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Tribuna:

Angel Rama y la arriesgada navegación

De los cuatro escritores latinoamericanos fallecidos en la catástrofe aérea de Barajas, Ángel Rama era probablemente el menos conocido en España, y ese desconocimiento quizá sea la razón de la escasez de datos aparecidos en la Prensa española. Hace más de 40 años que conozco y leo a Ángel Rama, y me consta que era una de las figuras más brillantes del mundo cultural latinoamericano en general y del uruguayo en particular : y puedo afirmarlo sin que el juicio esté condicionado por una solidaridad de pifia intelectual, ya que Angel y yo nunca pertenecimos al mismo grupo literario; por el contrario, más de una vez estuvimos enfrentados en arduas polémicas.Las diferencias de enfoques y de criterios, en un ambiente crítico y dinámico, constituían después de todo, una de las características más notables del período 1945-1973, probablemente uno de los más fructíferos del Uruguay literario de este siglo. Fue precisamente en 1973 cuando la dictadura puso un freno brutal a ese desarrollo e intentó partir en dos la cultura uruguaya. Y aunque esas dos mitades (la de adentro y la de afuera) hayan siempre pugnado por mantener sus vínculos y, en esencia, lo hayan conseguido, lo cierto es que el auspicioso proceso de creación y análisis que se venía desenvolviendo con nivel artístico y rigor profesional sufrió desde entonces -una interrupción que no será fácil subsanar.

En aquel clima de objetividad y de tajante ingenio, la presencia de Ángel Rama fue tan polémica corno fulgurante. Sus escritos, especialmente en los lapsos en que dirigió las páginas literarias del semanario Marcha, suscitaban adhesiones fervorosas y rechazos apasionados, pero su trabajo docente, en cambio, obtuvo la admiración unánime de varias promociones de estudiantes. La brillantez, la claridad, el humor, la ironía con que Ángel desarrollaba en el aula cualquier tema literario, así como la infalibilidad de los datos que aportaba y la vivacidad con que planteaba sus juicios, le convirtieron rápidamente en una vedette universitaria. Aquellas cualidades también se reflejaban en sus notas críticas. Su cultura era casi enciclopédica, pero siempre había en él un último pudor que le impedía confundir y apabullar con erudición a sus oyentes o a sus lectores.

Aunque nacido un poco después que la mayoría de los integrantes de la generación del 45 (Real de Azúa, Martínez Moreno, Rodríguez Monegal, Mario Arregui, Idea Vilariño, Antonio Larreta, Domingo Bordoli, Manuel Claps, Sarandy Cabrera, Ida Vitale, Homero Alsina Thevenet, Hugo Alfaro, etc.), Ángel Rama fue uno de sus productos más representativos. No obstante, vale la pena recordar que siempre refutó la denominación del 45 y proponía, en cambio, re onoceria como generación de 'Marcha'.

La obsesión de Ángel fue siempre la independencia intelectual. Hombre de izquierda y de clara actitud antiimperialista, tuvo, sin embargo, puntos de vista que a veces lo distanciaron de este o aquel conglomerado partidario. En un reciente artículo (La lección intelectual de 'Marcha') tras referirse al interés real y profundo del continente latinoamericano como "única obligación que no podía deponerse ante nada y ante nadie", agregaba: "En mi caso fue este principio el que me vedó inscribirme en ningún partido político y por dos razones que admiten variados y opuestos calificativos: primero, para no deponer mi independencia crítica ante ninguna imposición partidaria que pudiera no compartir, renunciando, por tanto, a los beneficios y a los perjuicios del grupo o la parroquia; segundo, porque el campo que elegí fue el de la cultura latinoamericana (y dentro de ella, más estrictamente, la literatura) y supe siempre que su radio era infinitamente más extenso y más importante que cualquier definición doctrinal, filosófica o política, del mismo modo que el radio de la nación supera holgadamente el de sus múltiples sectores o clases". Defensor crítico de la revolución cubana, en los últimos tiempos había vuelto a publicar en la revista Casa de las Américas, cuyo comité de colaboradores había integrado en la primera época.

Esa independencia le llevó asimismo a establecer lazos con universidades norteamericanas y puertorriqueñas, en las que a menudo dictó cursos y seminarios y donde su contribución era altamente apreciada. Sostenía que en Estados Unidos existen niveles intelectuales que siempre mantienen una actitud autónoma, desligada de los esquematismos y las arbitrariedades del Departamento de Estado y, por tanto, no había por qué cortar los puentes con tales sectores de progreso que demostraban una inteligente aproximación a América Latina.

Por supuesto, eso era demasiado para los círculos más duros e intransigentes de Estados Unidos. Después de haber cumplido varios contratos con universidades norteamericanas, y cuando iba a renovar los mismos, se encontró con la imprevista dificultad: el Gobierno de Reagan se negaba a renovarle el permiso de residencia. Todas las gestiones internacionales al más alto nivel (incluso el presidente colombiano llegó a hablar de este caso con el presidente Reagan cuando éste visitó Colombia) se estrellaron contra la olímpica tozudez del Departamento de Estado, que, al parecer, reprochaba al crítico uruguayo sus largos años de trabajo en el semanario Marcha.

Además de su infatigable labor como crítico literario, Ángel escribió teatro (La inundación, Lucrecia y Queridos amigos), aunque éste fue probablemente su campo más vulnerable; ejerció, además, con toda solvencia la crítica teatral. Como narrador, aparte de una novela de juventud, Oh, sombra puritana, publicó en 1961 un volumen de relatos breves, Terra sin mapa, basado en los recuerdos de su madre, cuya infancia transcurrió en Galicia. El mejor y más original aporte de Rama es, sin ninguna duda, su labor de ensayista y crítico literario, recopilada básicamente en un tomo editado en Colombia: La novela latinoamericana 1920-1980. En 1981 había publicado en México dos valiosas antologías: Más allá del boom: litera-

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tura y mercado, y Novísimos narradores hispanoamericanos en 'Marcha'.

Hay, sin embargo, otro papel esencial cumplido por Ángel en la cultura latinoamericaria: fue un notable animador, propulsor, foco irradiante, en fin, de esa cultura.

Son incontables las revistas literarias que lo tuvieron entre sus decisivos animadores, pero recuerdo especialmente la controvertida Clinamen, en cuyo núcleo litigante estuvo nada menos que don José Bergamín, entonces residente en Montevideo. Posteriormente, las detonantes polémicas de Ángel con el crítico, también uruguayo, Emir Rodríguez Monegal, sobre todo la que tuvo como centro la obra de Alejo Carpentier, mantuvieron en vilo al cotarro intelectual de Montevideo.

En su etapa uruguaya, además de haber dirigido el departamento de Literatura Hispanoamericana de la facultad de Humanidades, fundó por lo menos dos empresas editoras y también la Enciclopedia Uruguaya, publicación semanal de gran tirada. Durante su exilio venezolano dirigió la excelente biblioteca Ayacucho.

La última vez que hablé con Angel fue en París, durante un encuentro de literatura latinoamericana organizada. por la Unesco y la Sorbona, aunque explicablemente amargado por haber perdido la desigual batalla que había librado contra la Administración Reagan, ya que ésta logró al final expulsarlo de territorio norteamericano, estaba como siempre lleno de proyectos, algunos de los cuales tenían que ver con la nueva poesía latinoamericana, que según decía, sólo tardíamente había ido recuperando. Ya lo había escrito: "Una buena vida intelectual -creo que era Sábato quien lo decía- debería durar unos 800 años, de los cuales 300 dedicados exclusivamente a la lectura. Si Dios me la concede trataré de cumplir en ella mi deuda con la poesía, pues, paradójicamente, pienso que es el arte más alto que nos haya sido concedido y no hay experiencia estética comparable a la que ella proporciona".

Y aunque hoy es evidente que Dios no le concedió esa merced, alcanza con la aportación sagaz, desafiante y original, efectuada por Ángel en el campo de la crítica para asegurarle un lugar destacado en las letras latinoamericanas de hoy.

Recuerdo que en 1978 publicó un artículo titulado La riesgosa navegación del escritor exiliado. Es una tristeza adicional comprobar que justamente ahora, cuando por fin empiezan a dar nuevos destellos los faros del río de la Plata, este singular navegante del exilio no pueda ya, arribar a su bahía de origen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de diciembre de 1983

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