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Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Fahad está feliz

Cuando Al-Dawsari hizo el gol de su vida y puso a Arabia Saudí por delante de Argentina, todos en casa empezaron a saltar y a abrazarse

Lionel Messi abandona el campo al término del partido contra Arabia Saudí.
Lionel Messi abandona el campo al término del partido contra Arabia Saudí.Luca Bruno (AP)

A Fahad se le está poniendo cara de felicidad o al menos eso piensa su madre mientras le mira en el desayuno. Cuando empezó la Copa del Mundo su cara mostraba la frustración de no poder jugar con sus amigos, pero según pasan los días una sonrisa empieza a destensar su ceño.

Creo que en mi anterior artículo se me olvidó contarles que Fahad es centrocampista, de esos que no son muy grandes y que siempre escucha en su club, y a su padre, que le dice que con ese físico ya no se puede jugar en esa demarcación. Que hace falta gente fuerte, de gran potencia física y muchos kilómetros en sus piernas. Pero Fahad se dice a sí mismo que si un jugador como Modric es tan bueno que hasta ha llegado al Balón de Oro, ese elemento físico no puede ser freno para sus sueños. Y él se fija y sueña con poder ser Pedri, tan delgadito, con ese aspecto de que no ha roto un plato pero lleno de genio para jugar y robar siempre en el tiempo justo.

Aunque cuando se mira en el espejo se da cuenta de que tiene el referente cambiado y que, tal vez, Gavi sería su opción más factible: trabajo, intensidad, ritmo y valentía para jugar contra cualquier rival. Todo eso le gustaba, pero cuando le vio marcar ese gol con un remate con el exterior de su pie se dio cuenta de que ser competitivo no excluye los elementos de calidad en torno al balón, es más, los potencia. Cuando vuelvan a abrir la ciudad deportiva podrá decirle a su entrenador que no limite su juego, ni sus sueños, porque sus referentes le dicen que se puede ser grande siendo pequeño.

También me ha contado Fahad que algo extraño está pasando en su casa, porque hasta hace unos días siempre le habían contado que sus vecinos saudíes no eran gente en la que se pudiera confiar. Por eso, y porque en Argentina juega Messi y si uno es pequeño y sueña con el fútbol siempre ha de ser de Messi, cuando comenzó el partido entre Argentina y Arabia Saudí todos en casa soplaban en la dirección albiazul, pero cuando Arabia consiguió el empate y, sobre todo, cuando Al-Dawsari hizo el gol de su vida y puso a los saudíes por delante, todos en casa empezaron a saltar y a abrazarse. Cree Fahad que en esos abrazos había una cura a la tristeza y humillación que sufrieron en el partido inaugural entre Qatar y Ecuador, ese en el que, cuando acabó, su padre le recomendó apretar fuerte en los estudios porque era imposible que un catarí llegara a la élite del futbol.

Y que cuando vieron a su emir, el jeque Tamim bi Hamad Al Thani celebrar la victoria de Arabia con su bandera puesta a modo de pañuelo en el cuello, empezaron todos a pensar que esos vecinos no eran tan malos, que eran casi de su mismo bando y que la alegría permite unir hasta lo que parece imposible.

Pero Fahad, en medio de la alegría familiar, miraba de reojo el caminar triste de Messi, ese andar cansino con el que parecía que Leo retardaba su salida del campo como si ese primer paso fuera del césped, y no el silbatazo final del árbitro, fuera el momento verdadero en el que se hacen realidad las pesadillas del futbolista.

Fahad le ha dicho a su padre que quiere ver ese Argentina-México, otra selección con pequeños y dinámicos jugadores que mueren por su país y visten de verde, porque cree que ese va a ser el gran momento de Messi. Y su padre le dice que ya veremos, mientras observa a su hijo, ese que de tan enfadado por no jugar no quería ver ni un segundo del Mundial.

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