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Tribuna:

La hora de la democracia

Como para tantos españoles, el 23 de febrero fue la segunda vez en mi vida que asistía a una situación de bochorno en la que, sin apelación posible, la razón quedaba íntegramente sojuzgada por la brutalidad de los que instrumentalizaban pistolas y metralletas. Me era penosamente fácil identificarme con aquellos que, en el Congreso, estaban a merced de bandoleros, reducidos al silencio total, en la alternativa entre el mero hablar y la posibilidad de morir. Lo que estaba ocurriendo allí podía extenderse a toda España y aplicarse a todos los que habitamos en este país. Y de nuevo el silencio, la humillación, la indignidad se nos impondrían como hábitos colectivos de vida. Otra vez habría que aprender a soportar el monólogo de bestias, incapaces de usar del raciocinio y del argumento. Los aspectos grotescos del espectáculo, que ahora se nos antojan de corte valleinclanesco, no le restan un ápice de gravedad, pues esto mismo no le hubiera impedido persistir: recordemos al Queipo de Llano de otro tiempo y cómo, cumplida su misión, por necesidad, dejó paso a formas socialmente presentables de bandidismo. De nuevo era posible revivir paso a paso aquellos años -toda nuestra vida, en realidad- en los que la identidad de muchos se hizo a costa de la corrupción, o por el lado opuesto: a costa de la castración. En cualquier caso, a expensas de la dignidad.Como un español más, me he aliviado hondamente cuando la situación parece superada, cuando, de manera optimista, pienso que vamos a cuidar lo conseguido: libertades que no son, en la apariencia, libertades mayúsculas, pero que representan la libertad real de la vida cotidiana: hablar con quien se quiera y de lo que se quiera sin temor, leer a diario el periódico que se desea, poder saber de lo que pasa, poder decir lo que se piensa ... Todo esto, tan sencillo, tan inocuo, hemos estado a punto de perderlo, y basta leer el escalofriante bando emitido para el País Valenciano para imaginarlo sin esfuerzo. Los españoles que no gustan de la abyección hemos de agradecerle a los tejeros de turno habernosk mostrado su auténtica faz, su catadura. En esas horas en que vivimos la posibilidad de fracasar en lo tan trabajosamente conseguido, estos tipos elementalizaron la situación y la redujeron a estos términos: o se está con la democracia o se está con la barbarie. Vocablos tales como «derecha», «izquierda», «centro» eran, en esos momentos, meras adjetivaciones, en todo caso recuperables con posterioridad, porque mientras estas últimas aluden a formas de gobernación, democracia o no democracia se refieren a formas sustantivas de Estado y era eso lo que se jugaba. La fragilidad del Estado que los españoles nos dimos hace poco es extremada. Que a pesar de ella haya salido indemne de este asalto prueba cómo, hasta cierto punto, la razón misma tiene su fuerza. Pero no olvidemos nunca que puede ser barrida en cualquier momento para colocar en su lugar el simple poder de la violencia descarnada. Por eso yo quiero en estas líneas dar las gracias a aquellos que, anónimamente han evitado la bancarrota de este Estado español en el que vivimos. Y en la medida en que el Rey, ante toda España, eligió estar del lado de la democracia y de la libertad, y reconoció la soberanía del pueblo frente al atentado de unos pocos, y se erigió en símbolo de una España libre, le expreso públicamente mi gratitud.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1981