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Tribuna:

La equivocación de Juan Benet

Yo dije a Juan Benet que había encontrado Región. Era yo quien, desde hacía tiempo, sabía dónde estaba; no él, que, desorientadamente, creyó hallarla -¡qué disparate topográfico en el noreste asturleonés.Para ir a Región debería remontar Cerro Muriano, desviarse a la derecha antes de alcanzar El Vacar -puerta de Córdoba en la denominada Reconquista-, dejarse sorprender por el abismo en el que corre, cuando puede, el Guadalbarbo, y luego, atreverse a descender, serpenteando, la carretera que, cruzado el arroyo, llega hasta Obejo. Y aunque parezca que allí termina el mundo, no arredrarse, y seguir, seguir en el silencio, en la amenazadora quietud de aquellas dehesas de la Loma de los Majuelos, atravesadas tan sólo de vez en vez por alguna insospechada furgoneta de electrodomésticos que se cruza veloz con nosotros, como si huyera despavorida no se sabe de qué, quizá de esa pesada quietud que no es sosiego y que en modo alguno tiene algo que ver con los aires que para el resto del planeta corren.

Por allí metí a Benet, tras una maniobra eficazmente malévola. Para hacerle ir era preciso -me di cuenta en seguida- aconsejarle que no fuera. Porque allí, efectivamente, está Región, pero, como tal, inaccesible, y, por tanto, asegurarle como vano el mero intento. Y en la alternativa, le sugerí volver a la vulgaridad de la carretera N-IV y, todo lo más, para curarse de ella, asomarse a Montoro y contemplar, desde un kilómetro antes, esa a modo de incrustación toledana que en las estribaciones de sierra Morena compone ese pueblo de rojo, ocre y cal, y que parece deslizarse sobre el talud en cuyo fondo discurre el Guadalquivir... ¿Para qué ir, pues, a Región?

Eso era lo que había que hacer. Nada de aventura, de proyecto estéril de volver a Región. No se puede, no se debe volver a Región. Pretenderlo es, obligadamente, perderse. Juan Benet se perdió porque yo lo perdí. Su error fue aceptar mis palabras como persuasivas para que no fuera, como una sincera prevención del riesgo, cuando justamente eran lo contrario. Como aquel cajón que cerrado con descaro se constituye en adecuada incitación a que lo abran, para gustosamente culpar luego a quien nos desobedeció, así yo dije a Benet que no fuera para que fuera, y para que una vez que hubiera ido se perdiera, y de este modo hacerle entrar en razón de que no debió ir, de ninguna de las maneras, a la búsqueda de Región.

Su error no fue alcanzar Pozoblanco, después de la equivocada travesía, en lugar de Villanueva por la Jara, como, con la lógica singular del ingeniero, me reprocha. Su error fue, por decirlo así, más esencial, más hondo, definitivamente insubsanable: el que se deriva de pretender la tangibilidad de la imagen, la concreción de lo no dado, la evidenciación de lo inexistido. Volver a Región es como enunciar en forma de teorema la inexistencia de Dios.

Yo sé dónde está Región. Pero me limito ahora a declarar esto: jamás diré dónde. Y si me lo preguntan y respondo, cuídense porque les pierdo. Como una mañana, en Córdoba, a la plena luz del día, con el mapa en la mano, perdí a Juan Benet en su enajenado intento de encontrar finalmente la otra casa de Mazón.ç

Nota. Juan Benet publicó el 13 de julio de 1985 en esta misma página un artículo titulado Los Pedroches, en el que cuenta su viaje al norte de Córdoba en busca de una llamada Región.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de noviembre de 1985