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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

La fachada monolítica de la Iglesia en Polonia

Cuando pensamos en las Iglesias de la Europa del Este, desde nuestras libertades formales de democracias occidentales, fácilmente diseñamos a vuelapluma una especie de retrato-robot. Pretendemos encerrar expeditivamente toda aquella realidad, lejana y hasta casi exótica, en una síntesis apresurada. Así recogemos unos cuantos rasgos, tipo estandard, del catolicismo en Polonia. Iglesias rebosantes de fieles los días de fiesta, seminarios repletos de vocaciones, de tal forma que el número de los que se ordenan sacerdotes cada año sobrepasa con mucho, y aun duplica, el número de bajas por defunción. De esa multitud, creyente y piadosa, se destaca -y el papa Wojtyla acaba de hacerlo así también en su discurso en la catedral de Varsovia- la figura imponente del cardenal primado de Polonia, Stefan Wyszynski. Es la más alta representación de la jerarquía católica y como la personificación de la Iglesia en Polonia. Le imaginamos consciente de que sus predecesores, en las largas épocas de monarquía electiva, han venido siendo los regentes del reino, desde la muerte de un rey hasta la elección del sucesor.Dentro de esta síntesis de urgencia, que a veces, aun con buena intención, puede bordear una cierta caricatura, el cardenal Wyszynski sería un cardenal de hierro que permaneció bajo arresto domiciliario en los rigores de la época estalinista polaca. Se vería en Wyszynski al tenaz oponente de la ostpolitik del papa Montini. A esta imagen corresponden los comentarios que se hicieron cuando Pablo VI nombró, en 1967, cardenal a Karol Wojtyla. Había que compensar, se decía, dentro del episcopado polaco, la hegemonía inflexible de Wyszynski, con una mentalidad más joven y abierta, con el contrapeso del joven cardenal Wojtyla.

Contra las simplificaciones abusivas no queda sino el análisis. No puede ser minucioso. Tiene que reducirse a un recuerdo fragmentario de la historia. La invención de la ostpolitik no fue una corazonada del papa Juan, ni una inflexión política, decidida por Pablo VI y realizada con souplesse por la habilidad diplomática de la Secretaría de Estado. Diez años antes que Juan XXIII estableciera unas nuevas bases para las relaciones con los países del Este, un arzobispo polaco, Wyszynski, anudaba trabajosamente un acuerdo político (1950) con el Estado polaco, acuerdo que en principio todavía está hoy en vigor. Cuando los estalinistas polacos fueron desplazados por otros comunistas que acababan de salir de la cárcel (Gomulka), el cardenal Wyszynski, también liberado, buscaba la rápida reanudación de relaciones con los nuevos dirigentes. El acuerdo de 1950 no fue derogado, sino completado con nuevas concesiones (1956) por parte del Estado. Esta actividad de Wyszynski encontraba, sin embargo, en el Vaticano de Pío XII una acogida glacial. Cuando Wyszynski fue a Roma, en 1957, tuvo que guardar antesala cuatro días antes de ser recibido en audiencia por el papa Pacelli.

"Realpolitik"

La imagen, por tanto, de la Iglesia polaca y de su cardenal primado, como la de un hombre elementalmente inflexible, para quien el diálogo es una cesión vergonzante o expresión de ingenuidad paradisíaca, no corresponde a la realidad. Wyszynski conoce no sólo el peso real que la Iglesia tiene en su país, sino el techo concreto de autonomía que al Estado polaco establecen sus «hermanos mayores», los soviéticos, las fuerzas del Pacto de Varsovia o el Comecón. Como escribe R. Hotz en Orientierung, «el cardenal Wyszynski ha conocido, muy pronto, qué coordenadas espacio- políticas marcaban las posibilidades de Polonia. Con el sentido por el arte de lo posible que caracteriza su realpolitik, el cardenal primado ha comprendido y aprendido a no forzar excesivamente el arco de las exigencias de la Iglesia. Y esto ha sido apreciado justamente por el propio Gobierno». Y el propio cardenal, en una homilía programática del 6 de enero del año pasado, afirmaba: «La Iglesia no se afana por el poder ni quiere tampoco, como a veces se dice, construir una especie de Estado dentro del Estado... No pretendemos hacer de la Iglesia una institución de significación política.»

El caso Polonia tiene, desde luego, su especificidad propia. Se trata de una población que en su inmensa mayoría es católica (alrededor de un 90%), pero que ha aceptado el régimen comunista y ateo como un mal menor. Saben que la relativa libertad de la Iglesia en Polonia depende de la existencia del actual Estado. Por ello, la Iglesia polaca no está interesada en un Estado polaco demasiado débil, porque es precisamente ese Estado el que asegura la existencia de la Iglesia en su situación actual. Son estas observaciones de Hotz, que no conviene olvidar. Y, como afirma también Jüngel, «la resistencia contra el Estado solamente puede ser defensa del Estado contra el Estado».

Todo ello coloca en el primer plano de la reflexión no la protesta como expresión enrabietada de impotencia, sino la constatación de una realidad. El cardenal Wyszynski ha afirmado en repetidas ocasiones y últimamente, que la Iglesia en Polonia no está empeñada en luchar contra el actual orden de la sociedad o contra el Estado. En la Navidad de 1977 concluía su homilía con una frase verdaderamente significativa: «Algo está cambiando entre nosotros. »

¿Eurocomunismo polaco?

Sin embargo, la huida consciente de una excesiva simplificación no debería llevarnos en movimiento pendular hacia otra simplificación de signo distinto. Como si, por fin, se hubieran echado definitivamente los puentes para el diálogo y el ideal de una síntesis pacífica entre justicia social y derechos humanos (sin olvidar las libertades cívicas) estuviese ya echando sus primeros brotes. Como si el deshielo se estuviera produciendo vertiginosamente y sintiéramos ya en nuestras frentes la brisa prometedora de una nueva primavera, de un socialismo con rostro humano.

En un pueblo como el polaco, cuya historia está cruzada por tantas cicatrices doloridas, la ingenuidad no sólo sería un error. Todavía hoy la ostpolitik, tal y como es realizada por el Vaticano y sus nuncios volantes, produce en los polacos escepticismo y hasta inequívoco rechazo. Esta política del Vaticano les parece a la mayoría de los católicos en Polonia muy blanda, demasiado entreguista o excesivamente complaciente. No rechazan sin más un modus vivendi cuya necesidad real constatan y hasta propugnan. Pero quieren llegar a él desde su identidad propia, que no exhiben con agresividad, pero tampoco dosifican con pulcritud y buenas maneras. La población actual de Polonia no siente oleadas de entusiasmo por ciertos compromisos.

Todavía no hace mucho, el redactor jefe de un semanario católico (editado en Cracovia), Jerzy Turowicz, escribía: «Estaríamos siempre dispuestos al diálogo con los marxistas, pero hay que confesar que este diálogo resulta mucho más fácil en aquellos países en los que los comunistas no están en el poder.» Y, como recoge Lucbert en Le Monde, un intelectual católico polaco confesaba hace poco: «En 1956 creíamos que se podía reformar el socialismo marxista de manera que resultara, al mismo tiempo, eficaz y humano. Esta convicción ha desaparecido hoy casi por completo. La opinión está cansada de promesas demasiado optimistas ... »

La conciencia que un pueblo, como el polaco tiene de su pasado le obliga a abrir las puertas del futuro. Pero esto lo hará desde el realismo de una decisión adusta, sobriamente esperanzada, que dejó atrás la ingenuidad y no se ha enquistado en el resentimiento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 1979