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Editorial:

La Legión

LA PERIPECIA de tres soldados de fortuna secuestrando un avión de Iberia en Fuerteventura vuelve a poner de actualidad los problemas de identidad de un cuerpo militar como la Legión, paulatinamente arrinconado por la Historia y el desarrollo del arte de la guerra. Flaco favor están rindiendo a la hoja de servicios de los tercios legionarios los renuentes a la transformación de estas unidades en cuerpos de élite, convenientemente tecnificados y modernizados, pero desprovistos del espíritu decimonónico de la aventura colonial, la hipotética y novelesca redención de biografías torturadas y toda la leyenda de escritos a lo «Beau Geste».De los delitos de deserción y piratería aérea sucedidos en Fuerteventura se decantan las palabras de uno de los legionarios rebeldes (« La legión no sirve para nada») y los comprensibles, pero fracasados, esfuerzos del coronel jefe del tercio Don Juan de Austria por justificar a sus legionarios perdidos reputándolos de excelentes soldados y achacando a la inactividad bélica de la Legión el desasosiego aventurero de algunos de sus hombres.

No son precisamente buenos soldados los que desertan arma al brazo y cometen a continuación un secuestro aéreo, pero tampoco son en estos tiempos buenos soldados los que precisan de la acción constante para saber guardar la disciplina. En cuanto a que la Legión no sirve para nada, algo de cierto hay para la mentalidad del soldado de fortuna que busca en el banderín de encanche las emociones de la guerra por la guerra. Para ese mercenarismo, desde luego, la Legión no debe servir.

El caso es que sin colonias sobre las que ejercer una labor de policía indígena, con sus tropas acantonadas en territorios metropolitanos, el espíritu legionario, sus particulares sistemas de recluta, su legendario culto a la violencia y la muerte, los tercios quedan lamentablemente reducidos a protagonizar periódicamente incidentes con la población civil, violencias como la de Fuerteventura y declaraciones de rechazo por parte de las autoridades civiles como la que acaba de suscribir el Ayuntamiento de Puerto del Rosario. Y ello sin que su existencia sea realmente necesaria con arreglo a las leyes de la guerra moderna. Porque ya hace muchas décadas que no es la Legión la fuerza de choque salvadora de ningún territorio español.

Los tercios legionarios deberían servir de banco de pruebas para la formación de unidades profesionales y de intervención inmediata, muy cualificadas técnicamente aún en detrimento del coraje personal que ya no es el primer factor de una buena infantería y con recluta exclusivamente española para los ciudadanos que así quieran servir a su país o que tengan vocación por la milicia. Por el contrario, seguir manteniendo vivo, a contracorriente de los años, el viejo espíritu africanista de los novios de la muerte implica condenar a estas tropas a un lento e inexorable desgaste de su imagen o a permanecer como resto folklórico de un ejército moderno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 1979