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En el jardín de Manuel Gutiérrez Aragón pastan los demonios

Se ha iniciado el rodaje de la última película del tánden Gutiérrez-Megido

La unión profesional entre el productor Luis Megino y el director Manuel Gutiérrez Aragón ha dado a nuestro cine títulos tan prestigiados como Camada negra, Sonámbulos, El corazón del bosque y Maravillas, amén de numerosos premios en certámenes internacionales. Es un vínculo, el suyo, que arranca desde los tiempos de la Escuela de Cine, y que hunde sus raíces en lo personal, en una especie de simbiosis que se desarrolla de afuera a dentro de la vida a las películas. Era inevitable que su colaboración pasara del terreno producción-dirección a la génesis misma de todo filme: el guión. Megino y Gutiérrez Aragón, que escribieron junto con José Luis García S ánchez el guión de Las truchas, dieron vida más tarde, convertidos ya en tándem aparentemente indisoluble, a los guiones de El corazón del bosque y Maravillas. Demonios en eljardín, cuyo rodaje acaba de iniciarse, hace referencia a sus propias vidas, que es su forma de dar testimonio de una época.

Cada vez que Luis Megino y Manuel Gutiérrez Aragón empiezan a rodar una nueva película es como si dieran a luz a una criatura, fruto no sólo de: su asociación profesional, sino también de su profunda amistad personal. Y también, y esto es quizás lo que otorga un sello inconfundible a sus productos, de su punto de vista compartido sobre la vida, este país y, sobre todo, el pasado.

Demonios en el jardín es el nuevo vínculo que, a la vez que les interrelaciona, les une al cine español, o, mejor dicho, a esa vieja memoria de nuestro pasado que Megino y Gutiérrez Aragón se empeñan en revisitar esgrimiendo, desde que arrancan como guionistas, el fardo de sus recuerdos personales, que son un poco. los recuerdos comunes de cuantos españoles cuentan ahora alrededor de cuarenta años.

Se trata de una historia sencilla, melodramática casi: la historia de dos mujeres que se disputan a un mismo hombre, de dos formas distintas de perderle. Y con ese hombre -el típico arribista de posguerra, incorporado por Imanol Arias-, con esas dos mujeres que son Ana Belén y Angela Molina, un par de figuras fundamentales: a saber, la abuela omnipresente y todopoderosa, interpretada por Encarna Paso, y el niño, Alvaro Sánchez Prieto, testigo e hilo conductor de cuanto sucede desde su lecho de enfermito.

Los primeros días de rodaje tienen como escenario los exteriores espléndidos de El Escorial y Navacerrada, aunque en la película no se especifica nunca una situación geográfIca determinada: es un pueblo de España durante la larga noche de la posguerra, y basta. Se ruedan planos de transición, ¡das y venidas, diálogos-bisagra.

El llanto de Angela Molina

En El Escorial, ante una vieja casona, Angela Molina llora disimuladamente por el hijo que le quieren arrebatar. Y el director, que es un pozo de ternura tratando a sus actores, le indica cómo tiene que secarse los ojos con el borde del delantal. Angela llora a lágrima viva incluso cuando la cámara no trabaja con su rostro increíble, y, al final, Megino, conmovido, le da dos besos y las gracias por el esfuerzo.

Las vacas, impasibles, asisten al rodaje erguidas sobre las peñas, con perfil casi egipcio. Alvarito, el niño descubierto por Gutiérrez Aragón a la puerta misma de s u casa, juega con una rama de fresno. Viste el triste uniforme de la pobreza de aquellos años, y tiene ojos de testigo pesaroso. Tiene ojos realmente importantes este chaval de carnes magras y esforzada disciplina en el trabajo.

En Navacerrada le vuelvo a encontrar, esta vez ya vestido de niño con posibles, de niño aliviado por el estraperlo. Hay un estrépito de motores, de coches importantes -se rueda el paso de una caravana oficial, e Imanol Arias está soberbio, embutido en su uniforme de la guardia de Franco, con la boina roja ladeada en la cabeza y la borla acariciando suavemente su pómulo derecho.

Hoy trabaja tarnibién Ana, que ha abandonado los aires brasileiros de los últimos tiempos para meterse en la piel del personaje. La Molina, que entre dos planos .rebusca ramitas de espliego, apenas tiene hoy, diálogo, y aporta sólo la fuerza devoradora de una mirada que, de un par de películas a esta parte, se le ha ido puliendo como un diamante

"Un día", cuenta Megino, "empezamos a hablar en grupo de las neurosis que afectan a nuestra generación, y se me ocurrió preguntar cuántos, entre los presentes, habían sido niños enfermos entre los cinco y los diez años. Salieron un montón, aparte de Manolo y yo mismo. ¿Y qué hace un niño enfermo, condenado a la inmovilidad, sino observar lo que ocurre a su alrededor?". Eso es, precisamente, lo que hace el pequeño de la película. Eso y, en un determinado momento, comprender la fuerza de su debilidad y empezar a llevar las riendas de cuanto sucede.

En torno a nosotros, inmersos en el calor prematuro de este impío mes de mayo, una figuración de militares, guardias moros y guardias civiles convive pacíficamente con campesinos solanescos y niños esmirriados que conternplan con envidia e impotencia -marcadas en el guión- el paso de la comitiva. Un teniente coronel, que no tiene intervención en este momento, sestea con la boca abierta y la camisa desabrochada. Una mosca, poco dada a apreciar jerarquías o, quizás, dotada de cierta experiencia en lo que se refiere a rodajes, se afila las patas delanteras junto a la comisura de sus labios.

Hay en general, y pese al trajín que supone la filmación, un ambiente festivo, como si quienes están aquí vestidos de otro tiempo, dando carne a los demonios de Gutiérrez Aragón -que son los de todos-, supieran que el exorcismo va a valer de una vez por todas, que nunca más el horror y la desesperanza van a ser posibles.

"Pero esta no va a ser una película triste", sigue Luis Megino, "no queremos hacer un filme neorrealista. La tristeza vendrá dada por la situación dramática, pero el tratamiento va a ser muy moderno, y habrá humor cuando convenga. En realidad, esta es la típica historia de abismo de pasiones, eso tan habitual, y tan desgarrador, de que siempre te fijas en quien no te conviene. Si ha habido gente que nos ha dicho que el argumento parece La malquerida... Cosa que no nos disgustaría en absoluto".

Mientras dura el rodaje, Megino hace de parapeto entre el realizador y el mundo, le resuelve los probleinas, habla por él -aunque resulta dificil discernir cuándo es así y cuándo empieza a hablar por sí inismo-, y se convierte en el depositario de sus quejas, de sus angustias. Aunque no se plantean grandes problemas en este rodaje. El mayor problema que trae de cabeza a Jacoste, esforzadísimo jefe, de producción, consiste en conseguir un toro majestuoso -pieza clave y. simbólica en el filme- que sea, a la vez, manso y fiel cumplidor del papel que se le exige en el guión. "Pero, ¿cómo se compromete a un toro?", se pregunta Megino, perplejo. "¿Con una escritura ante notario?". Con notario o sin él, pero con toro, Demonios en el jardín va a seguir adelante. Hasta el exorcismo final.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 1982