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Entrevista:

Antonio Gala estrena en Madrid 'El hotelito', una reflexión sobre las fronteras interiores

"España ha sido siempre muy delegadora", dice el escritor

La última producción dramática del escritor Antonio Gala, El hotelito, una historia española en la que el autor pretende que nos riamos de nuestra propia sombra y al mismo tiempo se reflexione sobre nuestras propias fronteras interiores, se estrena esta noche en Madrid, en el teatro Maravillas, después de haber sido estrenada en el Teatro Carlos III de Albacete, el 6 de diciembre. En El hotelito se habla de Galicia, Andalucía, Madrid, Cataluña y el País Vasco, como autonomías representantes de las otras doce. Con El hotelito son dos las obras de Gala en la actual temporada madrileña, tras el reciente montaje de Samarkanda.

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En El hotelito- intervienen María José Alfonso, Julia Martínez, Beatriz Carvajal, Josele Román y Pilar Bardem, bajo la dirección, ambientación y puesta en escena de Gustavo Pérez Puig y Mara Recatero, decorados de Paco Nieva, música de Gregorio García Segura e iluminación de José Luis Rodríguez.El autor, que estos días también saca a la calle el volumen Cuaderno de la Dama de Otoño (ediciones EL PAÍS), que recoge sus artículos publicados bajo ese título en EL PAÍS DOMINICAL, habla sobre esta obra, el teatro, la palabra y otras personales reflexiones.

Pregunta. ¿Cuáles son las alegorías sobre la imagen de España que intenta transmitir?

Respuesta. En realidad España es un cajón de sastre, de desastre en ocasiones, y un cajón en que nadie es moro, ni judío, ni cristiano; en que nada se parece a sí mismo, y sobre todo ahora que cada uno se está preguntando la razón de ser y de sí mismo, buscando las propias señas de identidad, como si eso se perdiese con frecuencia. La identidad está, y es precisamente eso lo que hace que la convivencia resulte a veces más difícil. No hay que preguntarse con demasiada intensidad lo que salta a la vista.

Lo que sucede es que hay unas invariantes que son el maniqueísmo, el desdoblamiento, la posibilidad de una variedad absoluta, la contradicción permanente y un cierto fervor por lo exterior, porque España ha sido siempre muy delegadora, y tanto en lo interno como en lo externo ha querido siempre que alguien le saque las castañas del fuego. Son todas estas cosas las que se sacan y que esta especie de entrada en el supermercado común europeo diluya precisamente eso que estamos queriendo afirmar ahora.

Una cultura de aluvión

P. ¿Ciñe usted al hombre (en este caso, a la mujer) a un ámbito localista o lo abre a las fronteras de universalidad, considerándolo habitante del planeta?

R. Todos podemos decir que somos ciudadanos del mundo, pero de decirlo a serlo... Somos habitantes y ciudadanos del mundo porque es donde estamos, pero eso es una afirmación exterior; en el fondo, cada uno se siente de su tierra, cada uno ama apasionadamente la tierra a la que pertenece. El hombre hace o deshace el paisaje, y éste lo hace a él. No sólo hablo de una geografía, sino de una forma de vida, de cantar, bailar, sufrir, de contemplar la pena, el gozo, la libertad, la vida en definitiva. Y eso es la cultura, y el hombre pertenece a la suya propia, y éstas no son sólo distintas, sino a veces opuestas.

La universalidad se consigue a base de la máxima localización, al menos en literatura; no conozco a nadie más español que el Quijote o más alemán que Fausto.

No es que yo separe o quiera defender la irracional, por otra parte, cultura de campanario. Soy andaluz, y celebro una cultura abierta, de aluvión, que consiste precisamente en la recepción de todo.

P. ¿Por qué elige a la mujer como portadora y conservadora de la vida?

R. En este caso no podían ser más que mujeres las que representaran, porque discuten continuamente, y las mujeres, al pelearse, todavía pueden razonar las causas de sus peleas. El hombre español es tan absolutamente maniqueo que cuando dice ¡viva Joselito! en realidad está diciendo ¡muera Belmonte!, y en mi obra hubieran llegada a las manos y a la espada; un combate sin dialéctica.

P. ¿Cómo vive las nuevas palabras en los movimientos renovadores teatrales vanguardistas?

R. Siempre me ha parecido que la vanguardia, y ése fue su oficio, era bastante bien educada, en contra de lo que se piensa. Era un movimiento que abría la puerta, cedía paso a todo el mundo, y ella pasaba la última. Aprovecho todo lo que todas las vanguardias de todos los tiempos hacen, pero yo sigo mi camino y no me quedo con el pomo de la puerta en la mano.

Todo cabe en el teatro

P. ¿Sus obras son susceptibles de ser planteadas desde una óptica vanguardista?

R. Sí, y creo que no tardará en aparecer una con una puesta en escena vanguardista, si se puede seguir hablando en estos términos, porque en estos momentos hay una gran confusión en el teatro -todo cabe-; me parece que puede ser una confusión beneficiosa, puesto que todos los públicos pueden encontrar en el teatro lo que buscan. Creo que lo interesante es la inmediatez que no es un producto enlatado, y el teatro concilia a una serie de gente en un extraño ritual que se mantiene en una penumbra cómplice. Las técnicas que se deben aplicar son aquellas que van a dar más clara y más directamente en la diana del corazón del espectador.

P. Parece usted especialmente sensible a una realidad. ¿Por ello toma actitudes personales clarificadoras en temas como la existencia de un referéndum consultivo para el ingreso o no en la OTAN?

R. La posición de España ante la OTAN a mi me parece que debe ser de no entrada. Soy enemigo de los bloques, de la guerra. Soy antimilitarista, pacifista. Lo mejor que se puede hacer por la humanidad siendo español es manifestar la voluntad de no entrar en la OTAN, y no es ajeno El hotelito a esa tendencia, y espero que sea entendido de esa forma.

P. Su españolidad ha sido polémica. ¿Cómo vivió lo que suscitó en ciertos sectores su artículo Soldadito español?

R. No lo viví, lo sufrí, y aún no ha terminado todavía. Me pareció una reacción exagerada por parte del auditorio afectado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de diciembre de 1985