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La última enseñanza de María Sánchez Arbós

En pleno verano madrileño, como sin querer que nos enteráramos, murió a los 86 años, una de las personas más ejemplares de la España de este siglo: María Sánchez Arbós. Su nombre apenas dirá nada a la mayoría de los lectores; precisamente por ello creemos que es de justicia dar a conocer la vida y la tarea de esta mujer excepcional.María Sánchez Arbós dedicó 51 años completos de su vida a una única labor: la enseñanza, concretamente en la escuela primaria. Aragonesa de nacimiento, nada más terminar la carrera de Magisterio inicia sus clases en una escuela de párvulos del Ayuntamiento de Zaragoza, y en 1913 obtiene una plaza como maestra del Estado en La Granja. Allí sufrirá la primera decepción: la directora la prohíbe dar clase a sus niñas en una pradera cercana a la escuela.

Necesitaba venir a Madrid para prepararse mejor. Y aquí tendrá lugar la gran revelación, cuando asiste entusiasmada a una conferencia de Cossío sobre El maestro, la escuela y el material de enseñanza. Después de ingresar en la Escuela Superior de Magisterio, entra en contacto inmediato con la Institución Libre de Enseñanza y la Residencia de Estudiantes, donde encuentra la confirmación y el aliento para la tarea educativa que se propone desarrollar. Desde su creación en 1918, María enseña en el Instituto Escuela, surgido al amparo de la Institución. Es entonces cuando comienza a anotar en un cuaderno, de forma esporádica, sus alegrías y fracasos en la escuela. Ese cuaderno-diario le acompañará ya siempre.

En 1961, ya anciana y apartada de la enseñanza, decidió dar a conocer aquellos cuadernos en que había plasmado su vida de maestra. El libro, titulado Mi diario, se imprimió en México en una limitada edición de cien ejemplares, costeada por ella misma, y, que muy pocos hemos tenido la oportunidad de conocer. Muchos lectores de hoy se conmoverían con sus páginas: ahí queda la sugerencia para las editoriales.

Volvamos atrás. Después de pasar ocho cursos como profesora de las escuelas normales de La Laguna y Huesca vuelve a Madrid con añoranza de la escuela primaria, su auténtica vocación. María alcanza por fin lo que ha sido su gran ilusión: dirigir un grupo escolar, aunque no podía imaginar que precisamente iba a confiarle la dirección del Francisco Giner de los Ríos. Sus aulas, en la Dehesa de la Villa, fueron inauguradas por el presidente de la República, el 14 de abril de 1933.

En seguida su imparable actividad se pone en marcha. Cientos de ideas bullen en su cabeza, destinadas siempre a hacer de la escuela un centro de y para los niños, «una reunión de almas que conviven para hacerse felices unas a otras». Implanta la coeducación, pone en marcha -¡en 1933!- una asociación de padres, consigue duchas y una cantina para los alumnos, batalla contra la Inspección para, apretando el horario al máximo, lograr que ni un solo niño del barrio se quede en la calle... Es la plenitud de su entusiasmo.

Llega septiembre de 1936 y, a pesar de todo, el Grupo Escolar abre de nuevo sus puertas. «Cuan do me encierro aquí, me parece que olvido hasta la cruel guerra que estamos sufriendo. » Los niños ponen en sus cajones un gorro de miliciano, algunos el corraje y una pistola de juguete. María se pregunta qué neutralismo puede tener la escuela en semejantes circunstancias. El 8 de noviembre cae en uno de los torreones del edificio el primer disparo de cañón. Pocos días después, la escuela es ocupada militarmente por la columna Durruti. Desolada, acude un día para rescatar su Diario, el retrato de don Francisco y las llaves de la escuela. Reanuda su Diario en 1945.«Mi escuela ha sido deshecha, los niños disueltos... yo encarcelada. ¿Razón? No he podido averiguarla todavía. » Desde que quedó absuelta en 1941 tuvo que recurrir, para salir adelante con su marido y sus cinco hijos, a las clases particulares. En 1952 fue rehabilitada -y no a petición propia- en el escalafón de maestros nacionales del que había sido depurada. Su nuevo destino es una miserable escuela en el pueblecito de Daganzo, adonde acude con sus 64 años a la espalda, pero con la misma ilusión del primer día, que no se apagará nunca en ella. En 1959 todavía tendrá humor para decir: « La ley me obliga a jubilarme.)

Fue una persona que dedicó toda su vida, con enorme sencillez y en medio de dificultades sin cuento, a la tarea de llevar adelante una escuela, con una pasión por los niños que jamás desmayó. Toda su «doctrina» cabría en estas palabras: enseñar a ser persona, educar en la libertad, en el amor por la bondad y la belleza, en el respeto mutuo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de noviembre de 1976