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La vida fue maravillosa

Desde que nos dejó Andrés Montes cada nuevo curso baloncestístico que se inicia nos obliga a echar la mirada atrás con una gran dosis de nostalgia

El periodista Andrés Montes, en una imagen de 2003.
El periodista Andrés Montes, en una imagen de 2003.

Sucedió el 1 de Diciembre de 1995, un viernes por la tarde. Canal + estrenaba su reciente acuerdo con la NBA y las emisiones semanales arrancaron con un espectacular partido entre los Houston Rockets y los Utah Jazz. Los comentarios del choque corrieron a cargo de Santiago Segurola, firma de prestigio y ferviente seguidor de la cultura yankee, mientras el peso de la retransmisión recaía en un periodista de amplia trayectoria pero un auténtico desconocido para el gran público. Se llamaba Andrés Montes, poseía el estilo más heterodoxo que jamás se había visto en las retransmisiones deportivas de este país y, finalizada la narración, recibía una llamada de Alfredo Relaño, jefe de deportes de la cadena privada en aquellos tiempos: “Todo perfecto, magnífica retransmisión; ese es el camino, Andrés. La única pega es que me ha llamado el director general y me ha dicho que no le ha gustado nada pero tú no te preocupes por eso”.

Han pasado ya nueve años desde que Montes nos dejara un poco huérfanos a todos: a los que tuvieron la suerte de tenerlo cerca pero también a los que dejábamos abierta una ventana por las noches para que Andrés se colara hasta la cocina con su espectáculo de variedades. Desde entonces, cada nuevo curso baloncestístico que se inicia nos obliga a echar la mirada atrás con una gran dosis de nostalgia, sabiendo que la NBA sigue siendo el mayor espectáculo deportivo del mundo pero acusada por dos grandes cojeras, dos ausencias gigantescas: el 23 de los Bulls y aquel loco maravilloso de las pajaritas, las gafas redondas y la voz de leyenda. “¿Pero es blanco o es negro?”, solía preguntar mi padre cuando lo veía aparecer en la pantalla. Solo existe otro personaje capaz de plantear ese tipo de duda biológica en el espectador: Larry Bird.

“Hoy te quiero más que ayer pero menos que mañana”, vociferaba aquel speaker centelleante cuando aparecían en escena John Stockton y Karl Malone, quizás la única pareja que pudo competir en mi particular imaginario con la formada por el propio Andrés y Antoni Daimiel. “Aunque llevábamos un par de meses trabajando juntos nunca habíamos hablado más de diez minutos seguidos fuera de micrófono”, recuerda el manchego en su libro ‘El sueño de mi desvelo’ (editorial Córner). Entonces llegó aquel primer All-Star en San Antonio, las carreras por los aeropuertos americanos, los paseos por Riverwalk, el flechazo y las primeras confidencias. “Yo tengo las tres enfermedades que son las principales causas de muerte en España: me ha dado un infarto, soy diabético y tuve cáncer en una glándula suprarrenal”. Su hipocondría, como todos los vértices que formaban aquella personalidad tan compleja, afilada y arrolladora, estaba bien fundamentada.

Sobre su muerte se ha dicho y escrito mucho, quizás demasiado, nada que pueda interesar a los que seguimos imaginando los partidos en su garganta, a quienes miramos hacia el banquillo cuando el juego nos provoca bostezos y solo vemos una solución: que entre ‘el Negro’. Su voz se apagó en soledad, cuentan, desencantado con la profesión y rodeado de su mastodóntica colección de música, un vergel privado en el que se recluía Andrés Montes cuando la vida no era todo lo maravillosa que nos contaba. Poco importa ya, sus fieles desconocidos seguimos dispuestos a creer.

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