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Tribuna:Tribuna libre
Tribuna
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Ante un periodo constituyente

No parece discutible el hecho de que el ambiente político español está dominado por la idea de cambio o de reforma a fondo de las instituciones. Algunos la desean con convencimiento y con ahínco; otros la temen y por ello preferirían que se aplazase; unos cuantos la repudian como si se tratase de un sacrilegio; no faltan quienes la patrocinan a condición de que se pliegue a sus deseos. Pero es de toda evidencia que la inmensa mayoría del país comprende que el cambio es inevitable y que desea que se lleve a cabo sin convulsiones ni violencias.Un síntoma claro de tal estado de espíritu es el terreno que pierde la acepción ruptura democrática como susceptible de dar lugar a equívocos. interesados, para ser sustituida por la expresión cambio negociado, de resonancias más tranquilizadoras.

En un orden personal el hecho me satisface. Los hombres, como seres racionales, deben preferir la negociación, al choque aunque éste no sea necesariamente violento. La razón, que busca el convencimiento por medio del diálogo, es mucho más noble que, la dialéctica de la violencia, que prefiere la bomba o el puñal.

Una solución del futuro español sería más aleccionadora, más fecunda y más duradera que la impuesta por la ley del más fuerte.

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Pero toda negociación merecedora de este nombre implica al menos una dualidad de negociadores. Nada se lograría con que hubiera una parte abierta al diálogo conciliador, si por la otra se levantara un muro de incomprensión y de intransigencia. Porque la negociación no supone solamente el diálogo comprensivo sino que exige al propio tiempo una disposición de ánimo favorable a las concesiones razonables.

En el orden político hay fundamentalmente dos elementos más o menos enfrentados en su mecánica: el Gobierno y la oposición. En un país en el que la vida pública se deslice por cauces democráticos normales, el enfrentamiento reviste caracteres de pugna pacífica e incluso las más de las veces constructiva. El Gobierno sabe que al no ser depositario de la verdad, las opiniones dispares y las actuaciones contrarias son de positiva utilidad, aunque resulten incómodas. A su vez una oposición que combate al Gobierno, debe tener en cuenta que por la marcha normal de las cosas y por el inevitable desgaste que produce toda obra de gobierno, está llamada a reemplazar un día al gobernante que hoy tiene enfrente.

Si el plateamiento es sencillo, la práctica revela complejidades que no es posible dejar de tener en cuenta en el,seno de todo Gobierno, por mucha que sea su homogeneidad teórica, hay siempre matices diferenciales que es preciso vencer en un proceso interno de superación que haga posible la unidad de acción y su eficacia. En la oposición hay de ordinario una diversidad de doctrina y de procedimientos, que puede desembocar en actitudes irreconciliables.

El diálogo de un Gobierno con toda una oposición tan irreductiblemente fraccionada no es posible y con dificultad es aconsejable. Los radicalismos de todos los extremos son. incompatibles con cualquier intento de diálogo positivo.

Pero, con. excepción de esos extremos, existen en el campo de lo que de un modo genérico se llama oposición, núcleos con sentido-de responsabilidad que, sin perjuicio de la más completa fidelidad a sus convicciones doctrinales, pueden encontar, y de hecho encuentran, puntos de coincidencia susceptibles, de diálogo en busca de finalidades concretas dirigidas al bien común.

Medir todas las oposiciones por el mismo rasero, confinarse en el reducto de la intransigencia de quien se estima depositario. Poco menos que de la verdad objetiva, equívaldría, por parte de cualquier Gobierno, a cegar las vías de una modificación, indispensable, de lasa instituciones y de su funcionamiento. El grupo ocupante del poder que tal hiciera, perdería su carácter de Gobierno para convertirse en una simple oligarquía al margen de toda justificación y aún de una mínima legitimidad de ejercicio.

El problema ofrece especiales características en un país que, salido de un largo periodo de régimen autoritario y anti-representativo, quiere iniciar el camino hacia una normalización democrática, pero todavía bajo la férula de un Gobierno vaciado en los antiguos moldes.

La prolongación del periodo autoritario radicaliza a la oposición que, incluso en sus sectores más responsables, tiende a considerarse como la única depositaria de una futura legitimidad potencial. Al propio tiempo, el Gobierno que nació del régimen dictatorial y sobre el que pesa un inevitable atavismo, siente la tentación de no ser fiel; a la misión que ha aceptado. Puesto, que la democracia es para él un mal inevitable, se, esfuerza porque, al -menos, esa democracia sea la suya, es decir, la que esté en menor desacuerdo con sus, orígenes y, tal vez, con sus más íntimos sentimientos.

En tales circunstancias, el diálogo es más dificil porque las de partida están más distanciadas y los obstáculos espirituales y legales hay que vencer son mucho mayores. Se corre, para empezar, el riesgo de que el periodo dialéctico de preparación en que las fuerzas oponentes no disponen de iguales facilidades de hacerse oír, ahonden las diferencias en lugar de superarlas.

En estos casos juega un gran papel el argumento de la representatividad, ¿Con qué apoyo en la opinión actúan las oposiciones y el Gobierno? ¿Qué representan los criterios enfrentados?

Un silencio electoral de cuarenta años por ejemplo, no permite esgrimir Ia reálidad de unos votos válidamente emitidos por las nuevas generaciones que cada día aumentan su, predominio, incluso en el aspecto numérico. A falta de ese elemento de juicio de valor tan decisivo, habrá, que atenerse a antecedentes históricos de los que es lícito deducir, por vía de presunción unas conclusíones racionales.

Los distintos sectores integrantes de la oposición democrática que tenemos más cerca de nosotros encarnan unos ideales que en tiempos atrás trataron de conquistar a la opinión pública, aunque comoes lógicó, tales ideales hayan evolucionado al compás de los cambios que ha experimentado la propia sociedad.

Esos ideales, a través de los hombres que entonces los, representaron, obtuvieron cientos de milles y millones de votos la última vez que la opinión pública fue consultada, hace cuatro decenios. Esos ideales o fueron apartados de la actuación ciudadana por la naturaleza propia de la contienda bélica o fueron materialmente vencidos por la fuerza de las armas. Pero el hecho de que rebroten con indiscutible vigor después de tan largo y hostil periodo de ostracismo constituye una presunción de. vitalidad, de la que no se puede prescindir de buena fe, ni aún en un terreno meramente argumental. Los hombres que, aunque sea de un modo transitorio, encarnan en la actualidad esas ideas, disfrutan de la asistencia moral que nace de una representatividad que sus antecesores -y en ocasiones ellos mismos- tuvieron.

En cambio, los qué por su edad, o por deber sus oposiciones políticas a la voluntad de una persona, no han tenido ocasión de someter su ideario a una consulta auténtica y sin falseamientos de la voluntad de la nación, no tienen siquiera a su ,favor esa presunción de representatividad.

A esta conclusión se llega planteando el problema en el terreno estrictamente democrático; y ese planteamiento exige que cuanto antes, con sinceridad de propósito y limpieza de ejecución se den los se pasos necesarios para que una Asamblea constituyente, dote al país de las instituciones políticas que precisa.

Y hablo de convocatoria de una Asamblea constituyente, porque sólo en su ámbito pueden contrastarse los diversos pareceres y discutirse y decidirse los complejísimos problemas que una reforma constitucional supone.

Un referendum sólo es aconsejable cuando versa sobre un punto clarísimo, como por ejemplo, encomendar al Jefe de Estado la tarea de remover mediante Decretos-Leyes los obstáculos que se oponen a la apertura de un periodo constituyente. Un refrendum de este tipo que sería apoyado sinla menor duda por la inmensa mayoría de la nación convertiría al Jefe del Estado en el sólido eje en tomo al cual seoperaría con seguridad la transformación democrática, apartándole del papel de continuador de un sistema que no puede subsistir, y sin compro meterle en el futuro desarrollo de la democracia.

Serviría también para saber. cuales son y en qué medida los ideales y los hombres que el país prefiere. Porque el referiéndum, aun en la hipótesis de triunfar el que, al parecer, se pretende, y aun en el supuesto -de lograrse la victoria con lim pieza, Significaría la aceptación de unas determinadas instituciones consideradas en sí mismas; pero no otorgarían, a los que gobiernan una representatividad genérica, -que es la que necestan para gobernar sin desdoro.

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