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La rivalidad de dos santuarios de la música

Un polemico 'Ernani' en la Scala de Milán

La ópera de Verdi inauguró la temporada, con Plácido Domingo y Mirella Freni, en un ambiente de apasionadas discusiones sobre el montaje

El Oh bej, oh bej es una cantinela -farfulla del dialecto milanés por Bello, bello- que canturrean los mercachifles de Milán en la feria de Sant'Ambrogio para ofrecer sus baratijas. Y existe una remota tradición que afirma que no hay san Ambrosio sin Oh bej, oh bej ni feria sin niebla. Pues este año, como siempre, la tradición ha sido respetada, quizá sobradamente, y hasta con estrambote, porque a a niebla espesa y casi comestible, que incluso aquí ha sido noticia en los periódicos, unió el hombre del tiempo, supongo que a hurtadillas del santo, una llovizna finísima e incesante, esa pioggerella que, dicen los milaneses, es capaz, por lo incansable, de hacer florecer las agujas de la catedral de la Piazza del Duomo.Y esa noche también, el 7 de diciembre, corno cada año, entre Oh bej, niebla y Pioggerella, abre sus puertas el Gran Teatro de la Scala, en una velada que, en lo social y en lo artística, marca las cotas más altas de la ópera mundial. Viviéndola se comprende que la relación de este público con su teatro es honda, vital, insospechada hasta entonces.

Un poco, pienso, sentir que san Silvestre y san Ambrosio son una misma cosa y que cada año empieza a contar, para los milaneses, esa noche en la que la Scala, deslumbrante de color, abre sus puertas y les reconduce hacia su propia historia.

Duelo Muti-Ronconi

El Ernani de este año, con un reparto arrollador -Plácido Domingo, Mirella Freni, Renato Bruson y Nicolai Ghiaurov, dirigidos por Ricardo Muti-, ofrecía el aliciente especial de la regia (diferencia escénica) del controvertido Luca Ronconi, con decorados de Ezio Frigerio y vestuario de Franca Squarciapino.Y surgieron los rumores de fuertes enfrentamientos entre Muti y Ronconi a causa del movimiento escénico, complicadísimo, a base de plataformas elevadoras y permanentes planos discontinuos que obstaculilzarían, belleza plástica aparte, los movimientos de masas, y habrían de introducir, por las tensiones en los desplazamientos, elementos perturbadores en el desarrollo musical.

Circuló también la especie, por supuesto sin corfirmar, de una amenaza rotunda de Muti de dar la ópera en versión de concierto sí no se introducían algunas modificaciones.

Reparto de rumores

Se dijo, además -y en esta ocasión sí que hubo, desgraciadamente, confirmación posterior-, que había resultado herido de alguna gravedad un miembro del coro -el bajo Cesare Marmori- al caerse desde una plataforma durante la escena de la conjura. Se especuló igualmente -aunque por puro divertimento, puesto que estaban ya editados los diseños de los figurines de Franca Squarciapino- sobre si ya que tan recientemente habían sacado a Nabucodonosor vestido de Vittorio Emanuelo no aparecería Plácido Domingo vestido de Garibaldi.Que si la Freni tiene color spinto y no de la tesitura; que si Ghiaurov tiene la voz fatigada y opaco el timbre; que si no; que si Brusos padecía una afección de garganta... En fin, se dijeron tantas y tantas cosas que parecía avidente que cada cual, antes de comenzar la representación, ya. sabría cómo había resultado. Y como casi todos opinan y se manifiestan con estruendo en este mundo maravilloso de locos por la música, casi todo está siempre bien y siempre mal.

Mas como lo que priva en la Sacala es la opinión (si es que puede llamarse opinión al apasionamiento más desgarrado) de la loggiones -algo así como el gallinero- y esta vez la loggiones la tomó contra la escena con crueldad inusitada, el ambiente general de la respuesta (gritos y aullidos entremezclados con aplausos y bravi de la platea) pareció de fiasco cuando, juzgada con objetividad, la representación tomada en su conjunto discurrió por cauces generalmente buenos.

La loggiones es una institución admirable -horas y horas de cola a temperaturas inhóspitas para conseguir una entrada de 2.500 liras-, visceral y emotiva, pero versátil y no mucho más versada que la mayor parte de los demás paraísos del mundo, mitos aparte.

Las colas de la Scala

Aplaude por intuición, premia lo extraordinario, pero parece no valorar la entrega del artista, por fervorosa y apasionada que sea, cuando no se remonta a lo supremo. Y se perdió la ocasión de aplaudir una tras el grito de Fuori, non si canta cosi, una admirable cabaletta de Mirella Freni (Tutto sprezzo che d'Erenani non favella), plena de expresividad y de tensión, aunque se saliera del enfoque tradicional de los soprano de bravura, y aunque calase, justo es decirlo, un tanto. ¿Que es otro concepto? Por supuesto que sí.Pero sería demasiado largo entrar a discutir sobre la objetividad de los conceptos. Este, a mí, me pareció plenamente válido, a pesar de su innegable imperfección técnica. Pero, ya se sabe, defender la técnica por la técnica suele ser un recurso sutil de la ignorancia. Por lo mismo, hubo mofa inmisericorde para Renato Bruson por un quiebro de voz a causa de una flema ("Este pequeño incidente puede sucederles a todos los cantantes", declaraba más tarde, contrariado, el barítono) en Vieni meco, sol di rose, aunque luego, en su cavatina del acto tercero, fue premiado con calor.

El lirismo de Plácido Domingo

A salvo de todo riesgo quedó Plácido Domingo, quizá porque dijo su recítativo de salida, Mercè, diletti amici, con una emisión relajada, un lirismo y tal belleza de timbre, que esa noche le hubieran convertido, si no lo fuera ya, en el mejor Ernani del momento. Y porque luego, en toda la escena (tal vez a excepción de la cabaletta), mantuvo una altura similar que remató espléndidamente en todo el acto de la máscara.Supongo que Ghiaurov, que cantó con dignidad su malvado personaje, respíraría aliviado cuando Muti decidió suprimir, en aras del respeto por la versión inicial del compositor, el mortífero allegro marziale en La bemol Infin che un brando vindice, que se apostilló corno cabaletta, tras el estreno, para reforzar la parte del bajo. Porque en esto del respeto a las ediciones, del rigor y de la eficacia, Muti puede competir con cualquiera. Y en el podio mítico de Toscanini y de Víctor de Sabata se ganó los mejores aplausos del público y un abrazo emocionado del presidente Sandro Pertini, que, desde su butaca en la fila sexta de patio (es tradicional que rehúse sentarse en el palco de honor) festejaba sus ademanes con el mismo calor desenfadado con que se enerva ante los goles de la squadra azaurra.

La escena, quedó dicho, se protestó -injustificadamente- con igual vehemencia y el ulular desagradecido se convirtió en hilaridad, baló y se dio de bruces, preso en su propia trampa, contra la tarima de acero inoxidable. Con todo, el sentimiento general fue de triunfo (que han de confirmar o no sucesivas reposiciones), objetivado al final de cada acto por interminables y repetidas salidas a escena del elenco.

Y alegría, pese a todo, de este público apasionado, que premia y castiga, se afana, pretende y, a veces, se ufana, mas nunca ofende porque en este pequeño mundo, en conclusión, todos saben lo que son, pero, a diferencia del drama, esta entrega visceral, casi todos, artistas o no, la entienden.

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