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Lluvia de fuego sobre el "camping" Los Alfaques

San Carlos de la Rápita (Tarragona) Lluvia de fuego en el camping Los Alfaques, de San Carlos de la Rápita, en Tarragona. Así definieron el macabro espectáculo de la explosión de un camión-cisterna de propileno los espectadores de excepción y los supervivientes de una catástrofe que ha costado la vida a cerca de 150 personas y heridas a más de quinientas. Todo empezó con un pinchazo en una rueda delantera del camión, un principio de incendio, dos explosiones continuas y gigantescas, una nube de humo blanco y lluvia de fuego sobre un radio de trescientos metros, cuyos efectos fueron calificados similares a los de las mortíferas bombas de napalm.

En menos de un minuto la mitad del camping de Los Alfaques, con cabida oficial para 260 personas y, al parecer, muy superado en su aforo, quedó arrasado por el chaparrón de propileno ardiente, cuya temperatura de ignición se sitúa próxima a los 1.500 grados. El camión de la muerte exploxionó a las dos y media de la tarde y proyectó hacia uno y otro lado de la carretera su mortífera carga. A la izquierda, doce chalets y una discoteca quedaron arrasados. A la derecha, la mitad del camping, donde almorzaban en bañador varios centenares de personas, sufría la tormenta de fuego y humo, calcinando al instante, en segundos, los cuerpos de casi un centenar de hombres, mujeres y niños y causando quemaduras de alta gravedad a centenares de personas en vacaciones, venidas muchas de ellas de Alemania Federal, Bélgica, Francia y Gran Bretaña, y entre las que se encontraba un número importante de catalanes y valencianos de localidades próximas a Tarragona.La confusión y el pánico se impusieron en el camping en medio de una humareda blanca. Los heridos, con la piel arrancada a tiras, fuego en el cuerpo y en el pelo, los ojos cerrados, se arrojaron al mar en busca de agua que aplacara sus dolores, lo que tendría un posterior efecto negativo en sus posibles curas. Otros, sumidos en el horror y dolor, buscaban a sus hijos y familiares expresándose cada uno en sus respectivos idiomas, lo que aumentaba la confusión y daba un aspecto macabro al espectáculo de personas desfiguradas por el fuego en busca de los suyos, de socorro y de la salida de la intensa humareda surgida de un fuego que no acabó de perecer hasta las primeras horas de la madrugada de hoy, ahogado entre las cenizas.

La lluvia de fuego tuvo, por otra parte, otros aliados nada despreciables en la conformación de la catástrofe: cerca de cien coches y roulottes y numerosas cocinas de gas fueron explosionando al contacto de la torrencial caída de llamas, produciendo una segunda e intermitente descarga de detonaciones por simpatía que, a modo de traca baja, acosaba a quienes intentaron salir del infierno inesperado.

Primeros auxilios

La cisterna y el camión se partieron en pedazos icandescentes que llegaron a realizar, en algunos casos, un vuelo superior a los quinientos metros. Un edificio de de pendencias del camping situado en el centro del campamento consiguió evitar, con su medio derrumbamiento, que la catástrofe se extendiera a todo su territorio. Un cráter de dos metros de profundidad y de veinte metros de radio enmarcan el núcleo mortífero más importante del camping, en torno al cual se encontraron mutilados, reventados y calcinados, numerosos cadáveres de mujeres, hombres y niños difícilmente identificables. Muchos de los muertos se encontraron rígidos con sus pies y brazos articulados en posición de sentados, porque la mayoría de las víctimas se encontraban alrededor del almuerzo que siguió al baño en la playa. Los cuerpos calcinados fueron recuperados en el mar, en la playa y en las duchas, algunos en las palmeras del camping, que han quedado destruidas. El panorama era indescriptible.

No menos impresionantes fueron las primeras operaciones de rescate y socorro de los heridos. Ambulancias, helicópteros, coches particulares y los vecinos del lugar se precipitaron sobre los heridos. Estos, quemados por completo por estar en bañador y sin ninguna protección corporal, intentaban, cada uno en su idioma, pedir ayuda para ellos y, a la vez, buscar a sus familiares.

«Ha sido un baño de napalm, gritaba uno de los testigos y supervivientes del camping donde la histeria completaba el macabro espectáculo que ha diezmado familias en vacaciones. La urgencia de las prestaciones sanitarias separaba a padres e hijos supervivientes enviados de urgencia a Castellón, Valencia, Tarragona y Barcelona. Varios pequeños han quedado huérfanos y están a buen recaudo en el seminario de Tortosa, otros yacen con sus padres en el cementerio de esta localidad con sus cuerpos calcinados y envueltos en mantas que los vecinos de San Carlos de la Rápita ofrecieron inmediatamente para cubrir los cuerpos de las personas fallecidas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de julio de 1978

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