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Editorial:

La inteligencia del Estado o el estado de la inteligencia

LOS SUCESOS del 23 de febrero fueron formalmente tan insólitos que habrán acabado con la capacidad de sorpresa de muchos españoles. Pero en el terreno de lo sorprendente el punto culminante se alcanza en la increíble ignorancia demostrada por los organismos de inteligencia del Ejército y del Estado.Es una evidencia que no pocos españoles sabían con antelación al lunes 23 que se preparaba una maniobra de fuerza de carácter involucionista; la esposa del teniente coronel Tejero -de la que se ignoran medios de fortuna personales- puede comprar unos cuantos autocares de segunda mano sin que nadie se mueva a sospecha pese a estar recientemente condenado su marido por un delito probado de sedición; hace cinco meses un teniente coronel de Estado Mayor filtró a compañeros descualificados para su conocimiento la cifra del télex militar sin que el Ministerio de Defensa se dignara emitir una simple nota sobre este hecho gravísimo... No es preciso entrar en la casuística para comprender que el golpe de Estado «estaba en el ambiente». Sin embargo, ni el Servicio de Información del Ejército, recientemente reestructurado, ni el Centro Superior de Inteligencia de la Defensa (CESID), el máximo servicio de información del Estado, fueron capaces de alertar sobre la intentona del 23, como fueron incapaces de detectar la operación Galaxia, descubierta a tiempo por el general Timón de Lara, a la sazón inspector de las fuerzas de la Policía Nacional.

Los servicios de información del Ejército han incurrido evidentemente en negligencia. Cabe sobre ellos la única exculpación de que fueron en su día dislocados a través de los estados mayores de las distintas capitanías generales (aunque luego vuelvan a unirse orgánicamente en el Alto Estado Mayor) y pueden verse confundidos si una conspiración se urde en el Estado Mayor de una capitanía.

Poca o ninguna exculpación puede hacerse sobre el CESID -la inteligencia del Estado-, creado en 1978 para suplir la pobreza en materia de seguridad estatal dejada por el anterior régimen. En tres años de existencia, con notables medios económicos y técnicos a su disposición, ya ha tenido tres directores y otros tantos interinos. Sus dos primeros jefes fueron los generales de división Bourgón y Mariñas, actualmente al mando de nuestras dos plazas africanas, y ahora lo dirige un coronel de Infantería de Marina en situación «B»: Narciso Carreras, en situación de interinaje desde septiembre del año pasado.

Si pensáramos que entre los altos responsables de los Servicios de Información del Ejército o el CESID y los golpistas existiera alguna colusión de intereses no merecería la pena redactar estas líneas. Si la defensa del Estado constitucional estuviera encomendada a los enemigos de la Constitución, de poco serviría el valor del Rey o las mayoritarias expresiones ciudadanas en favor de la democracia. Sólo restaría la recomendación de que, llegado el caso, el último en abandonar cada aeropuerto tenga la amabilidad de apagar las luces.

Pero, si no hubo colusión, sí ha habido flagrante incompetencia. Y, a estas fechas, carecemos de noticias de que los responsables de la inteligencia del Estado hayan presentado su dimisión ante tan deplorable estado de sus mecanismos de inteligencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1981