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Reportaje:

Comuna experimental en Elche

Sobre una finca de trece hectáreas, en pleno campo de Elche, un grupo de belgas ha montado lo que llaman la Universidad de la Nueva Era, una universidad que recibe su nombre de sus planteamientos universales y no del carácter tradicional de lugar donde se imparten enseñanzas. El origen de este centro lo sitúan sus promotores en las mutaciones a que se ve sometido el mundo y la Humanidad. Informa .

Esos puntos estables que no participan de la mutación que se observa en el mundo están localizados, para Europa meridional, en el sur de los Pirineos franceses, en una zona próxima a Perpiñán; en Extremadura, cerca de la frontera portuguesa, y en Murcia. «En una especie de cruce de esos puntos está Elche, que participa de la fuerza de esos puntos pero no con la misma intensidad. Además, tiene un clima suave donde se puede vivir.»Y aquí, en Elche, han levantado su ciudad. Una ciudad futurista, en la que se han utilizado, para su construcción, maderas, gasas y lonas. Soportando todo el entramado, una gran estructura metálica que recorre las distintas instalaciones, para encontrarse finalmente en el centro mismo del pueblo, un pueblo que está dividido en sectores. En lo que era la antigua casa de la finca, y cuya estructura se ha conservado, están las cocinas. Y, próximo, el comedor: una gran piedra circular, con pequeños taburetes a su alrededor, que protege una gran lona por la que asoman las palmeras ilicitanas.

En otro apartado, las habitaciones, con paredes de gasa y lona. «Aquí no hay divisiones, tan sólo lo justo para mantener cierta intimidad.» En otro ángulo, la ciudad de los niños. «Ellos tienen su propio autogobierno y deciden lo que quieren y cómo lo quieren. De esa forma desarrollan su propia responsabilidad. Ahora mismo están acabando de construir su ciudad y todo lo están haciendo ellos.» Se trata de un núcleo similar a los otros, pero más diminuto, con los techos más bajos y las medidas más pequeñas. A la medida de sus moradores que van a vivir allí cuando consideren que pueden valerse por sí mismos, sin la protección materna. No hay edades establecidas. Unos consideran que pueden irse a los seis años, otros más tarde. Son ellos quienes deciden.

Rodeándolo todo, los distintos habitáculos del pueblo, jardín y huerta, donde están empezando a crecer las primeras siembras después de varios años sin utilizarse, desde que lo abandonaron sus antiguos propietarios.

Para dar vida a todo lo que allí se alberga, una idea universal: «Sólo hay un mundo, una existencia. Nosotros no rechazamos lo que hay ahora, sino que intentamos crecer a través de todo lo que existe y dar la ocasión a todo de crecer y de participar en esa transformación. No se trata de una lucha, de rechazar lo que hay, sino de crecer a través de eso que tenemos.»

Ahora que la ciudad ya está montada y organizada, tienen previsto iniciar sus actividades hacia el exterior. «Este centro es una plataforma a nivel mundial, en la cual todo lo que tiene que ver con la transformación puede manifestarse. Todos los que puedan decir algo sobre este crecimiento y transformación están invitados a participar aquí.» No se trata de estancias gratuitas, aunque tampoco son caras. «No lo hacemos por el dinero, sino por el equilibrio. Se da algo y se recibe algo.»

Para las actividades que allí se realizan se ha buscado el ritmo propio del hombre, adaptado al día y a la noche. «Se ha comprobado que lo mejor es trabajar por la mañana. Después, descanso. Por la tarde se intenta manifestar la creatividad en un estado de silencio. Y a partir de ese estado se quiere trabajar, pero sin sudores, sin esfuerzo. Hacer las cosas con las cosas mismas, siempre a favor y nunca en contra.»

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 1979

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