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Joaquín Martín Canivell

El presidente de la Audiencia de Jaén pronunció una conferencia ante 60 presos a los que él mismo había encerrado

Nació hace 50 años en Toledo y es, desde hace 15, magistrado de la Audiencia de Jaén. En los últimos meses su nombre se barajó como candidato a Defensor del Pueblo en Andalucía. Casado con una francesa, ha estudiado criminología en Harvard. Asimismo, ha participado en los congresos internacionales sobre tratamiento del delincuente celebrados en Kioto (1970), Ginebra (1975) y Caracas (1980). Joaquín Martín Canivell ha sido el primer juez en España que ha mantenido una charla-coloquio con los intemos de la cárcel de Jaén, a los que él mismo, en la mayoría de los casos, había juzgado y condenado. La charla, prevista para 30 minutos, se prolongó durante cerca de tres horas ante las preguntas formuladas por los presos en tomo a sus propios casos.

"Me juego un talego a que ése no se atreve a entrar aquí". Ésta era una de las apuestas que los presos de la cárcel de Jaén efectuaban, poco antes de las cinco de la tarde, sobre si el magistrado. Joaquín Martín Canivell, presidente en funciones de la Audiencia Provincial, cumpliría el compromiso de mantener una charla-coloquio en tomo al poder judicial en España y Europa.La sorpresa fue mayúscula para los incrédulos apostadores. Con inusual puntualidad, el juez atravesaba las puertas del centro penitenciario. A esa hora tan taurina, cinco de la tarde, el magistrado se encerraba con unos 60 presos en una pequeña sala de la cárcel para hablar sobre la justicia. Era la primera vez en España que un juez participaba en un coloquio con los reclusos, a los que, en su mayor. parte, él mismo había condenado.

"En ningún momento sentí miedo", dice con seguridad Martín Canivell, "porque no soy ni un insensato ni un temerario; por otro lado, tampoco era necesario extremar la prudencia. Estuve tranquilo y confiado, y esto lo captaron en seguida los internos".

En primera fila, un heroinómano seguía nervioso Ias explicaciones del juez que le había condenado recientemente a seis años por robo en una joyería. "¿De verdad que la justicia es igual para todos?", "¿Por qué en las cárceles estamos siempre los pobres?". Éstas eran algunas de las preguntas que con ansiedad formulaban al magistrado. El coloquio, previsto en principio para unos 30 minutos, se prolongó durante más de tres horas ante la insistencia de los condenados por conocer las causas concretas de su procesamiento.

"Sí, soy un juez progresista", afirma ahora con seguridad, "porque creo que se puede mejorar la condición humana de las personas y porque, frente a otras posiciones, pienso que se debe producir un acercanúento hacia el delincuente".

Mientras el presidente en ñmciones de la Audiencia Provincial de Jaén respondía a cada una de las preguntas formuladas, en la habitación en donde se celebraba la charla se producía un incesante rumor. Es la hora de las visitas. Los presos abandonan por un momento el coloquio. Bajan rápidamente hasta la sala de comunicaciones, saludan a sus familiares y esgrimen una disculpa -un beso, un "Hasta luego"- para escaquearse de nuevo.

Martín Canivell se niega a emplear la palabra chorizo por un mínimo de respeto a un ser humano. "En realidad", arguye casi con tono profesoral, "sucede que los jueces estamos generalmente muy alejados de las personas que juzgamos".

A las ocho de la tarde, el magistrado salió de la prisión convencido de que no hizo nada extraordinario. Convencido además de que hay un corte total, una fractura, entre la actuación procesal y la finalidad fundamental de las instituciones penitenciarias: la reinserción y recuperación del delincuente.

El director de la cárcel de Jaén, que no asistió a la charla-coloquio por un pacto previo establecido con los intemos, despidió eufórico a Martín Canivell. Unos metros más allá, en el interior del centro penitenciario, los presos aún no se creían que el hombre que les condenó les hubiera hablado, clara y sencillamente, sobre las causas por las que los había recluido. Y lo que más les sorprendió, sin que el magistrado hubiera tenido ningún tipo de protección especial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 1984