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Crítica:SEMANA DE CINE IBEROAMERICANO DE HUELVA

"El Topo", insólita y genial película

Hoy se clausura la Segunda Semana de Cine Iberoamericano con la traca final de los premios (uno por votación popular y otro concedido por el jurado) y la proyección de La vía lactea, de Luis Buñuel.La participación española que inicialmente preveía la proyección de La nova cançó y Gulliver, de Bellmunt y Ungría, respectivamente, ha sido modificada a última hora puesto que Gulliver no había solucionado los últimos trámites administrativos. Al parecer, se presentó a censura en el transcurso de esta misma semana que ahora acaba. En su lugar se proyectará La siesta, de Jorge Grau.

El viernes se exhibió una de las películas más insólitas del certamen: El topo, de Alejandro Jodorowsky, cocreador, con Arrabal y Topor, de lo que se viene a llamar Movimiento pánico.

Lo insólito de El topo comienza por su espléndida escenografía, su sorprendente plástica y su enorme humanismo. Si a ello se le añade su condición de ópera prima de su autor, la perplejidad del arriba firmante no tiene límites.

Jodorowsky utiliza los textos sagrados del cristianismo, de imágenes bellísimas, inmersas, en una narrativa clásica del cine: El western.

Normalmente cualquier intento de traslación del discurso cinematográfico a la lengua escrita, parte ya abocado al fracaso por el desequilibrio de lenguajes; en este caso, la impotencía del que utiliza la palabra resulta absoluta. El topo no puede ser narrado, ni siquiera analizado y ello por varias razones: en primer lugar, porque analizarlo presupone incluirlo en el ámbito de la cultura, y el filme de Jodorowsky -conclusión de un laborioso razonamiento cultural- trasciende los límites de lo que en su sentido occidental entendemos por cultura, para adentrarse en ámbitos distintos. Su autor no sólo conoce perfectamente los textos bíblicos, la filosofia o alguna de ellas, oriental y en definitiva todos los componentes de lo que se vino a llamar contracultura, en su acepción más inteligente, sino que posee también un instinto plástico que, a nuestro juicio, está vinculado a las experiencias y vivencias alucinantes, rayanas por tanto a lo irracional.

Y en segundo lugar, porque la película admite todo tipo de interpretaciones, tantas como espectadores la contemplan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 1976