GOLF

Las huellas de Jon Rahm

Viaje a los orígenes del número uno del golf mundial: de su infancia, su familia y su Barrika natal a Larrabea, su primer club, y al entrenador que le formó

Varios niños en el club de golf Larrabea sostienen fotos de Jon Rahm, este pasado jueves.
Varios niños en el club de golf Larrabea sostienen fotos de Jon Rahm, este pasado jueves.JAVIER HENÁNDEZ

La marea cambia el paisaje. Las barcas que por la mañana están varadas en la arena flotan por la tarde en la ría de Plentzia. Al fondo, un goteo de casas a lo largo de la carretera dibuja el municipio vizcaíno de Barrika, donde la vida transcurre tranquila para sus 1.500 habitantes, más ahora que la pandemia ha vaciado las playas. Solo un suceso excepcional puede romper la calma. Por ejemplo, que en su costa se grabaran escenas de la serie Juego de tronos. Por ejemplo, que uno de sus vecinos sea el número uno mundial de golf.

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En uno de esos edificios, Edorta Rahm y Ángela Rodríguez siguen con la humilde normalidad de siempre. No se han movido del lugar donde sus hijos crecieron felices corriendo en la plaza, montando en piragua y jugando al fútbol de porteros en el equipo local. Que el pequeño, Jon Rahm Rodríguez, sea con 25 años el mejor golfista del planeta no ha alterado su forma de ser. Ángela continúa como matrona en el ambulatorio de Cruces, en Barakaldo. Edorta recoge los frutos de un negocio de distribución de carburantes. Eriz, seis años mayor que Jon, trabaja en el Palacio Euskalduna y hace un mes fue padre. La pequeña Sare duerme en el carrito. Su tío Jon solo ha podido verla por videoconferencia desde Estados Unidos. Le ha traído suerte, dice.

La ría de Plentzia con la marea baja y, al fondo, casas de Barrika, este viernes. JAVIER HERNÁNDEZ
La ría de Plentzia con la marea baja y, al fondo, casas de Barrika, este viernes. JAVIER HERNÁNDEZ

El viaje de Jon Rahm al número uno comenzó de casualidad. Ni siquiera hay un campo de golf en Barrika. Ni había tradición en la familia —un estudio genealógico apunta al carpintero suizo George Rahm, abuelo del tatarabuelo de Jon, como el origen emigrante de la saga en el País Vasco—. El abuelo del golfista, Sabin Rahm, fue durante 33 años delegado del Athletic, de modo que el chico soñaba con ser futbolista en el equipo de sus amores. Pero el destino le tenía preparada otra carta. El padre, Edorta, jugaba al pádel con varios amigos y uno de ellos fue invitado a través de Repsol a la Copa Ryder de Valderrama en 1997, la mágica edición que Seve Ballesteros logró celebrar por primera vez en Europa fuera de las islas. El hombre volvió tan entusiasmado que no paró hasta convencer a sus colegas de que cambiaran la raqueta por el putter.

Así entró el golf en la vida de los Rahm. Primero los niños jugaron en el club deportivo Martiartu, en Erandio, que no era un club de golf. Los dos más cercanos, Neguri y Laukariz, eran demasiado elitistas. Los Rahm se apuntaron al club de golf Larrabea, en Álava, a una hora en coche. Un universo se abrió ante Jon. “Ya con seis años destacaba”, recuerda Eduardo Aguirre, amigo de la familia y hoy capitán de campo en Larrabea. “Su padre tenía una madera cinco y Jon la cogía aunque le venía grande. En Martiartu había un talud que estaba a 100 metros y él ya llegaba tan lejos. Era espectacular no solo por la potencia, sino por la habilidad y la coordinación. Le ponías bolas delante y no paraba de darle. Le llamábamos la ametralladora”, ríe Aguirre.

El niño que practicaba kung-fu, piragüismo y fútbol había descubierto una pasión que no podía dejar de alimentar. “Con el tiempo, sus padres alquilaron una casa dentro del campo para los fines de semana y el verano. Enfrente había un putting green. Jon estaba siempre ahí. Podía estar nevando que estaba pateando. Pasabas a las nueve de la noche y no se había movido. ‘Pero Jon, vete a casa’, le decía. Nada. Prefería jugar a estar en conversaciones de adultos. Yo creo que hoy patea tan bien por eso”, revive Ander Padura, gerente de Larrabea.

Ángela Rodríguez y Eriz Rahm, madre y hermano de Jon. JAVIER HERNÁNDEZ
Ángela Rodríguez y Eriz Rahm, madre y hermano de Jon. JAVIER HERNÁNDEZ

“Ni comía ni bebía. Ni se acordaba. Se pasaba las horas dando bolas. En casa estaban poco”, cuenta la madre, Ángela (con una mascarilla que solo acepta quitarse brevemente para la foto), sobre los dos hermanos. Eriz, profesional al sacarse el título de monitor de golf, rememora con cariño esos partidos familiares de los domingos y aquella vez que estuvieron 15 días en un campamento de golf en Mallorca y él cuidaba de Jon. “Aunque se las apañaba bien solo. Siempre quería ganar, claro, como todos, al golf, a las cartas o al fútbol. Hubiera sido buen portero también. A mí en el golf me empezó a ganar muy rápido, no tardó mucho cuando cogió fuerza”.

Un fuego competitivo crecía imparable. “Te dabas cuenta de que tenía algo distinto, sabía lo que quería. La gente lo llama ser fanfarrón, una bilbainada. Para él era innato”, explica Eduardo Aguirre. “Muchos padres quieren que sus hijos sigan los pasos de Jon Rahm, pero eso no se puede forzar. Se es o no se es. Pasa como con Nadal. Se nace. Jon quería ser futbolista y el golf se cruzó en su camino. Fue el destino, el golf le encontró. Surgió de la nada. Es aún más sorprendente que Seve porque en Pedreña había un campo, la familia vivía ahí y su hermano Baldomero y su tío Ramón Sota eran jugadores. Jon no tenía nada, era un náufrago. Ni siquiera sabíamos lo que era el golf. Y en medio de ese vacío, él se creyó mucho antes que sus padres y que todo el mundo que iba a ser profesional. Siempre ha ido por delante de su edad. El mejor palo de Rahm es su cabeza”.

Los ingredientes estaban en el cesto, pero había que darles forma, moldear un campeón. Jon necesitaba un entrenador.

La Escuela Celles había abierto en 1997. Pequeña, modesta, la ilusión de tres hermanos. Situada al lado del imponente Seminario de Derio, que hoy alberga un hotel, un club de pádel y es sede de varias empresas. Apenas una hectárea y media. Una cancha de prácticas de 190 metros de largo y 70 de ancho, un green, un búnker y una moqueta sintética importada de Inglaterra que entonces era pionera en España y que simulaba greens duros como en Estados Unidos, ideal para entrenar cómo parar la bola. Eduardo Celles, hijo y nieto de profesores de golf, daba clases a Ángela y se había ganado cierta reputación por su trabajo con los jóvenes. El día que ella le pidió que viera a su hijo no lo olvidará. “Tendría 13 años. Le hice una prueba de calidad de cómo manejar la bola con el juego corto, diferentes golpes con diferentes vuelos, y lo hizo muy bien. En el juego largo tenía potencia pero su bola iba un poco torcida. Y en el putting green me sorprendió mucho cómo sabía leer las caídas para lo joven que era”.

Le pedí 100 ‘putts’. Hizo 659. ¡Dejó marcados los pies!
Eduardo Celles (primer entrenador de Rahm)

Comenzaron dos años en los que Jon construyó el swing que hoy mantiene. “Esa subida más corta, el grip más débil… Jon pensaba que yo estaba loco porque en otras escuelas era todo lo contrario. En la Blume luego se lo intentaron cambiar y no se adaptaba, y en Estados Unidos tampoco se lo han tocado. El fundamento de su swing está hecho en esta escuela”, cuenta Celles.

El alumno dejó sorprendido al maestro muchas veces. “Me miró a los ojos y me dijo: ‘Voy a ser el número uno’. Me dejó impresionado por su determinación. ‘Si vas a serlo, tenemos que trabajar’, le respondí”. En cierta ocasión, Celles le mandó ejercicios para hacer en Larrabea. Entre ellos, 100 putts de un metro. “He hecho 659”, le soltó Rahm cuando se volvieron a ver. “Yo no me lo creía, y cuando días después fuimos al campo, me hizo acompañarle al green. ‘Mira’, me dijo. ¡Las huellas de sus zapatos estaban marcadas en el green! ¡Había estado tanto tiempo ahí pateando que dejó la marca!”, exclama Celles, Y sin embargo, lo que más le maravilla de Rahm es su memoria golfística, cómo recuerda campos, golpes, hoyos, torneos, jugadores… “Todo. Es increíble lo que sabe. Es capaz de hablarte de memoria de la caída del green del hoyo seis de Portrush en un British Amateur cuando yo ni me acuerdo del hoyo en sí. Radiografía cada hoyo y lo almacena. Creo que va a ganar el Masters de Augusta porque lo tiene en su mente. Es una memoria fuera de lo común. Y de Seve lo sabe todo”.

Eduardo Celles, entrenador de Rahm, en su escuela.
Eduardo Celles, entrenador de Rahm, en su escuela. JAVIER HENÁNDEZ

Un cordón umbilical une a Ballesteros con Rahm. Valderrama fue el germen que por casualidad haría que Jon empezara a jugar al golf. Por cierto, en esa Ryder del 97 estaba un joven Tiger Woods, que había ganado el Masters. Años después, Jon conseguiría su primer punto en su debut en una Ryder… ganando a Tiger.

Con 25 años, Jon Rahm ha cumplido solo algunos de sus sueños. El número uno del mundo quiere un grande. Y aunque sus retos sean gigantes, su historia sigue unida a Barrika, a la ría, a su familia. A casa regresa en Navidad, y en el municipio ya piensan en un homenaje. Para la familia, el orgullo es doble. “Siempre le hemos intentado enseñar a saber perder, a que hace falta caerse para levantarse. Para mí es Jon, el hijo, no el deportista”, dice Ángela. “Lo importante era la educación. La apuesta no era ser jugador, sino estudiar y que disfrutara”. “Me enseñaron valores, trabajo y disciplina”, afirmó Jon como número uno mundial. Sus huellas siguen marcadas en el green.


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