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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Fresas, frambuesas, los sueños de Ana Freud

MIRIAM CHORNE y GUSTAVO DESSALEl pasado 9 de octubre murió en Londres Ana Freud, hija del creador del psicoanálisis. En torno a este hecho se ha producido un curioso silencio que contrasta con la importancia de la persona fallecida; curioso al menos si se considera que Ana Freud fue una de las iniciadoras del movimiento psicoanalítico internacional y una de las figuras más importantes de la historia de esa disciplina. A poco más de tres meses de su muerte, la Fundación Pablo Iglesias organizó, el pasado 28 de enero, en el salón de actos del Ateneo de Madrid, un homenaje a Ana Freud.

En el capítulo tercero de La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud, leemos el sueño de una niña vienesa. El día anterior había sido sometida a una severa dieta, y durante la noche pronuncia, dormida, las palabras que vienen a compensarle las restricciones sufridas: "Fresas, frambuesas, Ana Freud". Los dulces frutos prohibidos retornan por la puerta de los sueños, y gracias a la resonancia homofónica, se unen al misterio del padre, su nombre.Y mientras Ana Freud sigue soñando desde las páginas de la obra de su padre, la anciana Ana Freud ha muerto, dejando atrás sesenta años de labor jamás interrumpida en el campo del psicoanálisis de niños.

Refugiada en el Reino Unido a partir de 1938, donde llegó acompañando a su padre para huir del exterminio nazi, pronto aplicó sus conocimientos analíticos a la atención de los niños que padecían los traumatismos de la guerra. Dirigió,junto a su amiga Dorothy Burlingham, un experimento educativo, que tuvo lugar entre los años 1940-1945, en las guarderías residenciales de guerra, llamadas Hampstead Nurserles, donde eran evacuados los niños de las ciudades bombardeadas. Los resultados que arrojaron las observaciones sensibilizaron a la población británica sobre los factores psíquicos en el desarrollo infantil, provocando una profunda transformación en los hábitos de crianza.

De los hijos que tuvo Sigmund Freud, Ana fue la única que abrazó la causa psicoanalítica, y el rumor legendario de haber sido analizada por su propio padre no dejó de motivar suspicacias a la hora de juzgar la vía por la que encaminó la herencia intelectual que había recibido.

En su primera obra, El yo y los mecanismos de defensa, mostró desde el comienzo su voluntad de objetivar una instancia psíquica, cuyo valor de aliado en el análisis fue por demás estimada. Los procedimientos de los que se vale el yo en su contienda con el ello fueron descritos con claridad y relacionados con los diferentes cuadros clínicos.. En este libro puede advertirse el proyecto de sistematizar una teoría evolutiva del yo, que acompañaría al proceso de maduración biológica del organismo. Dicha instancia, cuya función había sido caracterizada hasta entonces como de desconocimiento y alienación, adquirirá luego para Ana Freud una tonalidad de liderazgo en la vida anímica, el hombrecillo en el hombre, que guiará el alma por el camino de la realidad.

En obras posteriores, especialmente aquellas inspiradas en los trabajos de H. Hartmann, psicoanalista refugiado en EE UU y creador de la corriente denominada psicología del yo, esta instancia fue concebida como un dominio de las funciones de adaptación, síntesis y autoconservación del individuo, y una coordinación de los aparatos de percepción, memoria y motilidad. Estos dispositivos funcionarían con la energía de las pulsiones primarias, configurándose así una autonomía del yo, una especie de jurisdicción psíquica independiente de las exigencias del ello. Por ese camino retorna una psicología de las facultades pre freudianas.

El psicoanálisis del niño

Junto con la doctora Hug-HelImuth y Melanie Klein, Ana Freud fue una pionera en el análisis del niño, práctica en la que los primeros psicoanalistas cifraron tantas expectativas. Se esperaba la confirmación de las hipótesis sobre la infancia que habían sido deducidas a partir del tratamiento de pacientes adultos, a la vez que se abría la esperanza de elaborar los múltiples contenidos de las neurosis infantiles de un modo más directo al eliminarse las innumerables transformaciones que los conflictos adultos ejercían sobre aquella base. Sin descontar, claro está, el poner remedio al sufrimiento de los pequeños pacientes en aquellas perturbaciones neuróticas para las cuales era insuficiente la buena voluntad de padres y educadores.

En este campo, y a diferencia de su colega Melanie Klein, Ana Freud deslizó sus concepciones analíticas por el derrotero de la pedagogía, alejándose progresivamente de los principios que inspiraran a su padre. Consideró en primer término que en el niño están ausentes la conciencia de enfermedad, la resolución espontánea de analizarse y la voluntad de curarse, elementos que -al menos en la situación ideal- siempre existen en el adulto. En consecuencia, Ana Freud era partidaria de implementar la autoridad del terapeuta, incluso la sugestión, a fin de contar con esas disposiciones.

En cuanto a la discusión sobre la transferencia, instrumento clave de la curación psicoanalítica, aseguraba que el pequeño paciente, al permanecer aún ligado amorosamente a sus objetos parentales, era incapaz de reeditar estos vínculos en la persona del analista.

Por último, y aunque un resumen tan extremo de su posición pueda resultar algo injusto, Ana Freud volvía a oponerse a Melanie Klein al considerar el superyó infantil como una instancia en exceso dependiente del mundo exterior. En el caso del adulto, el desarrollo del juicio crítico hace posible que el paciente elabore por sí mismo y encauce los impulsos ganados a la represión. Tratándose de un niño, en cambio, Ana Freud consideraba que era el propio analista quien debía asumir el deber de guiar al paciente en ese momento decisivo, para dejar así más o menos asegurada la conclusión feliz del análisis. En suma, afirmaba que "era preciso que el analista lograra ocupar durante todo el análisis el lugar del ideal del yo infantil", y que no iniciara el tratamiento antes de cerciorarse de que podría "dominar por completo al niño".

Para Melanle Klein, por el contrario, el psicoanálisis del niño era posible y válido, al igual que el de un adulto, y salvo las variaciones técnicas (como la utilización del juego en la sesión), nada debía cambiarse: para ella sólo se trataba de psicoanálisis, sin aditamentos pedagógicos.

Partiendo, pues, de la persuasión inicial del yo, Ana Freud culminaba en la educación final de esa instancia, dirigida por el analista. Para tales fines, cualquier método resultaba válido, y no es de extrañar entonces que en diversos momentos de su exposición sobre el análisis infantil se enfrentara a sus remordimientos por forzar la conversión del síntoma en un molesto cuerpo extraño, incitando al niño a abandonarlo por amor a su psicoanalista.

La necesidad de que el terapeuta ocupara el ideal del yo infantil, posición claramente requerida por Ana Freud, resultaba de concebir el análisis como ataque contra las defensas del yo, pues si quien resiste es el yo -aunque en algún punto se pueda reconocer explícitamente que existen otras resistencias-, el análisis se transforma en una batalla de yo a yo, en una rivalidad entre el analista y el analizante, en una relación dual que se decide, como es lógico, a favor de quien tiene la autoridad.

El yo del analista se convierte, de este modo, en la medida de la verdad de todos los sujetos que se confían a su asistencia, pero entonces, para ser tal medida, ¿qué debe ser el yo del analista?

Miriam Chorne y Gustavo Dessal son psicoanalistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 1983