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La alegría de Malcom

Juega cada minuto como si le fuera la vida; su alegría debería ser un ejemplo para los tristes del Camp Nou

Messi abraza a Malcom tras la consecución del gol del brasileño. Ampliar foto
Messi abraza a Malcom tras la consecución del gol del brasileño. Getty Images

No hay un solo día en que no se hable de Messi, de sus goles y de sus jugadas, también de su pubis, y naturalmente de Antonella y de sus tres hijos, y a veces hasta de su perro Hulk, un inmenso dogo de Burdeos. Tanto da si juega con el Barça o lo hace con Argentina, el 10 siempre es protagonista, figura destacada últimamente por cómo lanza las faltas, las dos últimas especialmente comentadas durante el derbi del Camp Nou y en Vila-real. A partir de la imagen del jugador de Rosario se llenan mil y una tertulias ni que sea por discutir si un futbolista perico como Pedrosa le puede pedir o no la camiseta con el 10.

Las cámaras de televisión no paran de seguir a Messi y las redes sociales polemizan en cada momento con personajes poliédricos de la talla de Piqué. Al central culer le gusta hablar, discutir, provocar y centrar un debate del que huye institucionalmente el Barça. Igual puede aparecer en un programa de humor que ejercer de analista político o comentarista deportivo al tiempo que defiende el concepto de rivalidad ante el Espanyol y el Madrid. Al igual que ocurre con Messi, su intervencionismo es especialmente agradecido para llenar páginas de los diarios, horas audiovisuales y provocar infinidad de mensajes en Twitter.

Todo el mundo siente la necesidad de hacerse oír en una época de mucho ruido, parece dispuesto a retransmitir su vida, tiempo en que penaliza el anonimato, pasar desapercibido o simplemente hacer el trabajo bien hecho, y más en el mundo del fútbol y sobre todo en clubes como el Madrid o el Barça. Los hay que prefieren seleccionar muy bien su mensaje y eligen publicaciones más literarias antes que medios populistas para explicarse; hablaríamos por ejemplo de Ter Stegen. También se cuentan los que se confiesan a la prensa de su país, caso de Umtiti. Todos se dejan ver más o menos en el Camp Nou.

No conviene olvidar de todas maneras a los que se hacen respetar y notar sin necesidad de presumir como Rakitic y Lenglet. Ambos son jugadores de club por excelencia, no provocan polémicas, difícilmente se equivocan, se cuidan y están al servicio del equipo y del entrenador. No se exhiben sino que cumplen, hacen el trabajo sucio y si es necesario pueden ser decisivos cuando las figuras no tienen su día, sea el caso de Luis Suárez o Messi. Piqué es mejor jugador desde que tiene a su lado a Lenglet. Tampoco es casual que el central catalán y Rakitic sean dos de los preferidos de Valverde.

El técnico también está muy contento con Busquets, Jordi Alba o Sergi Roberto, tiene mucha paciencia con Coutinho y últimamente con Arthur y hasta se podría hablar de lo bien que evoluciona Semedo. Y después del partido de La Cerámica, mientras se aguarda a Dembélé, no hay que olvidarse de Malcom. A pesar de no ser titular, el brasileño se ha convertido en un delantero de momentos, decisivo en partidos importantes: marcó en San Siro contra el Inter; también fue el autor del gol de Copa en el Camp Nou ante el Madrid; asistió a Messi en el último derbi e hizo que el Barça mandara 0-2 el martes contra el Villarreal.

A Malcom se le ve feliz y se le nota agradecido aunque solo le dejen jugar a ratos, 656 minutos en total, consciente del potencial del ataque del Barça. No dudó en verano para desviar su vuelo hacia el Camp Nou cuando iba camino de Roma y ahora no piensa dar macha atrás si el club no dice lo contrario. No se queja, atiende a los periodistas y se ríe mientras da gracias a Dios. Parece un futbolista apasionado por poder vestir la camiseta azulgrana, noble con sus compañeros y entrenador y contento cuando le aplauden los aficionados del Barça. Los títulos se ganan también gracias a gente como Malcom.

Juega cada minuto como si le fuera la vida; su alegría debería ser contagiosa para los tristes del Camp Nou. En un equipo con muchas figuras y algunos anónimos, Malcom parece un niño que espera y espera lo que haga falta para poder salir al campo y cuando el técnico le llama sale con tantas ganas e ilusión que marca un gol y lo comparte con todo el mundo. Su felicidad es contagiosa hasta para Messi, quien se le tira en brazos como si el niño fuera Messi y el padre pasara a ser Malcom.

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