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Reportaje:

La peste del año 2000

«Es peor que la peste. ¿Qué habremos hecho nosotros para merecer este castigo?». «Deberían meterlos a todos en la cárcel como criminales peligrosos, y no sólo a los dos dirigentes que ya están arrestados, sino también a los que se encuentran en Suiza o en América.» Es lo que dice la gente de Seveso, de Meda, de Desio, pequeños pueblecitos de la periferia milanesa. Millares de, personas obligadas a dejar su casa de un día para otro porque en la vecina fábrica de Meda, ICMESA, filial de la compañía suiza Givaudan, que daba trabajo a cerca de doscientas personas, hubo una fuga de gas pelígrosísimo, la dioxina, de efectos incontrolados. La gente habla de este enemigo que no ve, que inesperadamente ha cambiado sus vidas. Habla también, con rabia, de otros enemigos: aquellos que sabían que en Meda podía producirse la calamidad más impresionante de nuestros tiempos, una catástrofe que sólo la fantasía de un novelista de ciencia-ficción podía imaginar. Neliana Tersigní relata desde su inicio el absurdo suceso de Milán.

La nube misteriosa apareció alrededor de las doce y media. En Italia se almuerza pronto, Y en el norte, particularmente pronto. Las gentes de Meda, Seveso, Cesano y de otras localidades a pocos kilómetros de Milán estaban aquel sábado, 10 de julio, sentadas a la mesa, como todos los días. Al principio se escuchó un silbido lento y agudo, igual al que produce el balón de un niño cuando se desinfla, pero agigantado. Después apareció la nube.

En menos de un cuarto de ahora esa nube fantasma se apoderó de todo, de casas y calles, hasta envolverlas en una atmósfera algodonosa. Era como si en aquel cálido día de julio hubiese caído, Inesperadamente, la niebla más espesa de] invierno más riguroso.

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«Cuando la nube llegó. estábamos comiendo», cuenta Roberto Lanzini, obrero de Desio. «El olor era insorportable y no podíamos siquiera mantener los ojos abiertos. Nos precipitamos a cerrar las ventanas. Fuera no se veía nada; sólo una sustancia blanca.»

En aquellos momentos nadie concedió mayor importancia al fenómeno. Sin embargo, constituía una de las catástrofes más inquietantes de nuestro tiempo, tanto más angustiosa cuanto que sus consecuencias, a largo plazo. son incalculables. En una fábrica de Meda, ICMESA, había saltado la válvula de un dispositivo de seguridad, y esto hizo estallar un recipiente que contenía tr¡clorofenol, sustancia bastante peligrosa, pero no letal. Lo que los científicos no descubrieron hasta algunos días más tarde era, sin embargo, de una gravedad no parangonable: en la explosión del triciorofenol se había generado otro gas, de nombre larguísimo e impronunciable, el tetracloribenzoparadioxina, más simplemente conocido como dioxina o TCDD. Su empleo está prohibido incluso en la guerra, porque todavía no se sabe con certeza qué consecuencias produciría con los años en el organismo humano y cómo puede modificar los cromosomas.

Se cree que para exterminar toda la población de Nueva York (catorce millones de habitantes) basta con doscientos gramos de TCDD vertidosen las conducciones de agua. Por otra parte, los defoliantes empleados en Vietnam contenían una mínima cantidad del gas TCDD, y no en estado puro. La nube fantasma que turbó la comida de los tranquilos habitantes de la periferia milanesa, contenía cerca de dos kilos.

Sin embargo, aquel sábado, 10 de julio, los habitantes de la zona y los automovilistas paralizados por la niebla imprevista no pensaron ni por asomo en la calamidad que se abatía sobre ellos. Se limitaron a lanzar cuatro improperios contra la industria en general y contra la contaminación atmosférica en particular, y luego volvieron a su descanso semanal. La zona está habitada por obreros de las fábricas circundantes Y por campes¡nos que cultivan sus huertos y crían algunos animales. La mayoría de ellos se han construido sus propias casas trabajando en los días de fiesta.

Un veneno que no perdona

Pasaron aún días hasta que la dirección de ICMESA dio la alarma. La fábrica, nacida en 1945 para producir perfumes, fue vendida en 1969 a la firma suiza Givaudan, con sede en Zurich y varias filiales en Estados Unidos. Con el cambio, ICMESA pasó de los perfumes a los cosméticos y a los productos quimicos en general. Se dice, sin embargo, que su gemela norteamericana fabrica sustancias defoliantes, semejantes a las utilizadas por Washington en la guerra de Vietnam. El TCDD provoca los mismos efectos.

Mientras desde Zurich se lanzaba un SOS («nuestro primer interés es limitar los daños», afirmaron los abogados de la empresa), los médicos de la zona advertían a las autoridades provinciales y a las de la región lombarda sobre los extraños fenómenos que estaban registrándose en proporción creciente. Mujeres y hombres. no importa de qué edad, cuya piel había estado expuesta siquiera brevemente al gas de la nube sufrían terribles quemaduras que ningún producto conocido podía aliviar. Los síntomas eran inequívocos aunque inexplicables: ampollas encarnadas en la epidermis. con una vejiga blanca en el centro, y, además, diarreas, vómitos y náuseas.

La explicación fue fácil cuando se conoció el dictamen, espantoso. sobre lo que contenía el gas de ICMESA: un veneno que no perdona, que puede matar o no pero que siempre deja huellas, contra el cual no se conoce antídoto alguno. No es soluble en el agua y tiene una enorme capacidad de penetración en la tierra y en las plantas. Se impregna en la ropa, en los objetos, en los muros de las casas y nada puede arrancarlo de ahí. Sólo la exposición de años y años al sol lo hace inofensivo. Que se sepa, ataca a los riñones, al hígado y, la vesícula, produce enfisemas pulmonares y. como no podía ser menos, cáncer. Se ignora aún qué deformaciones pueda producir no ya en el feto de las mujeres gestantes, sino sobre los genes de las personas contaminadas.

Los dos directivos de ICMESA, el suizo Erwig Zwehl y el italiano Paolo Poletti, fueron arrestados en seguida. Inesperadamente se descubrieron irregularidades en el mantenimiento de la fábrica. Mientras tanto, la Givaudan suiza anunciaba que sus laboratorios trabajaban a todo ritmo para prevenir y contener las consecuencias de la catástrofe. Al mismo tiempo ofrecía centenares de millones de ¡iras a los municipios afectados.

La peste del año 2000

La gente, que al principio había vivido el fenómeno como una novela de ciencia-ficción, no alcanzaba a darse cuenta de la gravedad de un enemigo que no veía. Estaban las quemaduras en la piel, las diarreas, los vómitos y las náuseas, todo esto era evidente Pero ni siquiera cuando las autoridades prohibieron, de un día para otro, comer las verduras de la zona, hubo alguno que creyera realmente en el peligro.Fue sólo la muerte de los animales la que hizo cundir el pánico. Los pájaros de la zona parecían borrachos y morían como moscas Las moscas, por cierto, habían desaparecido por ensalmo. Después comenzaron a caer por centenares los conejos y las gallinas, y a continuación las vacas y las cabras. Una tragedia.

«De mis dos gatos», cuenta un campesino «uno lo encontré muerto días después de aparecer la nube. Estaba tieso en medio de la hierba calcinada, y cuando intenté recogerlo, se me desmembró. Me quedé con el rabo entre las manos. Lo sepulté y cuando en el Ayuntamiento me dijeron que lo desenterrase para examinar la carroña, escarbé la tierra, pero sólo encontré la cabeza. El resto del cuerpo se había deshecho. Luego le llegó el turno al perro, un perro lobo de magnífica estampa, grande y afectuoso. A raíz de la nube estuvo quince días prácticamente inmóvil; le temblaban las patas, vomitaba y tenía diarrea. Después enloqueció y no ha permitido que se le acercara nadie. Ahora tiene los ojos inyectados en sangre y ha destrozado ya dos cadenas. No lo hemos matado, pues las autoridades quieren mantenerlo en observación. Pero es una pena sentirlo aullar dentro del sitio donde está recluido.»

No podemos ir desnudos

En fin, María Teresa Galli, de 35 años vecina de Seveso, ha muerto en un hospital Según el certificado médico, de asma bronquial. Pero parece que la causa desencadenante ha sido el fatídico TCDD.

La alarma es ahora general. La gente puede creer en el peligro o no creer, pero las autoridades están decididas a evacuar la zona. Entonces estalla la polémica. Los ¡talianos descubren, estupefactos e indignados, que una parte de Lombardía (nueve millones de habitantes), ha quedado como Vietnam después de los bombardeos con defoliantes. Todos quieren saber de quién es la culpa. Comienza así el descargo de responsabilidades, el peloteo entre las autoridades sanitarias de la provincia, de la región, y del Ministerio. El Gobierno recién formado anuncia leyes especiales para la región. Entretanto centenares de personas abandonan sus hogares, sin saber cuándo podrán volver.

Diez días después de la fuga del gas, la Givaudan hace saber desde Zurich que los únicos especialistas capacitados para examinar el terreno e intentar hacer menos peligroso el TCDD son los técnicos de la Cremer Warner and Company, de Londres. En efecto, el único caso de fuga de dioxina que se recuerda en aquellos momentos se ha dado en Inglaterra, en 1968, en una fábrica de la British Coalite, donde alrededor de 80 operarios fueron inmediatamente desintoxicados y puestos en cuarentena. Sólo que la factoría fue totalmente destruida y sus restos enterrados junto a la maquinaria empleada para demolerla.

Se hace llegar con urgencia a dos especialistas: el doctor David Train y el químico Frank Jackman. Alguien ha pensado incluso en la intervención de la OTAN. Un amigo ha telefoneado al embajador estadounidense en Roma, John Volpe, pidiéndole que Estados Unidos aporte su experiencia en casos de gas tóxico. Desde Roma se desplazan efectivos de la división NBC del Ejército (nuclear, bacteriológica y química) con lanzallamas cargados de napalm. Es el único modo, se explica a los periodistas, para destruir la vegetación contaminada, que nadie podrá salvar ya. Pero el napalm destruirá igualmente los edificios y enseres. Significa que millares de personas se quedarán sin sus efectos personales, como si la guerra hubiera pasado, devastadora, por sus hogares.

Entretanto se prepara la. evacuación. Los primeros en irse son los 370 vecinos de Seveso. No pueden hacer siquiera las maletas. Se les ha prohibido llevar incluso sus ropas, pues pueden contener restos del enemigo número uno, el TCDD.

No obstante, algunas amas de casa preparan para la marcha ciertas cosas: las sábanas sin estrenar, el abrigo bueno. «No podemos ir desnudos», se justifican. «Y después, cuando volvamos, sabe Dios qué encontraremos», añaden, con la congénita desconfianza campesina.

La zona terminará siendo acotada con alambre de espino. Carabinieri, cuyos uniformes serían quemados más tarde por miedo al contagio, montan guardia. Los vecinos de Seveso abandonan sus hogares con lágrimas en los ojos. Es el 27 de julio, poco más de dos semanas después de aquel maldito día. Muchos de ellos no alcanzan a comprender por qué deben abandonar su propiedad, las pocas cosas que se han hecho a sí mismos con esfuerzo de años. Antonio Bruno, un obrero, suspira mientras cierra la puerta de su casa. «Es amargo dejar todo», dice. «Las casas y las calles las hemos construido trabajando domingos y días de fiesta. Incluso el puente sobre el riachuelo lo hemos levantado a nuestras efpensas. Ahora quién sabe cuándo podremos volver a nuestro pueblo.»

La suerte de los habitantes de Seveso le toca poco después a los de las zonas vecinas. Seiscientas personas tienen que abandonar su hogar, y el rectángulo se hace cada vez más grande. Ahora comprende decenas y decenas de hectáreas. Amenaza ya con extenderse a Cesano (15.000 vecinos), importante centro industrial.

Los evacuados encuentran refugio provisional en Milán. El Leonardo da Vinci, hotel de lujo, está atestado. Lo paga todo la Givaudan. «No es una indemnización», afirman siempre los abogados de la sociedad; «sólo intentamos hacer menos grave la responsabilidad de los dos arrestados». La magistratura ha abierto, mientras tanto, una encuesta sobre la actividad de ICMESA. La opinión pública se pregunta incluso si se ha llegado a producir material bélico para Vietnam.

Peligro para las futuras generaciones

Pronto suena una nueva señal de alarma, todavía más dramática si cabe. ¿Cómo nacerán los hijos de las mujeres gestantes que han sido contaminadas por el TCDD? Nadie puede decirlo, responden los expertos en genética. Entretanto aconsejan (es más, dicen que es necesario) no concebir al menos durante los próximos tres meses.

Centenares de mujeres en los primeros meses del embarazo guardan cola en los hospitales para someterse a reconocimiento médico. En el Parlamento, las diputadas Emma Bonino, radical, y Susanna Agnelli, republicana, piden que se admita el aborto para las mujeres de la zona vietnamizada. «Hemos comenzado ya a practicarlo en el lugar», afirma, en Montecitorio, Emma Bonino. La diputada, recién elegida, forma parte del grupo feminista CISA, que practica ya interrupciones de maternidad. Emma añade, desafiante: «Y continuaremos haciéndolo incluso sin la legalización.» «La mujer debe elegir por sí sola», declara el democristiano Vittorio Rivolta, responsable sanitario de la región lombarda.

La gente no comprende lo sucedido. No comprende cómo una nube grisáceoblanquecina ha podido cambiar su vida en un sábado tranquilo de julio. Se pregunta sobre todo de quién es la responsabilidad de una catástrofe cuyas secuelas pueden alcanzar incluso a los nietos aún no engendrados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 1976

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