Reportaje:MONTREAL 76

Los equipos, de países socialistas volvieron a copar las medallas

Renovarse o morir es la alternativa del fútbol olímpico para los Juegos de 1980, a celebrar en Moscú. Las normas del COI -Comité Olímpico Internacional- sobre selección de jugadores participantes necesitan modificaciones sustanciales si se quiere conservar esta disciplina de equipo en el marco de las competiciones. Desde 1948 no consigue adjudicarse un equipo occidental el primer puesto en unos Juegos Olímpicos. Nunca una selección de algún país del «telón de acero» ha ganado el Campeonato del Mundo.

En 1948, en los Juegos. Olímpicos de Londres, Suecia se proclamó campeona; segunda clasificada fue Yugoslavia, y tercera, Dinamarca. Ese año marcaría. el fin de la hegemonía occidental en el fútbol olímpico y el comienzo de la que hasta Montreal incluido han ejercido las selecciones de países socialistas. Hungría, la Unión Soviética, Yugoslavia, Polonia y la R.D. Alemana jalonaron la sucesión de medallas de oro en adelante.No se le debería dar, en principio, ninguna importancia a los éxitos de las potencias del Este en los Juegos Olímpicos. Una adecuada planificación podría ser la causa de las medallas de oro de su fútbol. Choca, sin embargo, que nunca una selección con los colores de algún país del «telón de acero» haya ganado un Campeonato del Mundo. En esta competición, la superioridas occidental ha sido neta.

Selecciones Made in Este»

Los presupuestos de que partió el COI para dar forma a las distintas selecciones ofrecían algunas lagunas que las potencias del Este aprovecharon con tanto descaro como eficacia. Las condiciones sociales y económicas que imperan en estos países han sido la tapadera para ofrecer billetes de avión para Montreal a jugadores de reconocida fama universal por sus actuaciones con sus respectivos equipos así como por sus alineaciones con la selección A correspondiente.

Parásita a la ley vive la trampa. Y varias selecciones la utilizaron para obtener una clasificación y acudir a la fase final de Montreal. Otros países, ante la mentira descarada, prefirieron no, intentarlo. El resultado de esa legislación del Comité Olímpico Internacional fue el incomparable desfile de ases del balón por los estadios canadienses. Allí estuvo Oleg Blochin, el mejor jugador de la Unión Soviética y de Europa en el año 1975. Allí se presentó Lato, máximo goleador del Campeonato del Mundo de 1974. Deyna, Kasperczak, Szarmach, Cory, Hoffman, Kurbjuweit, Onistchenko, Kolotov. Todos internacionales con su selección A y experimentados en este tipo de campeonatos. Y todos encuadrados en los quipos que coparon las medallas en Montreal: República Democrática Alemana, Polonia y Unión Soviética.

Frente a equipos formados por hombres que han vivido en el césped los Juegos Olímpicos de Munich en 1972 y el Campeonato del Mundo de la República Federal Alemana en 1974, el resto de los participantes pocas posibilidades de triunfo podían barajar.

Soluciones ha de encontrar el COI si espera que en Moscú, dentro de cuatro años, se juegue al fútbol. Porque si en Montreal se hizo patente una nutrida defección, para aquellos Juegos se corre el riesgo de no necesitar torneos previos de clasificación. El Comité Olímpico Internacional tiene en su mano la exigencia de un tope de edad para los jugadores o la prohibición de que participen futbolistas que hayan disputado un campeonato mundial, por ejemplo. En cualquier caso, debe retocar su reglamentación.

Trece equipos para una medalla

Trece equipos participaron en los octavos de final de los Juegos Olímpicos: Brasil, República Democrática Alemana y España, en el grupo A; Israel, Guatemala, Francia y México, en el grupo B; Polonia, Cuba e Irán, en el grupo C; Unión Soviética, Canadá y Corea del Norte, en el grupo D. Sobre el papel, y siempre con la idea clara de las alineaciones que presentarían las distintas selecciones, sólo se podía esperar que una sorpresa agrietase la hegemonía de países socialistas en el fútbol olímpico.

En el grupo C, Polonia aparecía como neta favorita de cara a la clasificación. Cuba e Irán se limitaban a representar un papel de comparsas. En el D, ocurría lo mismo con Unión Soviética. Ni Canadá, ni Corea del Norte tenían entidad para hacer sombra a aquella potencia. En el B se había conjugado una igualdad aparente con Israel, Guatemala, Francia y México. El grupo A, en el que figuraba España, tenía en conjunto mejor cartel. Brasil y República Democrática Alemana así lo confirmaron.

Los pronósticos se cumplieron. La sorpresa ni siquiera asomó a los estadios, donde los consagrados del balón se convirtieron en dueños y señores del fútbol.

Ninguna innovación

El fútbol olímpico de Montreal no pasará a la historia de este deporte como un modelo de enseñanzas. En el campo de las innovaciones, el torneo fue tristemente gris. En Munich se confirmó una idea y una concepción de los sistemas que se había puesto en práctica anteriormente, el fútbol total.

En el último Campeonato del Mundo apareció una selección holandesa preparada durante años para esa oportunidad; una selección germana federal que hacía realidad los propósitos de un tercer, puesto en México; una selección polaca que revalidaba con un tercer puesto su medalla de oro olímpica en el mismo escenario en que la conquistara hacía dos años. En Munich se hizo definitivamente realidad el fútbol de once hombres pletóricos de forma física, que se apoyan entre sí, y que no extrañan aparentemente ninguna demarcación en el terreno de juego. En Montreal no se introdujeron modificaciones. Se trató, sí, de perfeccionar los sistemas, de ajustar los mecanismos que ya funcionaban desde hace algún tiempo. Pero no se inventó, no se creó. La chispa de genio colectivo se ahogó en el pensamiento de la medalla de oro.

Cuando Ladislao Kubala se encontró con el problema de hacer una selección a partir de las normas del COI dudó por un momento en afrontar la realidad. Las críticas le llovieron de todos los lados. Hizo una lista detrás de otra. Al final se quedaría con 17 hombres: Arconada, I. Sanjosé, F. Sanjosé, Camus, Pulido, Sánchez, Juanito, Saura, Idígoras, Vitoria, Esteban, Cundi, Manzanedo, Olmo, Bermejo, Mir y Juan¡. Nadie creyó en las posibilidades de este equipo. Se levantaron incluso voces que predicaban una retirada a tiempo. El seleccionador siguió adelante con su trabajo. No hubo tiempo de preparar el equipo y se llegó a Montreal con las maletas llenas de «fusión» por parte de los «chicos».

«La dolorosa», como así sé dio en llamar a la selección olímpica española, perdió los dos partidos que disputó en Montreal. Y si al juicio del equipo no le cabe la disculpa, sí le sirven algunas atenuantes. En su grupo se dieron cita el que luego resultó ser equipo campeón, República Democrática Alemana, y un olímpico -Brasil- que llegaba a los Juegos con una preparación bien cuidada. Con el primero perdió por un gol a cero; con el segundo, por dos tantos a uno. España pasó sin pena ni gloria por la competición. A su regreso no se oyeron críticas incisivas. En los Juegos Olímpicos, frente a los internacionales gernanos y los preparados brasileños, no se pudo hacer más. Y cuando se puso -así lo cuentan las crónicas- no acompañó al cuadro de Kubala esa fortuna que la selección A siempre tuvo de aliada en los encuentros amistosos.

La merienda de la RDA Polonia y la URSS

A los cuartos de final accedieron los favoritos: Unión Soviética, Polonia, R.D. Alemana y Brasil. Israel, Francia, Corea e Irán se convirtieron en esta ase dé,los Juegos en unos sparrings más o menos afortunados a los que el póker de equipos socialistas merendaría incluso con goleadas. Fue en este período en el que se consiguieron, porcentualmente, más tantos.

En semifinales, Polonia, la experta, se desembarazó con dos goles de Brasil. Y R.D. Alemana y Unión Soviética mantendrían un duelo que ganaría aquel equipo por dos tantos a uno.

El tercer puesto se lo adjudicarían, ante un olímpico Brasil, los Blochin, Onistchenko y compañía, Sin embargo, la pequeña sorpresa saltaría en la final. R.D. Alemana y Polonia, igualadas en juego y experiencia, iban a dirimir un primer puesto que de antemano se regalaba a este último por un ensamblaje, probado en los Juegos de Munich y el Mundial de Munich. Los german se llevaron la medalla a casa.

Los seudoolímpicos socialistas volvieron a copar el fútbol en los Juegos. Para Moscú resta una alternativa al COI: renovarse su reglamentación o dar la pantilla al fútbol olímpico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0007, 07 de agosto de 1976.

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