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Una multitud de intelectuales y alumnos escucha en Madrid el discurso de Eco

El semiólogo distingue la literatura de la realidad

"No crean ustedes que Homero contó la historia de Troya: él contó algo escrito por otros anteriores, que él conocía y su público también. La literatura no habla de la realidad, habla de la literatura". Umberto Eco repetía el lunes, en el Instituto Italiano, a partir de El nombre de la rosa, lo que ya había dicho en sus libros teóricos, y fascinaba a una multitud de intelectuales y estudiantes. Algo parecido ocurría la noche anterior, en un encuentro informal con un grupo de escritores encabezado por el ministro Javier Solana.

La gente comenta que en la novela de Umberto Eco se nota al profesor, porque en esa dosificación perfecta de historia con suspense, discusiones teológicas, excursos y disquisiciones sobre temas diversos -gastronomía, piedras preciosas o semipreciosas, yerbas medicinales-, e inclusiones permanentes de textos de época, ven a un arquitecto experto en la resistencia de los distintos materiales a utilizar, y a partir de ahí, como un reconstructor peligroso y admirable, en los ritmos en que estos materiales deben ser incluidos.Comenta la gente, además, que en su actuación del lunes en el Instituto Italiano se veía igualmente al semiálogo, o mejor, al experto en comunicación que también es. Umberto Eco, respondiendo a una ronda de preguntas abierta por Jorge Lozano y Cristina Peña-Marín, hace gestos y habla con las manos, se vuelve a la mesa, señala al auditorio, cambia los tonos, modula su italiano de forma serpenteante y utiliza esa especial rapidez mental y ese sentido del humor racial y envidiable para volver irónicamente incontestables sus argumentos. Que en realidad son incontestables de hecho, pero que ahora también lo son por la forma. Umberto Eco, entre multitudes de estudiantes y de intelectuales que habían dejado por un rito cultural otro también cultural, el de la cena, se nos ganaba a todos y conseguía que la hora y media de coloquio en italiano se convirtiera en un rato de... aprender deleitándose. "Si uno no es un poco actor", bromeaba después, "estas cosas no se aguantan".

El que los hijos crezcan es una buena razón para escribir una novela. Umberto Eco habla de la nostalgia de las historias contables y contadas al que realmente puede recibirlas, al propio hijo. Y a partir de ahí, de la nostalgia de la narración, de la necesidad de contar que sufre la ficción, después de "atravesar el laberinto de la destrucción, que diría mi amigo Edoardo Sanguinetti", es decir, "tras Joyce y el nouveau roman". Necesidad, decía, "de reencontrar la historia, pero ya nunca de modo inocente. Que la literatura cuenta la realidad es una idea ingenua. Nunca lo hizo. Nunca. No crean ustedes que Homero contó la historia de la guerra de Troya: contó las narraciones anteriores que tanto él como sus lectores conocían bien. Toda la literatura", afirmaba, para escándalo de pocos en aquel momento, de más ante otro público posible, "toda la literatura habla de literatura, toda la poesía de poesía. Ya no se puede fingir que esto no se sabe".

Actualidad de la historia

También hizo otras afirmaciones insólitas: por ejemplo, que "toda la historia, es decir, toda la historiografía, es historia contemporánea". Que es decir que sólo se seleccionan los temas y se estudian desde y por una época propia. Historiadores y novelistas. Que "hay dos razones por las que una época escribe novela histórica: o porque tiene demasiada conciencia de su identidad -caso de los nacionalismos- o porque tiene una importante duda al respecto...". Que, siguiendo con esta idea, no es nada raro que "la fascinación del Medievo sea muy reciente, de los últimos treinta o cuarenta años", y que se justifica porque "de entonces y sólo de entonces viene la realidad y los problemas de Europa". Que le gusta "entrar en el cine a mitad de la película, como en la vida: yo nací cuando ya Napoleón estaba muerto, cuando el tratado de Versalles ya estaba firmado...", y que El nombre de la rosa "sólo ha molestado algo a los jesuitas: los benedictinos y los franciscanos están encantados". Habló del "monstruoso" procedimiento inquisitorial como intento del conocimiento total y marcó las diferencias entre la novela histórica y la de capa y espada.Antes había asistido, en un ambiente muy distinto, a la inauguración de la exposición de los pintores transvanguardistas italianos en la Caixa. El, que se negó a decir nada -"no soy crítico de arte, el mundo del arte es muy peligroso"-, iba recorriendo la exposición de la generación más o menos treinta-cuarentaañera, de esos cuadros desilusionados, barrocos, literarios, muchas veces grotescos, dicho sea en el sentido que el propio Eco da al término. Toda la crítica está atenta, todos los modernos que juegan este juego, y un montón de gente más, quizá quinientas personas, esa burguesía alta que en España se está empezando a aficionar a las artes nuevas; y a uno le espanta pensar qué va a ser del paisaje principios de siglo que tenían, que tal vez tienen, en el salón. Eco, rodeado de más integrados que apocalípticos, veía con todos esos cuadros más apocalípticos que integrados...

Y antes aún, la noche anterior, había asistido a un encuentro informal en que los anfitriones eran la novelista Esther Tusquets, su editora de Lumen, y Miguel García Sánchez, su distribuidor de Visor, en casa de este último. Una fiesta a la que vino la representación diplomática italiana y en la que estaba la plana mayor del Ministerio de Cultura, desde el propio ministro, Javier Solana. Estaban Jaime Salinas, director general del Libro; Salvador Clotas, el hombre de la cultura del PSOE, y su sector crítico, Pablo Castellano; gente de la Moncloa, como Julio Feo. "Este es el cambio", bromeaba alguno. "Eco se sigue reuniendo con los de siempre, sólo que ahora están en el poder". Ninguna perplejidad, pues, entre los escritores: Carmen Martín Gaite, Luis Antonio de Villena, Jorge Herralde, Lali Gubern, Pedro Altares, Jorge Martínez Reverte, Valeriano Bozal y un largo etcétera jovial. No hay que decir que no hubo palabras ni fotógrafos. Eco dice, cordial: "Los novelistas son mis enemigos. Los históricos, más. En una de las mil televisiones privadas italianas me pidieron un consejo para el escritor que empieza. 'No escribas, telefonea', dije".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 1983