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El vendaval se sumó a los problemas de una novillada mansa

Sencillamente, no se podía torear. El vendaval que hubo ayer en Las Ventas (Ventas, de viento), sobre todo durante la lidia de los los primeros novillos, hacía tan peligroso como inútil el esfuerzo de los toreros. Novillos que, además, resultaron difíciles, con un montón de problemas.Al de Pedro Giraldo le dieron lidia infame y pudo adquirir todos los resabios del mundo. Aunque le pegaron duro en varas, y manseó cuanto hay que mansear, en el tercio siguiente se fue arriba y con sus arrancadas rápidas y poderosas pudo armar un desaguisado, pues Giraldo, que había cogido los palos, .es un desanimado y vulgarón banderillero. Alguien del extenso santoral debió estar al quite. Resultante de todo lo anterior, el novillo fue a menos en la muleta, no tuvo fijeza, y el espada le trasteó con demasiados nervios. En el cuarto, de cuajo imponente, hubo unas buenas verónicas de manos bajas, a cargo de Giraldo, y poco más hubo, pues este torero no aprovechó con la muleta las contadas embestidas boyantes y prolongó innecesariamente la faena, con pases embarullados, sin ton ni son.

Plaza de Las Ventas

Novillos de Leopoldo Picazo de Malibrán, grandes, comigachos, con poder y genio, mansos. Pedro Giraldo: Estocada corta perpendicular (aviso) y pinchazo (silencio). Dos pinchazos y estocada corta contraria (silencio). Chinito de Francia: Pinchazo, estocada tendida y caída, dos descabellos (primer aviso), otros cuatro descabellos (segundo aviso), un descabello más pinchazo y estocada corta. Dobla el novillo cuando se rebasa en más de un minuto el tiempo para el tercer aviso (algunos pitos). Pinchazo, estocada baja de la que sale arrollado, rueda de peones y dos descabellos (algunos pitos). Manolo Sales: Estocada corta, tendida y baja, rueda de peones, dos pinchazos muy bajos, metisaca (aviso, con casi un minuto de retraso) y bajonazo (silencio). Pinchazo bajonazo, rueda de peones y tres descabellos (silencio).Presidió, en general con acierto, el comisario Mantecón, aunque estuvo muy desigual en los tiempos de los avisos.

Una larga cambiada de rodillas al segundo fue todo el lucimiento que consiguió Chinito de Francia en una tarde verdaderamente aciaga. El picazo picajoso, violento y berreón, era un «regalo», y además el viento azotaba entonces más fuerte que nunca. Al Chinito se le presentó un dilema insoluble: si se ponía al abrigo del viento, junto a tablas, tenía que vérselas con los derrotes defensivos del animal: si planteaba la faena donde las condiciones de éste requerían, en los medios, las ráfagas de aire hacían imposible el manejo de la muleta. Y para más molestar, la res aprendía, lo aprendía todo, hasta la raíz cuadrada del volapié y los logaritmos del descabello. Una estocada tendida: no fue bastante para abatirla y el matador, que creyó lo contrario, hizo uso de la espada de cruceta. Se equivocó: ni estaba herido de muerte el novillo ni, sobresaliente cum laude en logaritmos, se dejaba descabellar. Si no volvió vivo al corral fue porque al presidente Mantecón se le paró el reloj cuando iba a dar el tercer aviso (y eso que, según él, usa dos; serán de plomo). Chinito de Francia ganó terreno al quinto en unos ayudados de castigo, hasta los medios, pero inmediatamente se descompuso, quizá porque en aquel terreno pesaba mucho el genio y. la embestida brusca del novillo.

El lote más parejo en cuanto a lámina, y la res más manejable, fue para Manolo Sales, quien a su primero, el manejable dicho, le porfió hasta vencer su tarda embestida y meterlo en la muleta, para tres meritorias tandas de derechazos, alguno de los cuales poseyó calidad. El sexto cortaba terreno, pero el espada valenciano no perdió los papeles, probó el toreo fundamental con ambas manos y macheteó con eficacia. Con la espada, en cambio, más que matador fue toricida: apuntaba los mandobles al chaleco; cosa tabernaria y mala.

Grandes, varios de ellos aparatosamente grandes, eran los novillos de Leopoldo Picazo, e infundían mucho respeto, aunque a su vez fueran cornigachos. Al que más guerra dio -el segundo- parecía que le habían planchado la cara. Poderosos, resistieron puyazos en número muy por encima de los reglamentarios, no se caían, y el quinto derribó. Con casta y genio, no se entregaban. Pero mansos también, presentaron problemas en todos los tercios. Acaso sin tanto viento, y lidiados a conciencia, habrían dado mejor juego, pero esto, claro, no pasa de ser una especulación. La realidad es que resultaron difíciles; demasiado difíciles para la tauromaquia que se traían aprendida los tres espadas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de abril de 1978

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