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Mitterrand lanza un desafío diplomático al emprender hoy la primera visita de un presidente francés a Israel

El presidente francés, François Mitterrand, con el viaje de tres días que inicia hoy a Israel, lanza la apuesta más ambiciosa y delicada de su diplomacia desde que accedió al poder hace nueve meses: demostrarles a los franceses, a los árabes, a los israelíes, y a Washington y a Moscú, que se puede ser amigo y aliado de los dos campos que se confrontan a muerte en Oriente Próximo.

Es la primera vez que un presidente de la República Francesa visita Israel, en medio de gran expectación por parte de todos los interesados.Las relaciones franco-israelíes, desde que hace 35 años se fundó el Estado hebreo, semejan a las de dos amantes con temperamentos incendiarios.

La historia y la afección, consolidada por una colonia judía francesa que pesa sustancialmente en el sector económico, y por la presencia gala en Israel, no ha resistido a las razones de Estado y a los cambios que se han producido en el mundo durante los últimos decenios.

El general Charles de Gaulle consagraría la cumbre del idilio entre los dos países cuando en 1961, en París, al lado de su amigo Ben Gurión (fundador de Israel), brindó "por Israel, nuestro amigo y aliado". Pero fue el mismo De Gaulle el que, tras la guerra de los seis días, en 1967, fulminó a "ese pueblo de elite, seguro de sí mismo y dominador". En estos momentos ya se configuraba su crecimiento salvaje.

La componente histórica que supondría, según el propio De Gaulle, igualmente "el peso de cien millones de árabes con el petróleo debajo de sus pies".

Desde este momento, el amor franco-Israelí ha vivido entre bastidores. La escena ha sido protagonizada por los tumultos.

El presidente Georges Pompidou y el antecesor de Mitterrand, Valéry Giscard d'Estaing, siguieron fieles a los intereses definidos por De Gaulle: primero, el petróleo árabe, y después, Israel.

Este es el principio que ha presidido la diplomacia francesa ante el conflicto árabe-israelí. Todas las elucubraciones intelectuales o diplomáticas no han servido para restablecer la amistad entre París y Jerusalén, maltrecha por la política árabe-petrolera decidida por De Gaulle, hasta el punto de impedir que un presidente galo visitara Israel.

El desafio del viaje de Mitterrand, valorado como histórico por los dos países, consiste precisamente en reequilibrar la política exterior francesa en Oriente Próximo, restaurando la amistad con Israel, sin perjudicar la implantación francesa que en el mundo árabe ha consolidado Francia durante los últimos tres lustros.

Para ello, François Mitterrand piensa "afirmar el derecho" al referirse al conflicto que divide dramáticamente a árabes e israelíes: que los palestirios tienen derecho a una nación y a un Estado, de igual manera que Israel debe gozar de fronteras definidas y seguras.

¿Es posible esto? Mañana, jueves, el presidente francés, en la Kneset (Parlamento israelí), pronunciará el discurso más importante de su estancia en el Estado hebreo.

Todas las capitales árabes examinarán con lupa sus propósitos, aunque Siria y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) ya han condenado el desplazamiento de: Mitterrand, que, por otra parte, se produce en un momento de crisis entre Jerusalén y El Cairo.

El presidente egipcio, Hosni Mubarak, en vísperas de su viaje a Israel, rechaza, en principio, la obligación que le imponen las autoridades de este país de detenerse en Jerusalén, símbolo del conflicto árabe-judio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 1982

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