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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

La caída será apocalíptica

En la presente década podemos asistir al comienzo del desmoronamiento de los sistemas de dominación, de esclavitud y de colonización comunistas, afirma el autor del presente artículo. Será un proceso muy lento, advierte sin embargo, y no todo será positivo en el mismo. "La caída del comunismo es deseable, es natural, es una simple necesidad. Pero su precio será escalofriante", concluye afirmando July, ex militante del Partido Comunista francés y director del diario progresista independiente parisiense Liberation.

Al margen de lo que pueda ocurrir en los próximos veinte años, el nuestro ésserá, sin duda, el siglo del comunismo y de su asombrosa supervivencia.De todos los sistemas totalitarios modernos, éste parece escapar a todos los juicios de la historia. Sobrevive con una eficacia asombrosa a las insurrecciones, a las mentiras, a sus propios fracasos, a sus múltiples crisis y a su increíble mediocridad humana y creativa.

Sabemos desde hace mucho tiempo que a una pequeña cantidad de luz no sigue necesariamente una gran iluminación y que los progresos de la ignorancia se producen en proporción geométrica con respecto a los avances del conocimiento. Cada parcela del saber surgida en la inmensidad comunista, que comprende los partidos comunistas occidentales y los regímenes comunistas vigentes en el mundo, nos remite de modo casi automático al descubrimiento de un nuevo abismo de ignorancia insospechado hasta el momento. Si el presente es el siglo del comunismo, lo es ante todo porque es también el de las tinieblas.

No sabemos prácticamente nada de lo que pasa, se dice, se piensa o se decide en el seno de los aparatos comunistas. No contamos con datos seguros acerca del golpe de Estado militar en Polonia, y muy poco se sabe sobre el estado de sitio. Esta ignorancia se extiende a todo el mundo comunista, con algunas variantes. ¿Qué sabemos realmente sobre Cuba, por no hablar de la URSS? La historía científica y las estadísticas sólo tienen una utilidad marginal, y debemos trabajar casi ,siempre sobre la base de anécdotas y testimonios anónimos voluntarios para reconstruir fragmentos de la historia de esos países. Y de este modo se suceden los años y los decenios. Es el enigma más impensable; algo así como si los comunistas nacidos de la matriz soviética hubieran inventado la eternidad artificial.

Se trata, efectivamente, de la eternidad, es decir, de la abolición de la historia. Esta es una de las actividades esenciales de los militantes y de los dirigentes comunistas, que aplican a la información la táctica de la tierra quemada. Si la información renace de modo autónomo, como ha ocurrido en Polonia, el sistema se descompone como una maquinaria que ya no obedece a las órdenes centrales. Entonces puede derrumbarse de un momento a otro o desviarse de su trayectoria. La base del sistema, su axioma fundador, es la pobreza de información. Y, precisamente, esa eliminación sistemática es la que permite que la mentira y su aparato subsistan. La información, una vez liberada, acaba por descubrir el núcleo del problema: el comunismo es una ilusión.

Información por propaganda

Pues bien, todas sus categorías, todas sus variantes (soviética, china, polaca o cubana), no tienen más preocupación que la de reproducir la eternidad amputando toda información. Por otra parte, hace tiempo que los comunistas han sustituido, por completo, la información por la pro.paganda.

Las dictaduras no miran con buenos ojos la información, esas migajas de conocimiento divergentes cuya circulación no responde, en definitiva, a ninguna jerarquía controlable.

Durante decenios, las sociedades comunistas lograron resistirse a ella, controlar su flujo y regular su caudal sin perjuicio de la eficacia tecnológica, fundada precisamente en las teorías de la comunicación. Este éxito es excepcional y da una idea de la relatividad de las ambiciones occidentales de disolver el bloque comunista mediante la multiplicación de los intercambios comerciales ya desde los años treinta.

Puede que la presente década presencie el comienzo del desmoronamiento de los sistemas de dominación, de esclavitud y de colonización comunistas.

Varios factores apuntan en este sentido. Los retrocesos electorales de los principales partidos comunistas occidentales se explican, en parte, por los cambios sociológicos que se han producido en los últimos años, tales como la desaparición de algunos sectores económicos nacidos en el siglo XIX, que han sido a menudo la cantera de los partidos comunistas. La desaparición de las minas y de la industria textil en el norte de Francia, por ejemplo, así como el desarrollo de la informática, han desestabilizado en esa región la base tradicional del partido comunista, que no posee ya capacidad de impacto social y cultural. Por otra parte, la clase obrera se ha visto influida por los efectos de la nueva cultura y por la revolución de las costumbres. La liberación de la mujer, las nuevas relaciones entre los sexos y la música, que representa actualmente -más que cualquier otra forma cultural- la protesta contra todo centralismo del pensamiento o de la acción, amenazan al partido desde dentro, como un tumor canceroso, y sus células mueren masivamente. La fe se apaga y son muchos los militantes que salen silenciosamente de sus filas; se puede decir que cuelgan los hábitos.

Por último, están los sucesos de Polonia, es decir, el divorcio radical entre la casi totalidad de la clase obrera y el aparato comunista, que considera cualquier huelga y cualquier manifestación como el principio de una insurrección. Este divorcio es el primero de su género: es el kronstadt a escala nacional. En Polonia, el comunismo ha sido sorprendido en flagrante delito de mentira, y esta revelación, esta información, socava un poco más la confianza de los militantes en la estructura del partido.

En Francia, al menos, los acontecimientos polacos han tenido la importante función de liberar las energías de la izquierda, que no repara ya en denunciar la mentira comunista.

Culturalmente contaminadas, las masas comunistas occidentales parecen alejarse de todos los que encuentran en el partido una especie de felicidad represiva en estado puro, de las que buscan, como todas las mentalidades represivas, el placer de sufrir y el gozo de humillar, de mandar y de imponer. El desmoronamiento es un proceso muy lento, cuyo ritmo real ignoramos y cuyas aceleraciones nos sorprenderán inevitablemente.

Pero no todo será positivo en este proceso. Este desmoronamiento será terrible, aunque parezca contradictorio. La denominación no desaparecerá un buen día, como por obra de una varita mágica. La descolonización de los países y de los pueblos bajo control soviético se hará a sangre y fuego. Tal es, en suma, la tragedia de nuestro siglo: el colapso comunista tendrá proporciones dantescas. La caída del sistema soviético no puede producirse sin una catástrofe. Sin la segunda guerra mundial, es posible que Hitler perdiera el poder poco a poco. Pero una dominación casi secular, que ha sido capaz de poner en marcha y de dotar de los principales adelantos tecnológicos al mayor ejército de la historia de la humanidad, no cesará en paz.

Esa caída es deseable, es natural, es una simple necesidad. Pero su precio será escalofriante.

Serge July antiguo militante comunista, es creador y director del diario Liberation, fundado como portavoz de los logros de las barricadas de 1968.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 1982