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El concurso nacional de trajes típicos aportó poco a la etnografía

El I Concurso Nacional de Trajes Típicos Regionales, que acaba de terminar en Lugo, no ha respondido a las expectativas apuntadas entre los que creían que ésta podía ser una oportunidad de recuperación de importantes joyas etnográficas de las distintas zonas de España. Sin embargo, puede señalarse como un primer paso en la tarea de dibujar el mapa de esa específica expresión de la cultura de los pueblos. , corresponsal de EL PAIS en la mencionada ciudad gallega, siguió de cerca el certamen e informa sobre sus resultados.

Un traje regional gallego del siglo XVII, el más antiguo de todos los que se presentaron al I Concurso Nacional de Trajes Típicos Regionales, celebrado en Lugo, obtuvo el cuarto premio, compartido con otro que nada tenía de particular, otorgado por un jurado al frente del que se encontraba el presidente de la comisión gestora municipal lucense, y que si por algo se distinguió fue precisamente por el desconocimiento total de las vestimentas regionales.El traje, que no obtuvo el primer premio, pese a gozar de la preferencia de los cientos de personas que presenciaron la exhibición y que lo consideraban vencedor sin duda alguna, presentaba un buen número de bordados en su mantela (delantal) negra de terciopelo. Los colores en los que estaba confeccionado eran tres: rojo, blanco y negro. Indudablemente su presencia difería ostensiblemente de la del traje típico tradicional gallego, y su estado de conservación era relativamente bueno, aunque, inevitablemente, su tejido presentaba algunas huellas por el paso del tiempo.

«Es una obra de museo. No creo que haya otro como éste en toda Galicia», comentó a EL PAIS la propietaria de otra indumentaria del siglo XVIII y que fue la que obtuvo el primer premio. La decepción de los espectadores se hizo visible a medida que eran conocidos los fallos del jurado, quien tampoco supo complacer a los lucenses presentes en el certamen, que vieron cómo se concedían premios a los representantes del País Valenciano, Andalucía o Burgos -«por el simple hecho de participar y por cortesía», a juicio de los asistentes-, mientras se olvidaban de hacerlo al casi medio centenar de participantes que lucieron vestimentas representativas de diversos lugares de la provincia y de Galicia.

Cincuenta y un participantes individuales y siete parejas concurrieron a esta reunión, que no presentó otra novedad que la de ofrecer una muestra de trajes gallegos, trajes regionales que no cuentan con una antigüedad exagerada, pero que sí muestran la peculiar manera de vivir y sentir, perfilándose así las distintas características de un pueblo, influidas siempre por las circunstancias del clima, configuración del terreno o modo de vida.

Al I Concurso Nacional de Trajes Típicos Regionales, organizado por la Asociación de Vecinos del distrito lucense de Sanfiz, con un presupuesto insuficiente de 600.000 pesetas, se presentaron un buen número de modelos que, en el mejor de los casos, sólo diferían unos de otros en los bordados hechos, más o menos cuidadosamente, a mano, y en los aderezos o elementos decorativos. Trajes como el de la siega, utilizado en el verano por la campesina gallega y que cuenta con el complemento de un pañuelo cruzado sobre el cuello para que no entren en el cuerpo restos de paja, y zuecas, y otros de gala en los que caben todas las variedades posibles de bordados en sus mantelas y dengues, inspirados en motivos gallegos. Quizá uno de los que llamó más poderosamente la atención fue el de las pescantinas, utilizado por las marisqueíras en sus faenas de recolección del marisco.

El resto de los atavíos presentados fueron los que los lucenses conocen bien por formar parte de la indumentaria habitual de todos los grupos folklóricos del País Gallego. Son los compuestos -con pequeñas variaciones- por blusa, pantalón o pololos, enagua, refajo, mantela, dengue (toquilla que cubre los hombros), pañuelo, medias, toca y zuecas o zapatos. En los aderezos o sapiños (pendientes y broches), desde los más sencillos, a los más sofisticados, estaban las mayores diferencias, al igual que en los bordados realizados a mano y que se conforman de acuerdo con el gusto de quien ha de utilizarlos.

El ganador de este certamen, que pasó con más pena que gloria y que no llegó a cumplir ni mínimamente con la expectación despertada, fue un traje utilizado a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX por los nativos de la comarca lucense de la Terra Chá, especialmente en las celebraciones religiosas. Presentaba la novedad, frente al tradicional, de un mantón bajo el dengue, y una folla a modo de mantilla blanca para cubrir la cabeza. Lo completaban un faldón verde, unas zuecas de maderas, medias cuidadosamente tejidas a mano, un rosario y un misal. La ropa interior que lo acompañaba databa también del siglo XVIII, cualidad con la que no contaba el más antiguo de los presentados.

Pese a los muchos premios repartidos, eljurado no acertó a dar con los gustos de los espectadores. Y aunque en este primer concurso de carácter nacional no pudieron verse grandes prendas, el resultado final pudo haber sido mejor. La escasa representación de otras regiones, así como la falta de trajes representativos de otras zonas de Galicia -como el típico espantallo hecho en paja o los atavíos masculinos, que no tuvieron más representación que la ofrecida por unos niños-, restaron interés a un certamen que iba a ser nacional y que se quedó en una pequeña muestra, para andar por casa, que incluso no agradó a los lucenses, que se fueron con la impresión de que el reparto de premios se había hecho por sorteo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 1979