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Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Las Malvinas, entre la razón y la fuerza

EL USO de la fuerza es siempre deplorable si existen vías diplomáticas para resolver los conflictos. Esta sentencia puede aplicarse tanto al caso de las islas Malvinas como al de otra colonia británica: Gibraltar. El problema de las Malvinas es no obstante distinto del de Gibraltar. Las Malvinas no han pertenecido jamás a la República Argentina: si ésta las reivindica desde que fue independiente es porque considera que son una herencia de los españoles. Esta reivindicación dura desde hace 153 años, y parece que en estos momentos el Gobierno militar argentino ha decidido poner fin a esta larga y curiosamente impaciente espera con un acto de desembarco. Argentina viola con esto no sólo las urgentes llamadas del Consejo de Seguridad en estos últimos días, sino también una larga tregua consentida por los dos países, y que quedó confirmada en el acuerdo de 1959, firmado por doce naciones, estableciendo una moratoria en todas las reclamaciones territoriales sobre el archipiélago. Dicho esto, hay que añadir que también es deplorable que los 1.800 habitantes de las islas Malvinas, acostumbrados a un régimen político democrático y liberal, hayan caído en manos de¡ régimen militar argentino, que no mantiene el mínimo respeto a los derechos humanos y sobre el que pesa el oprobio de miles de asesinatos.La utilización que ha hecho la Junta Militar de la invasión de las Malvinas para aglutinar a su opinión pública en unos momentos en que Argentina tiene planteados graves problemas políticos, económicos y sociales, es asímismo condenable. La sensación de que los militares en el poder pretenden aligerar tensiones y concitar alguna adhesión en torno suyo a base de la invasión armada de la colonia británica resulta inevitable.

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Los británicos, se sienten humillados por la invasión argentina de las Malvinas

El derecho histórico sobre las Malvinas parece estar de parte de la nación argentina, al menos si se tienen en cuenta sólo los evidentes factores geográficos. Las islas están a seiscientos kilómetros de la costa argentina y a 11.300 kilómetros de la costa británica. Basta con mirar un mapa. Es cierto que Argentina ha ocupado con medios militares un territorio bajo soberanía formal británica. Pero ¿se puede hablar de soberanía, en su sentido decimonónico, en la era de las armas nucleares, de las grandes alianzas y de las multinacionales? Cualquiera que sea la respuesta a esta pregunta, también se puede destacar el hecho de que las comunicaciones aéreas y telefónicas de las islas Malvinas dependen de Argentina, que tiene importantes intereses comerciales en las islas. El derecho internacional está incuestionablemente de parte británica; la historia, no.

¿Tiene -o tenía- sentido para el Reino Unido conservar una colonia en la que no posee grandes intereses estratégicos o económicos (aunque se asegura que la zona puede ser rica en petróleo) sin disponer de los medios militares necesarios para defenderla, con el Reino Unido sumido en una profunda crisis económica, con los recortes que ha llevado a cabo en sus fuerzas armadas, manteniendo firmemente la decisión de preservar una capacidad de disuasión nuclear independiente? La respuesta no parece dudosa: es poco probable que antes de la actual crisis el pueblo británico se hubiera mostrado dispuesto a gastar considerables sumas de dinero en mantener la defensa de unas islas cuya existencia ignoraban muchos de sus ciudadanos.

El Reino Unido debe aceptar que ya no es, ni puede ser, la potencia mundial de antaño. El manejo de la crisis por el Gobierno de Londres ha sido y sigue siendo torpe, y sin duda pagará las consecuencias, lo mismo en el Parlamento que en las próximas elecciones. Por el momento, tiene que recuperar la confianza de su pueblo, que se ha sentido humillado. El gabinete de la señora Thatcher subestimó a los argentinos. Los británicos siguen creyendo que la llegada de unos barcos con la bandera de su majestad será suficiente para hacer correr a los invasores, pero no es tan probable que éstos se retiren, pese a la presión internacional de que están siendo objeto -especialmente por parte del presidente Reagan-. Existe un riesgo real de enfrentamiento naval cruento. La flota que preparan los británicos, salvo algún submarino que ya habría partido de Gibraltar, tardará al menos dos semanas en llegar a las islas Malvinas. Este es tiempo suficiente para intentar buscar una solución honorable para todos por la vía de la negociación. Si las Naciones Unidas sirvieran al menos esta vez para ello se podría suponer que la existencia de esta organización no es todavía absolutamente inútil.

Desde el punto de vista de Buenos Aires, el éxito de la operación militar está siendo ya utilizado como elemento propagandístico. La debilidad interna de la Junta, con un país en bancarrota y un aumento de la protesta popular, se verá reforzada al menos psicológicamente mientras dure la crisis. La operación tiene sin embargo sus riesgos. Los coroneles griegos trataron de hacer alguna operación de ese tipo -patriotismo exuberante- con Chipre, y fue el principio de su final. En definitiva, un suceso menor, como de hecho puede considerarse este incidente armado, lejos de las zonas de tensión de¡ mundo y con tintes bastante decimonónicos, puede convertirse en detonante de mayores problemas y en una quiebra de la política general de los Estados Unidos cara a América Latina, sobre todo si Washington quiere mantener sus estrechos lazos con Londres. De ahí la importancia para el presidente Reagan de buscar una salida negociada.

Por lo demás, la invasión de las Malvinas sucede tres semanas antes de que comiéncen en Portugal las negociaciones anglo-españolas sobre el futuro de Gibraltar. La delegación británica se verá aún más presionada por su opinión pública para no ceder la soberanía del Peñón a España. Lo ocurrido puede servir a los británicos, no obstante, para apreciar que en cuestiones coloniales la paciencia no es infinita.

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