No perder la memoria histórica
Entre las críticas que he leído del programa de Ricard Blasco -amigo mío, adelanto, para que quede claro- Sombras del ayer no ha habido ninguna que añada razones a las afirmaciones. Pésimo método, desde luego. La de Umbral -que viene a ser como una especie de Agustín de Foxá de la «transición», aunque no sé si tan «pasota», a pesar de las apariencias- era más bien pintoresca. Acusaba a Ricard Blasco de plagiar a no sé qué director de cine, amigo suyo, por utilizar canciones de uno y otro bando en la guerra civil. ¿Hay exclusivas sobre el tema? En tal caso, el plagio sería de todos a un guión frustrado que mi también amigo -también valenciano- Luis García Berlanga tuvo que archivar a causa de la censura, en el cual los combatientes de uno y otro lado, en un frente inactivo, toreaban la vaquilla, que al despatarrarse venía a convertirse en la pell del brau, con perdón de un tal Jiménez Losantos.No voy a probar la pureza de sangre antifascista de Ricard Blasco, que cualquier persona medianamente culta conoce. Ha pasado incluso, y muy joven, por campos de concentración como el de Albatera, en tanto que combatiente vencido. Pero dejemos esto y dejemos su importante participación, casi decisiva diría yo, en España siglo XX, por referirme sólo a la TV, que no es el único campo de trabajo de Ricard Blasco.
Lo que me inquieta es la tendencia de quienes aún no habían nacido o acababan de hacerlo cuando empezó la guerra civil a ignorarla, como si no hubiera sido un hecho feroz perpetrado por ciudadanos de este país anteriores a nosotros, pero contemporáneos. Es de ella -donde no voy a decir que nadie tenía más razón o menos culpa que el otro, puesto que yo creo que menos culpa tenían quienes no la declararon- de donde nacen hoy todavía los «consensos», las «transiciones» y otros límites que tiene, y muy claramente establecidos, la peculiar democracia vigente.
Nada de desenterrar el hacha de guerra. Nunca más, si es posible. Pero nada tampoco de cultivar el antihistoricismo. No podemos perder la memoria histórica de las batallas perdidas para unos y ganadas para otros, pero también las colas que hacíamos los más jóvenes, que no estuvimos en los frentes ni ganas, para poder matar el hambre antes de que el hambre nos matara a nosotros; las canciones con que tratábamos de olvidar el piojo verde y sus campañas profilácticas, los goles de las «delanteras eléctricas», que permitían unas horas de alienación antes de saber cuántos habían sido fusilados aquella madrugada. Había acabado la guerra, pero quedaba pendiente la represión, que con su signo franquista duró hasta 1976 por lo menos.
Blasco es historiador y no propende al panfleto. Por otra parte, no estoy seguro de que los panfletos que se podrían hacer con aquella terrible posguerra tuvieran aún vía libre en esta limitada democracia, y menos todavía en TV. Creo, sin embargo, que el serial de Blasco contiene claves importantes desde el punto de vista de la divulgación, que es una de las funciones de TV, para que mucha gente recuerde y explique a los que tienen la suerte de no poder hacerlo con materiales de su propia memoria todo aquello que no han vivido, pero aún padecen, es decir, lo que nunca debió haber sido y conviene a todos que no vuelva a poder ser. ¿Que los materiales disponibles son «franquistas», como, por ejemplo, películas documentales, noticiarios, etcétera? Naturalmente. Son los mimbres que existen para poder hacer el cesto.
Otra cosa diferente es que alguien crea que no se debe hacer ese cesto, el de la memoria histórica. Sería un error. No conviene perder la memoria, porque puede reblandecerse y servir de bien poco. Para nada. Y, sobre todo, lo que no conviene es ser tan superficial como para decir que el programa es «franquista», ¡Qué risa! O quizá mejor, ¡qué pena!
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