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Tribuna:

Emily Dickinson o la renuncia a la fama

La puesta en escena de una obra teatral basada en la vida y en la obra de Emily Dickinson y estrenada recientemente en Madrid por Analía Gadé ha traído a la actualidad española a este personaje absolutamente original de la lírica en lengua inglesa. En este artículo se valora su contribución literaria y humana a la historia de la poesía.

The complete poems of Emily Dicikinson (1960), editados por su biógrafo Thomas H. Johnson, reúnen en un solo volumen 1.775 poemas, total conjunto de la poesía dickinsoniana. Ésta nos revela el genio poético, la compleja personalidad, las fluctuaciones de un espíritu, el desarrollo de un originalísimo estilo. La autenticidad expresiva se revela en la sobriedad léxica, en el vivaz y también delicado lirismo de unos poemas que nos asombran en una mujer nacida en 1830. Su gentil fragilidad contrasta, a veces, con una buida agudeza crítica. Hondura y diversidad se combinan en la expresión de vivencias íntimas, pero que, a la par, manifiestan una profunda comprensión de los sentimientos humanos en general. La poetisa de Ainherst supo hacerse un lenguaje poético propio, transformando lo doméstico en el más puro lirismo. Supo crear -con una simple metáfora- un mundo completo dentro del microcosmos de una hoja o de una brizna de hierba. Aún hoy, la poesía de Emily Dickinson es de difícil interpretación para muchos críticos de la poesía americana, aunque todos reconocen su genialidad. Su melodía se aparta de toda ortodoxia rítmica: en ocasiones es un latido o un espasmo, una vibración... (¿Aquella "honda palpitación del espíritu" que deseaba el Antonio Machado de las Soledades y Galerías?)

La poetisa de Massachusetts estaba poseída por fuerzas poéticas que la impulsaban a escribir, pero aceptando el destino de que como artista permanecería desconocida en vida. ¿Por qué? Porque Thomas W. Higginson -famoso literato- le escribió en 1862 que sus poemas eran demasiado delicados, no lo suficientemente vigorosos para ser publicados. Este veredicto pesé sobre ella hasta su muerte. Y sólo se contentó con incluir algunos versos en cartas a sus amigos. Renunciaba así a la fama, intensificando su reclusión en Amherst y en sí misma.

Sin embargo, entre sus poemas más interesantes hay algunos que revelan su preocupación por la fama: Some work for inmortality, Fame is a bee, Fame is a fickle food, Fame is the one that does not stay, Fame is the tint that scholars leave, Fame of myself to justify... ¿Se trataba, pues, de una renuncia parcial? (¿Qué es la verdadera fama? ¿Aplauso popular? ¿Reconocimiento de la minoría? ¿Silencio profundo, desdeñoso o lleno de sentido?). Escribía versos desde su juventud y continuó haciéndolo hasta su fallecimiento en 1886. La novedad de su poesía la sitúa -tanto por su espíritu como por su técnica- en la escuela poética contemporánea: en la Nueva poesía (New poetry). Los datos biográficos de la más grande poetisa americana de los tiempos modernos -aunque sólo póstumamente reconocida como tal- son de escasa importancia. La bella (¿?) de los escenarios es una vaga aproximación -vulgarizada- a la poetisa que abdicó o renunció ascéticamente a la fama que pudo haber merecido en su época. (¿Acaso por esta renuncia ha perdurado su obra con tanta pureza?)

Iluminaciones líricas

Emily Dickinson pertenece al siglo XX porque sus breves poemas son directas y espontáneas iluminaciones líricas. A pesar de vivir en soledad, no se construyó ninguna torre de marfil al margen del mundo real.

Acudió a la única fuente de su poesía: su corazón. Y compuso versos sencillos que expresaban intensos sentimientos. Sus frases economizan las palabras: son personales y punzantes, aunque saben también interpretar lo universal. La gramática, la retórica y la métrica se dislocan bajo la violencia de esta mujer tímida y apasionada. Hay cortos poemas suyos que son deslumbradores juegos de imaginación, aunque hablen de Dios, del amor, de la naturaleza, de la muerte, de la eternidad.

Emily Dickinson renunció a la fama, pero sus poemas expresionistas -que no destruyeron sus parientes, como ella les había encomendado- se salvaron de la ceniza: poemas dualistas, comentadores de cosas visibles e invisibles, -satíricos y reverentes, de amor humano que se sublima en lo divino, autobiográficos y de continua universalidad que enriquece a quienes los leen.

La poetisa quiso libertarse del peso de la fama post-mortem, pero no pudo conseguir esa liberación póstuma. ¿Su renuncia era una repulsa o sólo una mayor incitación a la inmortalidad? Quiso negar sus versos -que eran su propia vida-, pero, al ser salvados, reafirmaron su poesía: el íntimo conflicto de un alma creadora, profunda, escéptica, sensibilísima y genial. "¡La vida no es sino vida, la muerte no es sino muerte!", exclamaría en un verso, irrepresentable por su misma verdad.

Concha Zardoya es escritora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de mayo de 1983