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Tribuna:

Lo inconfesable

A cierta Prensa, de esa que va siempre a lo jugoso en política y en todo lo demás, le ha dado por insistir en que uno de los gobernadores civiles recién nombrados es homosexual.Determinado columnista, de nombre intercambiable, arma estrépito en tomo al asunto y hasta teoriza menesterosamente con jovialidad chapucera sobre la oportunidad de airear este tipo de escándalos, para acabar con el puritanismo de nuestros gobernantes. Este chafardero indomable cuenta con orgullo que ya en 1974, en los estertores de la dictadura, se atrevió a denunciar el caso semejante de un director general, padeciendo después por tan osado gesto problemas represivos de inconcreta naturaleza. Por lo visto, es todo un especialista en la cruzada antipuritana por medio de la denuncia de homosexuales en cargos públicos... Esperemos que pase después a ejercer su ingenio corrosivo sobre algún periodista que cobraba un sueldo real por una asesoría fantasma en el Ministerio de Educación y que, al verse privado de él por el nuevo equipo, aprovechó su columna para despacharse a gusto contra el ministro recién llegado. La obsesión por descubrir gustos eróticos heterodoxos, sean de gobernadores civiles o de jugadores de fútbol, difícilmente puede ser considerada como un indicio de que la tolerancia y la permisividad ganan terreno en nuestra rancia España oficial. No olvidemos que el humor, junto a su raíz liberadora y catártica, tiene también un fuerte componente reaccionario: la burla se ceba en la diferencia y, lejos de reconocerla con júbilo, como parece fingir, inicia muy a menudo su acoso. Hay a veces en el guiño o en la imitación jocosa más vocación de denuncia que de complicidad; ciertos inquisidores, no de los menos eficaces, ofician entre risotadas y codazos. En países como éste todavía lo más seguro contra el maldito puritanismo es el respeto sin fisuras a la intimidad amorosa del prójimo. El gusto por la chocarrería chismosa no suele ser más que el disfraz de la delación.

El prestigio perverso de la homosexualidad aún sigue siendo un instrumento eficaz para descalificar públicamente al oponente político o al rival, por muchos aires de hombre de mundo que se dé el censor. Hace poco me contaba una señora que había oído en la peluquería que la esposa de un alto cargo gubernamental "tiene una amiga". Me apresuré a condolerme de la escasa sociabilidad de esa dama, que sólo cuenta con una persona de su cariñosa confianza, pero la señora informante aclaró: "No, no, es una amiga de ésas". ¿Se pretende con tales rumores liberalizar las costumbres o cargarse al marido de la calumniada, contaminado por la supuesta abominación de su esposa? La respuesta no parece ofrecer dudas. De ahí que casi agradezcamos la sinceridad escandalizada y pacata con que la portada del crecientemente derechista Abc acogió la visita a una instancia gubernametal de representantes de movimientos homosexuales, o las acusaciones del portavoz de Alianza Popular al señor Calviño, a quien, entre otros; males reales o imaginarios, se le acusaba de haber puesto TVE al servicio de la homosexualidad militante por cierta entrevista de Buenas noches. En estos casos ya sabemos sin rebozo a qué atenernos y por qué frente a la amenaza de tales liberales, cualquier izquierda presente es mejor.

Recientemente, una editorial donostiarra decidió sacar un libro sobre grandes maestros de la cocina vasca, que debería ir ilustrado con fotografías de las más suculentas especialidades de cada artista. Pues bien, cuando se envió el fotógrafo -un excelente profesional- a retratar los platos, el editor recibió la queja de varios de los ilustres cocineros, que pretendían ponerle su veto porque "habían oído decir" que era marica. Si un rumor así puede poner en peligro el trabajo de un fotógrafo, cuenten qué no pasará con un gobernador o un director general. Y no digamos con un maestro o con un teniente coronel. Lo grave es que todavía haya costumbres inconfesables y amores que no se atreven a decir su nombre. La homosexualidad en este país aún se debate en la fase de la militancia aguerrida y no se la acepta con naturalidad más que en los ámbitos artísticos.

El auténtico cambio -en el sentido más importante de la palabra, que por supuesto no es político, sino social- no llegará hasta que ya nadie pueda ser descalificado por homosexual, lo mismo que nadie es descalificado por bibliófilo o por panteísta. ¿Cuándo sonará el día en que la biografía televisada de los nuevos ministros, junto a sus más o menos estereotipadas aficiones a Mozart o a Antonio Machado, incluya desenfadadas referencias al gusto por algún joven etíope o por cierto deslumbrante actor de moda? Entre tanto, será crítica legítima la que se ocupe de malversaciones o abusos de poder en un cargo público, y cochina reacción la que se entretenga en las preferencias sexuales de quien lo ocupa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 1983