El calendario polaco
PARA MAÑANA, lunes, está previsto que el Parlamento polaco inicie el estudio del levantamiento de la ley marcial. El clima de ofertas y negociaciones ha progresado mucho en estos últimos días; pero todavía hay una parte del país que, al parecer, no se resigna. La forma en que Jaruzelski ha planteado la negociación a sus interlocutores (el cardenal Glemp y, por intermediarios, el propio Walesa) parece ser la de que una serie de concesiones mutuas puede llevar al país a algunas de las mejoras sustanciales que pretendía, en su comienzo, el movimiento de Solidaridad, pero sin salirse del formalismo del régimen comunista -el fondo está definitivamente perdido: en la calle, en el Gobierno y en el seno mismo del partido- y de la consideración de país miembro del Pacto de Varsovia. La alternativa sería el puro y simple refuerzo del propio régimen militar polaco: su año de experiencia ha demostrado que tiene capacidad suficiente para mantener su orden a costa de lo que sea, y que es capaz de llegar más allá.Dilema dramático. El realismo eclesiástico parece haberlo aceptado, por lo menos en la jerarquía (el bajo clero, sobre todo el rural, es tradicionalmente más tozudo), y ha calculado un programa -con Jaruzelski- en el que esa gradación de libertades relativas, mejoras visibles y ambiente de permisividad puede llegar a culminar en la visita del Papa al comenzar el verano. Parece que el propio Reagan apunta a esa idea en sus últimas declaraciones sobre un posible embargo de las sanciones, que han sido inútiles y hasta contraproducentes. No han evitado el aherrojamiento del pueblo y han servido para culpar al exterior de los males del país. También España supo, en un momento, cómo ciertos cierres de fronteras, bloqueos y sanciones no solamente no doblegaron a Franco, sino que amargaron, perjudicaron, vulneraron a un pueblo hambriento. No es dificil para Jaruzelski y para su propaganda mantener ahora la versión de que Estados Unidos ha abandonado al pueblo polaco y aumentado su miseria, hasta el punto de hacerle depender de la economía y la ayuda soviéticas.
Lo que plantean Jaruzelski por un lado, Glemp y Walesa por otro, es el posibilismo. La parte del país que no acepta estas reglas parece muy limitada, a juzgar por el escaso alcance de las últimas convocatorias de huelga, por la parquedad de las manifestaciones y de las protestas. De todas maneras la convenida supresión de la ley marcial, la liberación de los últimos prisioneros políticos, el diálogo sindical (aceptada por Walesa la idea de pluralidad sindical como democrática), y el calendario sucesivo de la normalización pueden verse modificados en función del comportamiento popular. No depende sólo de esa parte ruda de la nación -o más desesperada-, sino también del cumplimiento por Jaruzelski de su compromiso; el cual, a su vez, dependerá de la presión soviética, las intenciones de Andropov y la eventualidad de negociaciones de Moscú con Estados Unidos... La sensación de que cada vez más las decisiones que atañen a los ciudadanos se alejan de ellos, se van a centros extraños -el Vaticano, Moscú, Washington, en este caso concreto- es desalentadora.
En las vísperas del levantamiento de la ley marcial, se sabe ya que las libertades van a estar, de todas formas, muy limitadas; que la economía polaca no estará en manos de los polacos, que la parte de bienestar que se consiga -en alimentos, en jornales, en horas de trabajova a ser parca. Pero no se habrá conseguido más que una ficción: nadie ignora que en Polonia no se acepta el comunismo, no se acepta el régimen. Lo demás es cuestión de método.
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