presencia de personas con que estos objetos estaban ligados, en un orden esencialmente literario más que plástico. Después del fallecimiento de Pablo Neruda en 1973, Matilde fue de alguna manera depositaria de la palabra nerudiana, y los objetos y las comidas y los vinos que formaban parte del vivir de esta pareja siguieron la animación en torno a la viuda, que supo prolongarle la vida a La Chascona.

Pienso que tal vez sea injusto el pensar que los poetas, en general, tienen una especial vocación para vivir en casas feas, desoladas, muchas veces terribles. Recuerdo mis visitas a la casa de Juan Ramón Jiménez, allá por el año 1951, en Washington DC, cuando con un amigo íbamos a visitar no sólo al poeta y a Zenobia Camprubí, su mujer, sino a María Elena Walsh, que entonces, recién iniciada en las letras, vivía con la pareja, porque ellos la habían traído a Estados Unidos desde Argentina: María Elena en esa época era sólo una chiquilla rubia que había publicado una pequeña plaqueta con sus versos, que yo conocía gracias a que Margarita Aguirre me los envió desde Buenos Aires, no porque ni siquiera lejanamente tuviera el prestigio literario de que ahora goza.

La sensación entrando a la casa de Juan Ramón Jiménez era que todo era terriblemente apolillado y viejo, pero sin carácter;

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Cómo viven los poetas

los libros y las revistas en grandes montones en el suelo alrededor de su escritorio repleto de papeles -¿es verdad, o el recuerdo me engaña, que este escritorio estaba colocado contra una de esas ventanas de guillotina de las casas americanas con la esperanza de que entrara un poco de aire del ahogante verano estilo Tennessee Williams de que se sufre en Washington?-, y él, en vísperas de la enfermedad que luego se lo llevó y justo antes de irse a terminar su vida en Puerto Rico, llamaba a Zenobia para que le trajera un refresco o pusiera en orden las cosas. Zenobia en ese tiempo por cierto que ya no era la Zenobia evocada por Ortega y Gasset, ese delicado ángel rubio, sino una señora gruesa y mayor, con el legendario cabello de oro oscurecido, pegado y plegado a su cabeza en un peinado anticuadísimo. En ese verano la recuerdo vestida no sé por qué con ropas grises y gruesas como de invierno, y sin la locuacidad de las épocas cuando ella -como algunos habitantes de Bellavista-resucitó con su tienda de artesanía que fue chic en su época, las artesanías que ya se estaban perdiendo en la España de entre las dos guerras.

Fui a ver a don Juan Ramón la última vez para pedirle una carta de presentación para Gabriela Mistral, a quien yo quería conocer, ahora que me encaminaba a pasar el verano en México. No se expresó de ella en forma afectuo

sa -don Juan Ramón tenía una terrible mordacidad, casi brutal, para expresarse de todo el mundo-, pero me dio la carta. Y en Xalapa, y luego,en Veracruz, tuve la ocasión de ver a Gabriela Mistral, en Xalapa en la gran loggia de una hacienda naranjera que alguien le prestaba como residencia, ella sentada como en un trono en el fresco damero del pavimento: tenía su gran dignidad, ese espacio aromado de jazmines en la noche -me acogió durante la noche que pasé allí-, y conversamos largamente, ya no me acuerdo de qué, aunque sé que ella me recomendó visitar Tlacotlayan. No recuerdo haberla visto de pie: siempre sentada en su trono, servida por Palma Guillén. A mi regreso, después de dos meses en las selvas de Veracruz, pasé a verla de nuevo, esta vez en el puerto de Veracruz, donde tenía una feísimo apartamento amue

blado frente al mar, donde de nuevo me alojó. Este apartamento, con muebles y adornos no elegidos por ella, no vistos ni descubiertos por ella, sino por cualquier propietario de cualquier inmueble, me parece, por su carácter trashumante, el alojamiento clásico de un poeta, por lo menos de un poeta de esa generación.

También en México, aunque muchos años más tarde, conocí a León Felipe en casa de los Giner de los Ríos, a quienes en ese tiempo frecuentábamos. Anciano y todo, hasta en esos años (hace 20), León Felipe era un hombre de estampa gallarda, de un hablar entusiasta y generosamente admirativo. Poco tiempo después le visitamos en su casa: de nuevo, un apartamento probablemente alquilado con muebles y adornos, que antes y después de León Felipe debe haber acogido a turistas trashumantes

que exigían poco en lo referente a la estética. Todo en aquella casa era triste: probablemente, en el caso de León Felipe, debido a la reciente muerte de su queridísimo sobrino el torero Arruza, que fue el último gran afecto de su vida. Había una gran melancolía en esa casa, pero era la melancolía de la dejadez, del desinterés por todo lo material, y León Felipe, parecido por su fiacura y sus anteojos a un inquisidor del Greco, reinaba sobre toda aquella desolación.

Sólo en la casa de Neruda, entre las casas de los poetas, he visto un auténtico amor por la materia misma de la vida, por los objetos, por el juego y los juguetes, por la comida y los vinos, y hemos heredado en el legado de su casa esta curiosa vertiente de su personalidad tan distinta a la de los demás poetas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 1986

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