Tribuna:El asno de Buridán
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Dos o tres preguntas

Hay gustos para todo, y en este bajo mundo nadie se priva jamás de nada si no quiere. Lo digo pensando en que quienes guardan noticia de efemérides y aniversarios han aprovechado el de Malthus para recordar las advertencias del economista inglés sobre los peligros de un aumento incontrolado de la población. Nuestro tiempo no es el suyo, de cierto, pero una parte del planeta, la mayor, sigue estando amenazada por la catástrofe que acertó a augurar. Sin embargo, se mantienen las diferencias. Malthus encaminó sus esfuerzos hacia la descalificación del Estado como institución competente para intervenir en materia de economía y asistencia pública, al paso que hoy, por el contrario, quizá sean los poderes públicos los únicos capaces de contener la anegadora marea de nacimientos predicha por su teoría. Pero al Estado le han salido instituciones en liza y competencia que llevan la polémica a los tiempos anteriores a la publicación del Ensayo sobre el principio de población o revista de sus efectos, etcétera, y aún hoy, con el siglo XX ya con un pie en el estribo, quedan iglesias, sectas, corporaciones y cofradías que predican la eterna y monótona cantinela de la reproducción como fin principal, cuando no único, de las gimnasias sexuales. El mundo está amenazado de hundimiento en las tres cuartas partes de sus tierras, pero todavía se sigue entendiendo el mensaje bíblico como una obligación ineludible de perpetuar las condiciones de la miseria.Es casi un entretenido y socorrido hábito intelectual el especular acerca de las consecuencias de orden político a las que puede conducir el mantenimiento de las actuales tasas de población en su desproporcionada correspondencia, esto es, con crecimientos vegetativos nulos y aun negativos en los países industrializados, frente a los de un Tercer Mundo (que es, en ocasiones, el quinto o sexto, comparado con más afortunados y relativos centros de riqueza) en continuo y geométrico crecimiento. Una extrapolación matemática de las actuales cifras nos llevaría, en un tiempo no prolongado en exceso, al dominio absoluto por parte de los desheredados, situación en la que el Occidente quedaría reducido a una muestra poco significativa y punto menos que meramente testimonial. Quizá sea esa una posibilidad cierta y verdadera en los Estados de gran variedad étnica, pero en general esa imagen (que se invoca con esperanza o temor, según la pauta dictada por las actitudes personales) no deja de ser, en ambos casos, sino el reflejo de una equivocación segura. Las extrapolaciones estadísticas suelen ocultar a veces ciertos defectos, de forma que tardan en enseñar la oreja, porque se supone que todas las circunstancias actuales en las que se basa la predicción han de mantenerse proporcionalmente estables durante todo el tiempo vaticinado. Mucho me temo, para consuelo de unos y desesperación de los otros, que incluso Malthus fue capaz de anticipar bastante bien la conversión de las cantidades acumuladas en órdenes de diferente cualidad. Las masas crecientes de los países empobrecidos no pueden llegar a significar una amenaza real y directa para los países ricos, porque hay mecanismos naturales capaces de provocar una espantosa mortalidad a poco que los Estados yerren en sus propósitos o relajen su atención.

Pero hay una posible parcela en la que el destino de los desheredados sí debería afectar a quienes vivimos en países con problemas infinitamente más frívolos: aludo a la de la conciencia, a la parcela de la conciencia. Un subproducto del bienestar y la panza llena es la posibilidad de interpretación del mundo y su intento de comprenderlo. Por un lado, esa tarea ha llevado a la curación de cerca de la mitad de los cánceres que padecemos en el Occidente (e incluyo en este concepto a los países comunistas desarrollados, en una operación quizá incorrecta desde el punto de vista político, pero suficientemente justificada en términos de la oposición entre miseria y riqueza). Y por el otro, nos ha permitido entender que ni podemos ni debemos permanecer impasibles ante lo que le sucede a la inmensa mayoría de la población del planeta.

Pero ni siquiera estoy seguro de que en ese terreno hayamos llegado a entender la tarea que nos aguarda. Sin duda estamos ayudando de forma institucional, a través de las sociedades internacionales de socorro, a aquellos países especialmente afectados por alguna tragedia del momento. También clamamos por el advenimiento de los modos democráticos como una de las posibles panaceas del caos dictatorial tercermundista, aun cuando, lamentablemente, parece ser que la democracia también es un privilegio de los ricos. ¿Pero significa esto que nuestras instituciones reflejan y encauzan un verdadero sentir ciudadano? ¿Somos conscientes de cuál es la actitud racional hacia esos problemas ajenos? ¿Sabemos cuál es el alcance de los deberes de solidaridad? Quizá todas las preguntas que quedan hechas deban contestarse afirmativamente. Quizá los periódicos mientan, y ciertas noticias sobre las actitudes médicas corporativistas, las advertencias eclesiásticas sobre la ética cristiana y las persecuciones a los gitanos y portugueses que quieren que sus hijos estudien sean tan sólo un sueño, una pesadilla que nos hace volver a Malthus por la peor de las vías posibles.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Copyrithg Camilo José Cela, 1985.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS