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CARTAS AL DIRECTOR

La soledad del homosexual

Soy homosexual, de cuarenta años, y topo a causa de unas tendencias tari antiguas como mi propia existencia. Me he sentido pervertido, enfermo y víctima de una forma de sentir con la que me encontré desde siempre sin guisarlo ni comerlo. He tenido, de muy adulto, una relación sexual en toda mi vida, y llena de dificultades por todos los rollos mentales que a ambos nos acarreaba la imposibilidad de dejar de vernos como dos machos frente a frente en vez de como dos personas, dos seres humanos que se querían, sin más. El otro terminó huyendo. He tenido relaciones con algunas mujeres, nunca tan deseadas, nunca apasionantes, y ello a mi pesar. También para ellas he sido antes un macho que una persona. Y aunque nunca he deseado ser mujer, sí he odiado mi condición de macho. Nunca acepté planes de una noche. Hoy, harto ya de hacer prosélitos, cansado de luchar, vivo aislado y camuflado, con el pecho lleno de amargura e insatisfacción, en medio de un pequeño mundo de relaciones donde todo el mundo es heterosexual, envuelto en una deprimente soledad. Implícitamente se niega mi cuerpo como medio de ensayar la comunicación afectiva. Me he convertido en un ser triste que para los jóvenes es un viejo y para los de mi edad soy un apéndice, ya que tienen sus vidas organizadas. Y, claro, soy un ser marginal para la estructura social imperante, un ser digno de lástima -cuando no anatema- para las religiones al uso, peligroso social para la ley, un chico un poco raro para los que me tratan sin saber quién realmente soy, un buen muchacho para mis amigos, que ya se sabe...Pasa a la página 12

La soledad del homosexual

Viene de la página 11Pues bien, toda esta sociedad en la que sin contar conmigo se me instaló debe saber que he hecho lo mismo que el resto del mundo para sentir como siento: nada. Se me ha dado ser quien soy sin que para ello haya tenido que intervenir lo más mínimo, y esta condición me ha acarreado vivir en una angustia permanente durante cuarenta años, en los que no he podido aspirar ni siquiera a que se me considerara, a considerarme, una persona, un ser humano sin más, capaz de acariciar y amar como cualquier otro a otro ser humano, tuviera el sexo que tuviera. No sé lo que me queda de vida, pero sí he aprendido que si el infierno está en algún sitio, sin hacer méritos ya lo he encontrado. ¿Y a quién daré las gracias?

Por si alguien desea aplicarme la ley de Peligrosidad Social -que debe ser lo más suave de cuanto he vivido-, dejo mi dirección. ¡Ah!, y la certeza de que me hubiera gustado nacer siendo uno más, un ser normal, bebebor, ligón y buen follador, pasarme el día hablando de chicas -ni siquiera me gusta hablar de chicos- con los amigos para porfiar cuál está más buena, y con el tiempo sentar la cabeza, y casarme, y morirme de aburrimiento en casa, y aspirar a morir algún día rodeado de mis hijos y nueras.

Pero he nacido distinto y sólo puedo aspirar a que se me condene por lo que soy, a mi pesar; en el mejor de los casos, a que se me tolere con una distancia suficiente como para que no me olvide de que a lo más que puedo aspirar es a la soledad de mi lecho. / Fermín Santos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de marzo de 1983

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