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Crítica:LA TEMPORADA DE BILBAO

Desventuras de una ópera 'de provincias'

Los comienzos del XXXII Festival de ópera del País Vasco, que se está celebrando en el coliseo Albia de Bilbao, han estado presididos por la grisura y la falta de calidad. El nivel de por sí poco homogéneo con el que se abrió el festival, se ha visto agravado por sendas sustituciones de solistas realizadas a última hora, en varios papeles decisivos. Tan sólo el savoir faire de un maestro veterano como Gianfranco Rivoli impidió que todo naufragara. Los primeros síntomas favorables se han hecho esperar hasta la tercera función.Este panorama ilustra una vez más la imposibilidad racional de hacer descargar todo el peso de las representaciones en la presencia falible de un par de divos. Infausto paradigma de la situación en que se encuentra la ópera de provincias. Y no olvidemos que de los Pirineos hacia abajo sólo el Gran Teatro del Liceo logra escapar de tal calificación.

Presencia de los divos

La ópera de Gounod en la función fue una muestra significativa de lo que acabamos de decir. Protagonizaba un Kraus algo desigual, con algún momento de leve dificultad, pero con la impecabilidad y el alto vuelo que le han hecho célebre. Le secundaba muy dignamente la soprano Valerie Masterson. Ahí se acababa todo: nada a la derecha, nada a la izquierda. El resto se perdía en las brumas de un reparto amplio, pero insignificante; un director, Alain Guingal, incapaz de conectar satisfactoriamente foso y escena; una orquesta, la de Euskadi, demasiado inmadura; una escenografía casi inexistente. Resultado de conjunto: una medianía que exime de mayor comentario.En este caso hay algo más que reseñar. Pero poco musical. Es conocida la superstición de que a un desastre sucede otro. Pues bien, si el propósito de esta noche hubiera sido expresar algún modo homeopático de solidaridad con el clima catastrófico que aún se respira en la capital vizcaína, la misión podría darse sobradamente por cumplida.

Las dos sustituciones habidas en los papeles principales determinaron el discurrir de toda la ópera de Verdi, que tampoco debió de tener mucha fortuna cuando se presentó en Bilbao hace cinco años.

El barítono norteamericano Sigmund Cowan reemplazó al anunciado Renato Bruson; la soprano María Parazzíni, a Mara Zampieri. Del grado increíble de improvisación en que se actuaba dan cuenta los sonoros servicios del apuntador hacia el barítono, los cuales -a juzgar por los hechos- parecían llegar mejor al público que al propio cantante. Cowan, además, con problemas gravísimos de afinación, que consiguió transmitir a todos.

Algo por encima, la Parazzini parecía ser la única -sin alcanzar calidades especiales- con un mínimo conocimiento de la obra que cantaba (el hecho de que fuera ella quien interpretara el mismo papel en 1978 sirve de exigua confirmación).

Dos actos tuvieron que transcurrir para que los cantantes trabaran conocimiento, tanto de la partitura (!) como entre ellos mismos. Una verdadera lástima, pues nadie duda de que con un número suficiente de ensayos hubieran llegado incluso a intimar...

No deja de tener su ironía el que en un medio vocalista y minimizador de lo instrumental por excelencia, sólo la labor de la Sinfónica de Bilbao planeara, cual espíritu sobre las aguas, por encima del caos general. ¿Acaso la última venganza de Orfeo?

Manon: se hace la luz. Hasta el ecuador del Festival, en la noche del martes, y excepción hecha de algunos instantes luciérnaga, no se ha hecho la luz. Prueba de que los azares que -a falta del soñado trabajo estable- gobierna todo el tinglado, consienten a veces en ser favorables, fue el vuelco experimentado en la terca función de abono. Con ello el tono global se remonta por fin a un nivel que entra ya dentro de lo plausible.

El predominio francés en el reparto se hizo notar en un ajustado dominio de la sólida partitura de Massenet, permitiendo un desarrollo fluido y seguro que dejó las manos libres a Jean Perisson para prestar la debida atención a la orquesta de Euskadi.

Valerie Masterson, en su mejor intervención de todo el festival, y el tenor Alain Vanzo, a la cabeza han conseguido lo más meritorio: hacer renacer las esperanzas para los próximos días, que se presentan bajo la sombra amenazadora de nuevas sustituciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de septiembre de 1983