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Ningún traje de guardia civil

El ser «impropios de los momentos patrióticos que vivimos» fue la razón aducida por el gobernador de Guipúzcoa para prohibir en 1937, en plena guerra civil, los carnavales. No se le escapaba al gobernador el sentido profundamente pagano de un rito en el que, a la postre, don Carnal vencía disimuladamente a la Cuaresma.La burla, la irreverencia, la salida de las tendencias latentes del individuo, en una negación de la propia condición, llega en Euskadi hasta su límite humano: los hombres se convierten en plantas y animales. Es el regreso a la tierra, la añoranza de la madre perdida. En Euskadi, los carnavales son el último residuo de la civilización matriarcal preindoeuropea.

Y entre los disfraces, como todos los años, papas, obispos, curas y monjas dominando el escenario, porque la irreverencia es siempre la otra cara del sentido religioso del pasota vasco.

En la Concha de San Sebastián hubo ayer hasta una carrera de cuádrigas, en plan bastante competitivo. Pero, como manifestación del h echo diferencial, ni un Tejero exhibió sus bigotes en el País Vasco, porque, en ciertos temas, no está el horno para bollos. Unicamente, un tal doctor Tijera, traumatólogo, proclamaba en Bilbao su especialidad en golpes. Pero la gente casi no sonreía al verle. No le encontraban gracioso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1981