TENIS | ROLAND GARROSColumna
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Elevar el tenis a una categoría superior

Vimos a un Rafael infranqueable, que jugó uno de sus mejores partidos en la Philippe Chatrier y firmó dos sets impecables, y a un Djokovic que cayó en la desesperación

Rafa Nadal posa este domingo con la Copa de los Mosqueteros en París tras haber derrotado a Djokovic en su 13ª final de Roland Garros.JULIEN CROSNIER / AFP

Creo que no es soberbia que una hora más tarde de que Rafael haya levantado su decimotercer Roland Garros y acumule, por tanto, 20 Grand Slams, dijera: ¡Qué gran tenista es mi sobrino!...

Creo que no es soberbia que una hora más tarde de que Rafael haya levantado su decimotercer Roland Garros y acumule, por tanto, 20 Grand Slams, dijera: ¡Qué gran tenista es mi sobrino!

A priori, era un dificilísimo encuentro por las condiciones adversas que tanto hemos analizado durante todo el torneo. Aparte de todo esto, había mucho en juego. Rafael sabía que tenía la posibilidad de igualar a Roger Federer, sabía que podía perder su imbatibilidad en las finales de este torneo y sabía que, en caso de que esto ocurriera, el serbio se le iba a acercar muy peligrosamente en grandes títulos. Pero, como escribí el sábado, si algo tiene de superlativo mi sobrino es su capacidad para dar su mejor versión en los momentos más complicados. Y así fue.

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Jugó uno de sus mejores partidos en la Philippe Chatrier. Desde el inicio, a partir del 40-15 del primer juego, vimos a un Rafael infranqueable, y creo que Djokovic tuvo la misma sensación y cayó enseguida en la desesperación. Cuando percibió que mi sobrino era inabordable desde el fondo, quiso romper el ritmo con dejadas, fruto de su nerviosismo más que de una buena preparación del punto. El tenis de Rafael en los dos primeros sets fue verdaderamente impecable. Solo cometió dos errores no forzados en el primer parcial y cuatro en el segundo. Y además, fue capaz de desarbolar a su rival en muchas ocasiones y ser él quien llevaba el ritmo del partido.

Jugó mucho más largo que en sus encuentros anteriores, lo que no permitió a Nole poder hacer las dejadas que tan buen resultado le dieron contra Stefanos Tsitsipas. Rafael siguió una táctica similar a la de siempre en sus enfrentamientos contra el serbio en pista de tierra. Todos sabemos que Djokovic es muy difícil de batir cuando golpea a media altura y cuando el jugador que tiene enfrente no es capaz de imprimir una gran velocidad a la bola. Por eso, Rafael estuvo muy acertado al castigarle con golpes potentes y angulados, y combinarlo con tiros de cierta altura que en muy pocas ocasiones le permitieron a Novak llevar la iniciativa del juego.

Rafael estuvo acertado en todos los aspectos. Y esta es la razón por la cual el serbio fue incapaz de mantener la fe en sí mismo. Solo en el tercer set, cuando el marcador ya se le había puesto demasiado cuesta arriba, pudo ofrecer un poco de resistencia.

Ivanisevic, en sus grandilocuentes vaticinios, dijo que su pupilo estaba totalmente preparado tanto táctica como mentalmente para afrontar esta final. La realidad ha demostrado que no debía ser así. A mí me sorprende que un gran campeón como él caiga a veces, y últimamente con mayor frecuencia, en una gestualidad tan negativa. Siempre he entendido que cuidar el lenguaje corporal tiene un doble efecto: hacia uno mismo y hacia el rival.

Mi conclusión, tras la final contra Djokovic, es la siguiente. Cifras aparte, Roger Federer y Rafael han conseguido elevar su propio deporte a una categoría superior. Algo difícilmente superable. Me parece muy justo que ambos sean considerados los dos mejores jugadores de la historia del tenis.

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