Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:Verano del 79CARTAS DESDE BOLIVIA

Las hojas de coca se venden en los mercadillos como si fuesen lechugas

No sé si, como dicen, antes había en La Paz menos indios porque no los dejaban entrar en las grandes ciudades, pero hoy en día la capital boliviana hormiguea de ellos.Indios en todas partes, descubiertos o con fieltros, ellos; con su bombín tradicional, ellas, ese bombín tan asombroso en latitudes lejanas de su origen británico y cuya adaptación se explica por varias teorías; un bombín que se lleva no encajado sino encaramado, coronando la cabeza de cabellos negrísimos. Más abajo, la «pollera», o falda de amplio vuelo, y en la espalda, el inevitable fardo, que puede ser el niño dormido o las mercancías de procedencia más o menos legal...

-¿Ve esta calle? Es la del mercado negro. Todos los productos que están aquí proceden de Perú, Brasil, Argentina. Centenares de hombres y mujeres cruzan la frontera todos los días para traerlos aquí y venderlos luego.

-¿Y las autoridades?

Se encoge de hombros.

-¿Qué van a hacer? Los contrabandistas son muchos y la frontera inmensa, la policía muy poca. La ilegalidad se convierte en una manera de ganarse la vida para una gente que necesita de manera urgente el llevarse algo a la boca. Pero no es sólo eso... Mire esa otra calle.

A ambos lados, hasta perderse de vista, hay tenderetes o sencillamente unas mantas extendidas en el suelo sobre las cuales aparecen objetos de todas clases.

-Es un mercadillo... ¿Un día a la semana?

-Mercadillo eterno. Todos los días y todo el día están aquí. Los comerciantes con establecimiento abierto y pago de tasas municipales se quejan con razón, pero no consiguen que el Gobierno haga nada para evitar esa competencia ilícita. Se les dejó en los primeros tiempos y ahora ya constituyen lo que en el capitalismo se llama grupos de presión. En cuanto seamenaza a sus actividades pueden movilizar, entre parientes y amigos, 30.000 personas que llenan las calles gritando, y acaban haciéndose oír. Ya es parte de la vida de La Paz.

Espera paciente

He recorrido de spaciosamente esos campamentos comerciales en los que madres e hijos pequeños -pocas veces se ve a un hombre- esperan pacientemente la llegada del comprador del trapo, de la baratija, de la fruta seca o deljuguete, Si Eugenio d'Ors decía que todos los folklores se parecen, los mercados ambulantes de los países llamados del Tercer Mundo equivalen unos a otros. Como en el bazar de Marraquech o el de Damasco, esa gente tiene en el llamémoslo establecimiento no sólo su medio de vida, sino la vida misma; aunque la diferencia esencial con los mercados árabes antes indicados es la cortesía. Aquí no se llama al cliente y mucho menos se le agarra del brazo para obligarle a entrar, como en Fez. Aquí se espera que llegue, sencillamente -luego; el regateo, el «trato», eso si, será inevitable-, y mientras eso ocurre se habla con las amigas de otros puestos que han ido a visitarla, y si el producto que se intenta vender es comestible se adelanta su desaparición masticándolo lentamente. (Cuando no se hace con unas hojas cuyo nombre trae a la memoria «mafias», «French Connection», drogadictos sin fin en los países capitalistas. Aquí las hojas de la coca, alargadas y azuladas, se venden tranquilamente en la vía pública, en bolsas de plástico, como si se tratara de la inofensiva lechuga.)

Sí, es una vida social la del vendedor. Una señora argentina conocida mía vio en un puesto varios limones. Preguntó el precio, le parecieron baratos y sin discutirlo quiso quedarse con todos.

-Ah, no- dijo la vendedora.

-¿Por qué no? Ni siquiera he regateado. Me los llevo todos. ¿Por qué no quiere vendérmelos?

Contestó la india:

-¿Y qué hago yo luego toda la tarde?

Necesidad vital, pretexto social, forma de vida. Esta es la veta callejera de La Paz; el 80% de su venta y la impresión del viajero es de asombro. Aquí todo el mundo parece vender... Pero ¿a quién? Parece haber cinco puestos para cada cliente, un cliente además modesto, a juzgar por las apariencias. ¿Quién compra a todos esos vendedores?

En la esquina, un ciego muy oscuro de tez sujeta, totalmente inmóvil, un cacharro de metal. A un lado una mujer joven y fea arranca unas notas lastimosas a la vieja guitarra. Pocos, poquísimos transeúntes pasan sin dejar algo en el recipiente. Como en Marruecos y en Egipto, en Damasco y en Benarés.... las sociedades más pobres son las que más se compadecen del mendigo. En unas ocasiones la religión se lo ordena taxativamente -la cristiana, la musulmana, por ejemplo-; en otras quizá sea porque se siente muy cerca de él, casi identificado con su figura latismera.

Miseria en lo alto

Curiosamente, la miseria de La Paz está en lo alto; la riqueza, en los bajos; los barrios mercantiles y humildes que acabo de describir se ubican en la parte más encaramada, y cuando los indios terminan su horario de trabajo se trasladan a cenar y a dormir a los lugares que en otras ciudades del mundo ocupan los privilegiados de la fortuna. Desde la aséptica terraza del hotel Sheraton (que se parece tanto a otros Sheraton como los Hilton se parece a otros Hilton), la miríada de luces sube por las laderas de las montañas que rodean a la capital, exactamente en los lugares que en otras latitudes serían barrios residenciales, a respetable distancia y con mejor aire y mejor vista que los pobres que no pueden dejar el hoyo de la capital..., que aquí son los pudientes. Ha sido allí, en la parte más baja de La Paz, donde los ricos bolivianos han edificado sus rascacielos de apartamentos de lujo, que se levantan para intentar alcanzar artificialmente la altura que se inventó Dios en ese cráter natural. Desde su ranchito arriba, de la montaña, el indio se siente -algo único en el mundo- por encima de quien le puede en todos los terrenos, en raza y en posición social. Y por encima de todos, el Ilimani, coronado de nieves incluso en el verano, mostrando y desapareciendo varias veces al día, como un dios que al enfadarse se envolviese en nubes para no seguir mirando.

PROXIMO CAPITULO: Hay mujeres de mineros que han sido tres veces viudas

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 1979