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Editorial:

Un nuevo espíritu

TRANSCURRIDO EL suficiente tiempo para la reflexión, es preciso aceptar como un hecho positivo el recién clausurado Encuentro en la democracia. El Instituto de Cooperación Iberoamericana ha logrado concentrar en Madrid a un destacado y amplio grupo de personalidades de la política, el pensamiento y las artes, con el ambicioso propósito de lograr un nuevo espíritu en las relaciones interamericanas y de aquel continente con España. La iniciativa invita a pensar, sobre todo, que quizá haya comenzado a aflorar esa tan deseada claridad de ideas en el planteamiento de la política exterior española en relación con los países de América Latina, sujeta con demasiada frecuencia a vaivenes y balbuceos.No es decisivo, con ser importante, el contenido de la Declaración de Madrid, suscrita como documento final de la reunión por los participantes en ella. Lo relevante, aunque sea necesario recurrir a una frase hecha, es que el mismo encuentro haya podido celebrarse. España tiene una seria obligación moral de estar al lado de las naciones a las que legó parte de su historia y su cultura, y pocas veces ha cumplido con ese deber. Retórica, tibieza, mercantilismo y a veces desprecio han señalado el tono habitual de nuestra presencia pasada en América Latina. Hora es de preguntar con sencillez a esos países: ¿qué podemos hacer?

Nuestro país, y de ello han dado fe los asistentes americanos al encuentro, dispone ahora de una magnífica oportunidad para enmendar pagados yerros. Los pueblos sometidos a regímenes militares o a sistemas con una pátina de una falsa capa democrática ven en el pacífico proceso de transición español un espejo y una esperanza. Los Estados que afortunadamente gozan de un andamiaje político de libertad saben que la joven democracia española es parte esencial de su continuidad. Aquéllos esperan de nosotros, sobre todo, aliento y solidaridad; éstos, además, cooperación eficaz y permanente.

Pero el enemigo más peligroso de este posible nuevo clima es el triunfalismo. Iniciativas como la del ICI no hacen más, aunque sea mucho, que balizar la senda por la que se debe seguir. Sería un error pensar que problemas como la integración económica, la superación de los conflictos fronterizos o la eliminación de las diferencias étnicas, que en más de un siglo no han alcanzado soluciones estables, van a quedar borrados del mapa americano por arte de magia. Lo que es meridianamente cierto es que España, en esta labor, puede y debe desempeñar un papel de influencia.

Está muy lejos en el horizonte la consolidación de esa Comunidad Iberoamericana de Naciones a la que el rey Juan Carlos se refiere durante sus viajes a América. Pero no es una utopía. Ésa puede ser una valiosa aportación de España en la conmemoración del quinientos aniversario del descubrimiento de América. Y ése es, quizá, el poso más relevante que han podido llevarse a sus países de origen los participantes en el Encuentro en la democracia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de mayo de 1983