DIARIO DE UN EXOLÍMPICO
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El síndrome del conejo blanco

París está a la vuelta de la esquina, el tiempo pasa muy rápido y queda mucho que hacer

Damián Quintero.
Damián Quintero.Miguel Gutiérrez (EFE)

Llegados a este punto, me siento como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, corriendo apresurado y con la sensación de que no va a haber ya tiempo material para hablar de todo lo que me gustaría. Esto se acaba y sufro un poco el agobio del estudiante que deja casi todo para el último día. En mi descargo echaré mano de una frase de taza de Mr. Wonderful. La vida es una sucesión de elecciones y renuncias. En este caso la relación es de 1 a 20, por lo que en homenaje a esas 19 no plasmadas, hoy intentaré escribir un poco pero de mucha gente.

Empiezo por Damián Quintero y su explicación post medalla de plata de lo que se siente cuando todo el mundo da por sentado que vas a pillar metal. Como si la competición no estresase suficiente, que se dé por supuesto el éxito es una pesadísima carga añadida. Igual eso fue la que lastró las piernas de Mo Katir en los 5.000, baza casi segura que se quedó en casi. Tendríamos que hablar, por supuesto, de Kevin Durant, una maravilla de la genética y de la técnica que ha dominado de cabo a rabo el baloncesto, donde por cierto nos ha ido bastante mal, homenajes merecidos aparte a los Gasol o Laia Palau. Como no suele haber derrotas sin consecuencias, a Lucas Mondelo le dieron el finiquito después de una trayectoria impresionante. Extraño más que la destitución el timing, pues pocas horas antes de que se produjese, Lucas agradeció en un tuit a la federación la confianza depositada hasta 2024. Cosas de familia, supongo.

Vuelvo al atletismo, que ha puesto en el mapa definitivamente a unos cuantos jóvenes sin ningún complejo competitivo a los que hay que seguir el rastro. Ana Peleteiro por supuesto, Eusebio Cáceres, uno de esos cuantos podios que se han escapado por el bigote de una gamba, la gente de marcha como Marc Tur o María Perez, ambos como Eusebio, malditos cuartos, Adel Mechaal, quinto nada más y nada menos que en 1.500 y otros nombres que me dejo. Qué decir del récord de Saúl Craviotto, que es pata negra antes que cocinillas.

Como no todo tiene que ver con nuestro ombligo, algo habría que haber contado de Italia, una buena vara de medir con respecto a nuestro desempeño, y que la está petando en estos Juegos. Pero volvamos a los nuestros. El balonmano, por favor, qué torneo, siempre al borde del desastre para terminar por la puerta grande logrando un bronce con un último gol del mítico Entrerríos, con el que se despide una generación maravillosa. Y a la espera de cómo terminen los chicos, el waterpolo de la selección femenina, que no es flor de un día ni mucho menos, y que mientras sufre una y otra vez el tener que jugar contra EEUU, por el camino recolecta triunfos.

Del fútbol ya se habla con profusión como para darle más bola de la que tienen, pero me ha parecido que han cambiado la mentalidad. De ir de sobrados diciendo, bueno, esto para nosotros es un segundo o tercer plato, a tomárselo más en serio y honrar a los Juegos, no con los mejores jugadores, que la FIFA no quiere que se le estropee su negocio, pero sí con la mejor de las actitudes.

Ufff, que se me acaba el tiempo y el espacio. Acabo con lo del orgullo en la derrota. Me parece fantástico, lo hemos dado todo y no hay nada que reprochar. La gente lo entiende y envía mensajes reconfortantes. Perfecto. Pero cada derrota u objetivo no conseguido trae una enseñanza, señala unas responsabilidades y muestra un camino de mejora que sería erróneo dejar de analizar por complacencia. París está a la vuelta de la esquina, y como le pasa al conejo blanco, el tiempo pasa muy rápido y queda mucho que hacer.

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