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El tratado de algología de Boca

Gustavo Alfaro fue contratado para paliar el dolor que padece el equipo 'bostero' desde el nueve de diciembre de 2018 con la final de la Copa Libertadores

Gustavo Alfaro celebra el triunfo en la Supercopa. Ampliar foto
Gustavo Alfaro celebra el triunfo en la Supercopa. Getty Images

El neologismo algólogo debería poder aplicarse a muchos de quienes escribimos en los diarios. Se supone que somos especialistas en algo, no se sabe muy bien qué. Pero un algólogo es otra cosa: un especialista en dolor. No en sufrirlo ni en infligirlo, sino en tratarlo, apaciguarlo y, si se puede, extinguirlo. Con esa misión, la de algólogo, fue contratado en enero el técnico Gustavo Lechuga Alfaro. Se le pide que cure el dolor que, desde el 9 de diciembre de 2018, padece Boca Juniors.

Boca acaba de ganar frente al alicaído Rosario Central, por penaltis, la Copa Argentina. Es un primer alivio. Ya no podrá decirse, como hasta ahora, que el club más poderoso del país perdió las últimas tres finales que disputó. El Lechuga habló tras la victoria con el diario deportivo Olé y explicó cómo está aplicando su tratamiento de algología. Antes de entrar en detalles, sin embargo, esgrimió el viejo argumento con el que los bosteros tratan de disimular el daño desde que River Plate les ganó, en el Bernabéu, la Copa Libertadores: “Peor, lo de River fue mucho peor, porque se fue al descenso”. Aquel acontecimiento, el descenso de River Plate a segunda división, ocurrido el domingo 26 de junio de 2011 tras perder con Belgrano el partido decisivo de la promoción, es el ibuprofeno con el que la gente de Boca se medica la inflamación sentimental.

Recuerdo que hace unos meses, cuando aún no era seguro (aunque pareciera probable) que Boca y River fueran a encontrarse en aquella final que resultó tan turbulenta y memorable, charlé sobre el asunto con mi colega Andrés Burgo, gran cronista deportivo argentino y reconocido gallina. Espero que Andrés no se moleste por revelar el contenido de aquella conversación ante un par de cervezas, o quizá algunas más. Él, como casi todos los gallinas y casi todos los bosteros, prefería que aquella final no ocurriera. El dolor, decía, iba a ser demasiado insoportable para el derrotado. Aunque, argumentó, en el caso de River no sería peor que el descenso.

No estuve de acuerdo. Yo creo, basándome en mi experiencia personal (soy del Espanyol de Barcelona, un club al que he visto caer al pozo unas cuantas veces), que un descenso tiene mucho de daño autoinfligido. Como un intento de suicidio o como chocar contra un farol por distraerse al volante. Se trata de una desgracia personal, algo que puede asimilarse a base de reflexión o, en términos de catecismo, propósito de enmienda. Es reparable. Deja una cicatriz, pero uno anda por ahí con ella.

Perder una final histórica también es reparable. También deja una cicatriz. Ocurre, sin embargo, que quien te causó la herida también anda por ahí, tan feliz, y de vez en cuando sonríe recordando aquella noche en que te apuñaló. Sonríe, sobre todo, cuando te lo recuerda a ti. Eso es lo peor.

El Lechuga dice que ante la final de Copa no quiso azuzar a sus jugadores con la rabia causada por la derrota de diciembre y las dos anteriores, para “no revivir sensaciones de finales perdidas”. “Elegí pararme del otro lado, el del Boca campeón”, explica. “Lo dije desde el primer día: hasta que no nos saquemos todo el pus que dejaron las finales perdidas, no nos vamos a curar”. ¿Y cómo se acaba con el pus? Evidentemente, ganándole a River una gran final. De momento, Boca y River podrían cruzarse dentro de unas semanas en la Copa de la Superliga. El Lechuga Alfaro reconoce que habría “morbo”. Pero preferiría demorar esa fase del tratamiento. “Me gustaría enfrentarlo (a River) en las mejores condiciones”, es decir, “con un equipo con identidad”. Es decir, con un equipo menos dolorido. El tratamiento algológico llevará aún algún tiempo.

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