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CARTAS AL DIRECTOR

Entre el golpe y la democracia

Esto que ha sucedido no es un pronunciamiento militar; es un golpe de Estado. Con esto digo que demasiada gente entre los militares, los políticos, los periodistas e incluso entre los ciudadanos tenía conocimiento de los hechos o de los rumores de los hechos para que se pueda presentar la ocupación del Congreso como un hecho aislado; una especie de borrachera o acto de locura del teniente coronel Tejero y su compañía.La fecha de aquel triste lunes como fecha posible de un golpe militar era conocida y corría en todos los mentideros (?) políticos de la Villa de Madrid, para poder creer que los servicios de información del Estado no tuvieran el menor conocimiento del tema.

Creo y quiero creer de todo corazón que la inmensa mayoría de nuestras Fuerzas Armadas y nuestras Fuerzas de Orden Público son efectivamente ajenas al desafuero ocurrido.

Pero, como ciudadano, no tengo más remedio que estar cierto de que un segmento minoritario -pero significativo e importante- de esas Fuerzas Armadas y de las Fuerzas de Orden Público son abiertamente enemigas de un régimen democrático.

El peligro de una involución o, en palabras más reales, de un golpe de Estado, se daba por descontado, no sólo entre los miembros de la clase política, sino entre todos los ciudadanos.

En esa situación es imposible desarrollar un Estado democrático. Porque la democracia, más que ningún otro régimen, necesita para funcionar la certeza de que las fuerzas de seguridad están empeñadas, sin fisuras, en la defensa de la legalidad vigente. Si la situación demencial y vergonzante a la que nos llevó a todos los españoles la ocupación del Congreso no se remedia, la simple supervivencia del Estado quedará en entredicho.

Corresponde a todos los partidos políticos, y no sólo a los de izquierda, proceder, y con urgencia, y sin miedo a las palabras, a una ordenada, profunda y por supuesto respetuosa y acorde con la ley depuración del brazo armado de nuestra patria.

Corresponde, incluso, me atrevo a decir es exigible, de nuestras Fuerzas Armadas y nuestras Fuerzas del Orden, que ellas mismas procedan a esa misma depuración. No es aceptable que en el grave momento que estamos viviendo un equivocado sentido de cuerpo y compañerismo lleve a ilustres militares a incurrir de alguna manera en el delito de encubrimiento.

La patria, esa patria que todos amamos, exige hoy de nuestras instituciones armadas un profundo pero inevitable sacrificio, la eliminación de su seno de todos aquellos elementos que pueden no sólo perturbar, sino destruir la misma patria que dicen deferiden/

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1981