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Tribuna:

Moral y puritanismo

La más universal de las tradiciones culturales, presente en toda sociedad y en toda época, es la del grupo de censores o de ingenuas comadres del pueblo llano que mira a su alrededor, oscila con desaprobación la canosa cabeza y deplora la decadencia moral de sus contemporáneos. Nunca, en parte: alguna, ha dejado de darse este lamento; siempre ha tenido oyentes numerosos a quienes les ha parecido irrefutable; y siempre, de un modo u otro, la queja estuvo justificada. Esta simple constatación dice más sobre la condición de los ideales humanos que diez sesudos tratados de axiología.Pero ¿por qué ha de darse en todo momento y lugar una cierta decadencia moral? Mejor dicho, ¿por qué la imagen más bien imprecisa de un ominoso relajamiento ético resulta siempre tan verosímil? En primer lugar, podrímos decir que la vida corre tan deprisa que la moral nunca logra alcanzarla: cuando las normas que sancionan las costumbres han llegado a cierto punto, la conducta efectiva de los individuos se ha distanciado ya sensiblemente de ellas, y esta distancia nunca desaparecerá del todo, lo mismo que sucedía con aquella que en el sofisma de Zenón alejaba a la. tortuga obstinada del veloz Aquiles. Por otro lado, hay cierto tipo de inmoralidad específica de cada edad, por la índole misma de las supuestas virtudes que en cada ocasión se preconizan: los jóvenes se resisten a ser reprimidos y encauzados por sus mayores, mientras éstos procuran regatear el cumplimiento de las edificantes promesas en las que fundan su proclamada respetabilidad. Para quien -joven o viejo- hace esfuerzos por atenerse a lo establecido, el panorama de sus contemporáneos merece invariablemente el mismo comentario: "Por lo visto, este tinglado hipócrita no se lo toma nadie en serio más que yo".

En una palabra, la moral decae cuando uno mira hacia afuera, en lugar de atenerse a su propia opción interior. La verdadera decadencia moral comienza en cuanto alguien supone que ser moral es poseer un Conjunto de reglas para juzgar las conductas, preferentemente las de los demás. Como bien señaló un pensador tan escasamente sospechoso de tendencias libertinas como Kant, el auténtico imperativo ético, es decir,la opción libre por la virtud y la excelencia, no sirve nunca para juzgar a nadie ni tiene nada que ver con el comportamiento externo del vecino. Quien quiera clasificar al otro y, señalarle su culpa o su mérito, quizá pueda encontrar las pesas y medidas para esta ponderación en criterios políticos, o psicológicos, o de utilidad pública, o de cortesía, o de higiene o de lo que sea, pero morales, jamás. El otro, o los otros, pueden ser un fastidio o un peligro, y por ello podré evitarlos o combatirlos; pero lo que jamás podré determinar respecto a nadie es que sea culpable, que sea malo. La moral es una aventura personal, individual e irrepetible, no un instrumento teórico ni penal para .interpretar lo que los hombres hacen en este mundo. Por esto me permití en cierta ocasión señalar que nadie tiene la culpa de nada (ante los demás, claro está, ante el inquisidor exterior), opinión que escandalizó a quienes entendieron que yo decía "nadie es responsable de nada" y comenzaron a preocuparse virtuosamente por la impunidad de los sinvergüenzas que van a su alrededor. Tranquilos, que la policía no es tonta y cada cual tendrá, su castigo. Pero a la moral que no me la saquen a bailar con el juez de guardia, porque peligran sus frágiles piececitos...

El mecanismo moralizante, que no moral, es decir, al conjunto de principios abstractos, costumbres venerables, prudentes renunciamientos y piadosas exhortaciones que sirven a cada cual para puntuar de cero, a diez la conducta del prójimo, a esto se le puede llamar puritanismo. El puritano se atiene a criterios fundamentalmente externos, al resultado de las conductas; pero en lugar de limitarse a valorar la conducta en cuestión, apreciándola o deplorándola según alguno de los criterios antes señalados, pretende remontarse a la conciencia misma que decide detrás en cada caso y califica sin vacilar la esencia del sujeto. Así, Fulano será un ladrón; Zutano, un violador o un sodomita, etcétera, como si alguna vez la propia sede de la decisión pudiera ser identificada con el efecto de la decisión tornada. Por supuesto, el puritano, no tiene por qué ser hipócrita, es decir, en muchos casos se aplica, a sí mismo idénticos baremos (que los que asesta a los demás. Pero eso no quiere decir sino que también es capaz de verse a sí mismo desde fuera, como caso púbIico, como escándalo en potencia. EI puritano vive preocupado porque ya no se hacer- las cosas acertadas que antes solían hacerse y desconcertado porque ahora se. acepta que se hagan otras distintas; pero al hombre moral, en su elección, ninguna de esas zozobras triviales le interesa, pues sabe que debe inventarse a sí mismo desde su libertad en cada gesto, sea éste tradicional o insólito.

Cuando uno acepta la experiencia interior de la vida moral, acaban simultáneamente para nosotros la inocencia y la pureza, mientras se nos ofrece la excelencia como vocación, como llamada ideal. Pero el puritano, como su propio nombre indica, quiere a toda costa sentirse puro, y por ello jamás podrá renunciar a encontrar culpables, sellados con la mancha originaria de la debilidad o el crimen. En nombre de su bendita pureza, y como refrendo de ésta, el puritano se hace perseguidor incluso de sí mismo; confunde ser puro con ser inocente, y aspira a recuperar la inocencia prístina que la conspiración de los malos (la sociedad, el vicio reinante, -el relajamiento de los principios, etcétera) le ha arrebatado. Para los puritanos escribió esta maravillosa página Michel Tournier: "La pureza es la inversión maligna de la inocencia. La inocencia es amor del ser, aceptación sonriente de los alimentos terrestres y celestes, ignorancia de la alternativa infernal pureza-impureza. De esta santidad espontánea y como nativa, Satári ha fabricado una parodia que se le parece y en la que todo es inverso. La pureza es el horror de la vida, odio del hombre, pasión mórbida de la nada. Un cuerpo químicamente puro ha sufrido un tratamiento bárbaro para llegar a ese estado antinatural. El hombre aguijoneado por el demonio de la pureza siembra la ruina y la muerte

en tomo suyo. Purificación religiosa, depuración política, salvaguardia de la pureza de la raza, numerosas son las variaciones de este tema atroz, pero todas desembocan con monotonía en crímenes innumerables cuyo instrumento privilegiado es el fuego, símbolo de la pureza y símbolo del infierno" (Le Roi des Aulnes).

Se habla mucho actualmente de un estilo ético en la política y de introducir elementos morales en las consideraciones de gobierno. Lo que se quiere decir, supongo, es que hay que intentar ser todo lo honrado y veraz que sea compatible con la conservación del mando, y no más cruel de lo imprescindible para seguir en el poder. Recordando lo que ha solido darse! por estos pagos y lo que vemos diariamente hoy en otros países, no me parece un mal programa mínimo. La razón de Estado sigue chocando en todas partes con la razón de los hombres, es decir, con su dignidad: y ese choque es el que hace al Estado mismo indigno e irracional. Cuanto pueda amortiguar este enfrentamiento (a favor de los individuos, naturalmente) sea bien venido. Pero lo malo es que a menudo se habla de ética y lo que se propugna es una u otra forma de puritanismo, sean las admoniciones morales del Papa sobre los anticonceptivos o la cupiditas, las llamadas de los grupos en permanente pie de guerra respecto al honor individual o patrio (el honor en este país ha sido siempre cosa (de bragueta, bayoneta... y Gibraltar), sea la venta de optalidones con receta -en las farmacias. Un signo infalible para distinguir la actitud puritana de la vocación moral es que aquélla da enorme importancia a determinadas actitudes para después cambiar con no menos vehemencia de postura cuando varían las circunstancias históricas. Por ejemplo, en 1910, el papa San Pío X aprobó, solemne y vehementemente (vehementer), el libro De la firmeza del dogma y de su progreso, escrito por un monje teólogo francés, Lépicier, .al que después Pío XI otorgaría la púrpura cardenalicia; en dicho libro se sostiene que quienes profesen opiniones heréticas no sólodeben ser separados de la Iglesia por la excomunión, sino también del número de los vivos por la pena de muerte. No cabe duda de que la Iglesia católica, como madre amantísima que es, seguiría practicando esta doctrina, que ha sido la suya durante tanto tiempo, si su poder terrenal se lo permitiese; como, afortunadamente, no es. así, ha cambiado de ética y se ha especializado en aborto y anticonceptivos. A ver qué inventan cuando también se les acabe eso.

El puritanismo puede imponerse por decreto, pero no así la moral. Los puritanos, siempre escandalizados por la decadencia de las costumbres, tienen, sus modas, sus fobias, sus manías. La moral es algo distinto, a la vez más sencillo y muchísimo más dificil. Alexander Zinoviev tiene buenas razones para conocer la diferencia entre uno y otra, pues tuvo que exiliarse de un país -la Unión Soviética- donde el torpe puritanismo establecido quisiera poder llamarse moral socialista. En sus reflexiones antiutópicas Cumbres abismales, pone así el dedo en la llaga: "Si apelas a la moral, dijo el Intelectual, no olvides que también ella es dependiente y variable. No, dijo el Desviacionista, lo que tú llamas moral no es moral. Es propaganda, proselitismo, prédica. Dicho en pocas palabras, algo puramente oficial. La moral auténtica nunca es oficial. Es siempre la misma. O existe o no. Carece de toda base, exceptuando la decisión de algunos individuos de ser morales. Es trivial por su contenido, pero increíblemente dificil de poner en práctica. No delates, mantén la palabra dada, ayuda al débil, lucha por la verdad, no seas el primero en lanzarte sobre el pan, no cargues sobre los demás lo que puedas hacer solo, vive como si todos pudieran ver cada paso que das, etcétera... ¿Hay algo más sencillo que eso? Pero, di, ¿encontraste muchas personas así? Cabe suponer que exista una situación donde la sociedad se mantiene a un cierto nivel gracias a que vive en ella una sola persona moral. Si ese hombre desaparece, sólo por casualidad puede aparecer uno nuevo. Puede no existir. Es poco consolador lo que dices, dijo el Intelectual, no queda lugar para la esperanza. Somos hombres, dijo el Desviacionista, y no la necesitamos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 1983