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La enseñanza del castellano en Francia atraviesa serias dificuItades

Poco después de la visita del rey Juan Carlos a Francia, Henry Bonneville, presidente de la Sociedad de Hispanistas Franceses, se preguntaba en Le Monde (2 de noviembre de 1976) sobre las razones por las que, pese a la legislación vigente al respecto, la enseñanza del español en Francia mantiene su grave tónica descendente de los últimos años.

El señor Bonneville ilustraba su artículo con unas elocuentes cifras relativas a las plazas de catedráticos y agregados de español en la enseñanza secundaria. En efecto, por lo que respecta a las cátedras, las 86 plazas de 1973 pasaron a ser 70 en 1974; 45 en 1975 y 20 en 1976. En cuanto a las agregadurías, las 213 plazas de 1973, tras un proceso de disminución similar, pasaron a ser 70 en 1976.La voz de alarma del presidente de los hispanistas franceses no debió producir demasiado efecto, cuando, según nuestros datos, en el presente año y sumadas las dos categorías, el número de plazas de profesores de español en la enseñanza secundaria francesa no pasa de sesenta.

El innegable progreso del estudio de la cultura y la lengua españolas en la enseñanza universitaria, a partir de los años 50, en virtud de la labor de los ilustres hispanistas franceses, Salomón, Mas, Morel, Pérez Andioc y el propio Bonneville no ha guardado la más mínima relación, aun al contrario, con el cultivo de nuestro idioma en la enseñanza secundaria.

Henry Bonneville, que señalaba en el mencionado artículo cómo el porcentaje de estudiantes de español en Francia disminuía cada año no sólo como primera lengua extranjera, sino también como segunda, en beneficio del binomio inglés-alemán, apelaba a argumentos de carácter económico para convencer a las autoridades de la administración francesa sobre la conveniencia de potenciar el estudio de una lengua hablada por un mercado potencial de trescientos millones de personas.

Tampoco se corresponde la pujanza del hispanismo en el nivel universitario, reducido al ámbito de las carreras de la enseñanza, con una presencia mínimamente importante entre las élites científicas formadas en las Grandes Ecoles. En estas instituciones, la mayoría de carácter privado y de donde salen los ejecutivos de las grandes empresas industriales y los dirigentes de la Administración, no admiten el idioma español ni siquiera como última opción. El propio presidente Giscard, formado en la Politécnica, uno de los centros de formación de dirigentes de mayor prestigio en Francia, puede servir de ejemplo. El señor Giscard puede mantener una conversación con el rey Juan Carlos en francés, inglés o alemán, pero no en español.

Entre los hispanistas franceses lógicamente atentos a todos los aspectos del tema, se suele comentar que, en el terreno diplomático, sólo los militares se esfuerzan por estudiar con interés el idioma español y, apurando el argumente económico, se añade que este hecho evidencia una limitada visión de las relaciones comerciales entre los dos países.

Volviendo a las observaciones de Henry Bonneville, éste apuntaba que, pese a que no podía poner se en duda la buena voluntad de la Administración central, en cuanto a que sus disposiciones y norma sobre los idiomas extranjeros en los planes de estudio franceses estaban perfectamente ajustadas a derecho, la realidad es que a la hora de poner en práctica dichas disposiciones las cosas adquirían un tono muy diferente.

Bonneville empleaba la palabra «disuasión» para referirse a la actitud adoptada por los directores de los liceos y academias ante la demanda de clases de español.

De hecho, fuentes próximas a la Sociedad de Hispanistas Franceses han señalado a EL PAIS que, en efecto, se pueden señalar los nombres de muchas instituciones escolares francesas cuyos directores se muestran más propicios a montar una clase de enseñanza de idioma ruso con diez o quince alumnos que una de español con treinta. Y añaden algo que todavía parece más grave: que no es infrecuente que los directores de los liceos traten de disuadir a los alumnos que escogen el español como primer idioma extranjero apelando a su inteligencia, a su capacidad intelectual e incluso a su categoría social. Se les dice, por ejemplo, que «si escoges el español te verás obligado a convivir con hijos de emigrantes españoles».

Es arriesgado, con todo, prestar demasiado crédito a estos hispanistas celosos, los cuales trazan una línea divisoria entre el norte y el sur del país a la hora de explicar las dificultades con que tropieza la enseñanza de la lengua de Cervantes en Francia. Según ellos, en el norte se trataría de una trasnochada xenofobia y, en el sur, de una reminiscencia más de las ya tradicionales rivalidades entre las economías agrícolas.

Sean cuales sean las causas, es muy probable que el español, como primer idioma extranjero en colegios e institutos, no llegue a alcanzar el 1% de todo el alumnado nacional. Como segundo idioma, sigue anclado, desde hace cerca de veinte años, en un 30%, porcentaje similar al del idioma alemán.

Supuestas xenofobias aparte, los libros para la iniciación en el idioma español son un excelente muestrario de una visión absolutamente panfletaria de la realidad española y hasta (le su paisaje. Contra viento y marea y ¿Qué tal, Carmen? son los títulos, suficientemente expresivos, de dos de los más conocidos y usados. La mayoría de estos libros revelan, por otra parte, cómo el aislamiento a que se somete a un determinado régimen político comporta casi siempre de modo inexorable el aislamiento de la cultura y del pueblo que padece ese régimen político.

Es pronto todavía. para saber si la reciente visita del presidente Giscard a España podrá tener alguna repercusión importante en el mejoramiento de las relaciones culturales entre los dos países, de cuyo estado actual los problemas que padece la enseñanza del castellano en Francia no son más que un síntoma entre otros muchos.

Los hispanistas franceses vienen pidiendo desde hace tiempo un tratado cultural de la misma entidad, cuando menos, que el que rige actualmente las relaciones franco-alemanas en ese campo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 1978

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