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Editorial:

Los premios y el cine

PERIODICAMENTE, EL cine español -tan mal tratado en su retaguardia, tan desatendido, tan perdido en la necesidad de hacer frente a otras concurrencias- obtiene en el extranjero un éxito importante. Acaba de suceder con La colmena, de Mario Camus -luchador incansable, capaz de asumir todas las imposiciones de nuestra estructura de consumo-, que ha obtenido el Oso de Oro en el Festival de Berlín. Es heredero de una larga línea que comenzó con Bardem y llega hasta él, pasando por nombres ya muy ilustres, aunque jóvenes -Saura, Rodríguez Aragón-, de nuestra cinematografía. Hay un cierto cambio en el juicio interno y externo de premios: los anteriores se daban contra una voluntad oficial española, se despegaban de una teoría del Estado y de un contexto oficial; a Bardem le encarcelaban cuando era un personaje mundial, y el triunfo de Viridiana, de Buñuel, en Cannes, causó el desmantelamiento de su productora, su persecución legal y la destitución del director general que había autorizado su presentación en el festival. Pudo cundir una mala fe franquista según la cual esos premios se habían dado por "antiespañolismo" -según su peculiar concepto de la palabra- o por conjura; el mismo -tipo de propaganda y de falacia -realmente antiespañolas, en el sentido más regular y normal de esa expresión, que de todas formas es odiosa- por el cual se inventaba que Lorca era un poeta universal porque había sido fusilado. El tiempo ha devorado esas mendacidades, y los valores reales están patentes. Sobre lo cual viene ahora el nuevo tópico, terriblemente ambiguo y manipulado, de que bajo el franquismo se escribía mejor, se hacía mejor cine o mejor teatro.Parecerían desmentidos fácilmente esos sofismas con los nuevos premios, que llegan hasta este Oso de Oro y hasta la inclusión de una película de Garci en la lista de nominados para el Oscar de Hollywood, por el hecho de que el nuevo cine español gana fuera cuando ya no hay franquismo. No sería enteramente justo. Aunque ahora los premios no son a películas contra una idea obligatoria del Estado, y pueden ya asumirse como premios a la cinematografía española -sin por ello renunciar a la libertad de crítica, profesional o popular, que dentro de España pueda hacerse de cada película, en uso de otra libertad que antes no hubo- hay que aceptar que el trabajo que va de Saura y Rodríguez Aragón a Camús se está haciendo a pesar, y no a favor, de unas estructuras cinematográficas. Siguen siendo los clásicos españoles tozudos y aislados, capaces de imponerse sobre un medio adverso. No es ningún secreto que el cine español -como el teatro, como la literatura- está todavía desatendido: y que la atención no consiste en volcar un cierto dinero, o una esperanza de premios mayores internos y subvenciones con mejor presupuesto, ni muchos menos en prácticas prohibitivas o malthusianas (prohibición de doblajes, reducción de licencias de importación, etcétera: nuestros grandes cinematografistas lo son, precisamente, porque conocen libremente el cine mundial, y si sus películas tienen éxitos en el extranjero malo sería cerrar las puertas a ese extranjero; o por lo menos contradictorio) sino en estimular la aparición de valores nuevos, en una creación de cultura media, en la reducción de las condiciones de acceso a la profesión, en el abaratamiento de los medios de producción.

Asumibles ya por todos, los nuevos premios no son todavía producto de una nueva forma estatal de considerar el cine: pueden, en todo caso, inspirar la nueva legislación, la nueva atención. Una persona de las calidades personales y profesionales de Pilar Miró, con un ministro con la condición política y el amor por la libertad que tiene Javier Solana, tienen por aquí un camino. No hay ninguna necesidad de recordarles, porque ellos mismos lo saben perfectamente, que no se trata de fomentar una política de éxitos aislados, de triunfalismos repentinos: y que un premio significa solamente un premio, y no la creación de una "política de premios" para sobredorar el cine español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 1983