Tribuna:Tribuna
i

Anteanoche

Arreciaba el frío anteanoche y Javier Solana se había puesto una camiseta debajo de la encorbatada camisa, una camiseta con la rosa del PSOE navegando así como escorada hacia la izquierda, simbólicamente, situada sobre el corazón. Eran momentos de apreturas, bullicios e incertidumbres, momentos tan tensos que el ordenador electrónico reventó momentáneamente a eso de las dos de la madrugada con un suspiro de agotamiento tras masticar tanto dato. Nazario Aguado lucía un gran esparadrapo en la cabeza, de resultas del choque con su auto, y recorría el Palacio de Exposiciones y Congresos musitando: «Tengo palpitaciones, tengo palpitaciones», sin que nadie supiera a ciencia cierta si se las motivaba el accidente o ese escaño volandero del PTE, que venía y se marchaba en el transcurso de la noche.Los datos no eran nada favorables para los socialistas en las horas tempranas del recuento así, en García Morato, la sede del PSOE, lo que iba a ser una fiesta se iba convirtiendo en vela obligatoria y tensa, aunque al filo de las dos de la mañana (justo cuando el ordenador vomitaba sus neuronas exangües y se paralizaba por momentos) las flores aún abundaban en García Morato, y estaban frescas y animosas muchas rosas por encima de las mesas de la sede. Tierno Galván, que estaba en el Palacio de Exposiciones, llamaba por teléfono y decía pausado: es menester esperar, los resultados cambiaran seguramente. Carrillo sonría con gesto malandrín y ojillos de encantador de serpientes, contaba dedo a dedo los escaño que esperaba ganar: «Tendremos cuatro más», se decía, en fulgor de la noche.

Los de UCD celebraban en hotel Eurobuilding una fiesta encorbatada, empolvada, perfumada. Descorchaban botellas de champaña con premonitorio orgullo, ansiosos de embriagarse de alcohol y de poder. Brindaban, sonreían, se repartía codazos cómplices, codazos de solaz y vehemencia suarecistas.

«Hay que ver -se decían-, hay que ver qué bien estuvo el presidente en el postre discurso», ese discurso televisivo en el que la ofreció nuevamente la dualidad eterna, o él o el caos: fue un discurso con ecos conocidos.

Arreciaba el frío cuando Fraga rompió una mesa en la sede de CD; allí quedó descuajeringada, anunciando la catástrofe, que los de Coalición Democrática estaban sacando menos, menos aún que la vez pasada, porque incluso el recordar la AP constituía una derrota. Y Areilza sentía quizá el peso de los años, que se le iba escapando la vida política con este jaque mate de la noche: «No me llamen señor conde -bramaba enfurecido-; tengo un apellido.»

Arreciaba la noche, la tristeza socialista y la diáspora cuando Martín Villa leyó los primeros resultados en el palacio, esos primeros resultados un tanto triunfalistas que después tuvieron un leve correctivo. Pero entonces, entonces Martín Villa expresaba su «vencemos y venceremos» con todos los gestos de su cuerpo, con su aire satisfecho, con su sonrisa de escolar aplicado a punto de recibir una medalla, reluciente de sudores de triunfo. Eran las cinco y pico de esa noche, y en García Morato las rosas estaban marchitas y pisoteadas. La mañana se anunciaba, el amanecer estaba cerca, y la sede del PSOE se vaciaba de personas que dejaban tras de sí un rastro de vasitos de papel arrugado, de trozos de tortilla pringando los rincones de las mesas. Y había en el ambiente como un rumor de tren que se aleja, de algo que pasó cerca para después perderse en la distancia.

Arreciaba el frío cuando los últimos socialistas de García Morato se retiraron a sus casas, y en el relente reinante, en esa amanecida helada y sucia, contemplaron los programas desgarrados y las flores deshojadas. Arreciaba el frío, pero ellos comenzaban ya a decirse: «No importa, ya llegarán tiempos más calientes.»

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 02 de marzo de 1979.

Archivado En:

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50